Reflexiones sobre la ejecución poética.

La promesa de lo nuevo en poesía

No confundir lo nuevo con lo último.

Eduardo Milán

Se confunde lo nuevo con lo último. Lo último, querida, es lo último —muerte y vida Severina querida-reencarnación—aunque parece que aquí hay ciclos: una tentativa y otra y otra hasta que empaten el alma con el alma y pueda la misma entrar en la nada, o algo así—. Poesía no: la poesía no es una obligación humana. Es una posibilidad —su núcleo activo esconde una imposibilidad, eso que atrae—. La duda estriba —especie de Don Juan con caballo preparado en el jardín que escapa a los ojos del rey, por lo pronto salta del balcón— en si la poesía acarrea un afuera hacia adentro o un adentro hacia afuera. El poeta de hoy —¿quién será, quién será?— escucha y escribe, el de ayer escribe y escribe. Entre el de hoy y el de ayer el de hoy habla más, no en el sentido de charla aguachirle: en el sentido de que está más cerca del habla. Uno está parado mirando el mar cuando anochece —se supone que hay un mar como en Fernando Pessoa— uno está con los medios pies mojados y con los talones húmedos y entre murmullos y murmullos de sirenas antiguas ya ahogadas para que creciera Ulises, el siempre adolescente, y se anime a ser el pícaro burgués más adelante, sentado a los pies del perro que está echado a los pies de la lámpara —lámpara del burgués que me alumbraste tanto mientras la fábrica industrial devora vivas mujeres preñadas, niños y viejos para que la modernidad cuaje— y siente el cosquilleo del habla a los pies. Cuántos gallos sacrificados para que el destilado de esa cresta llegara a unos dedos no sé. Pero se parece a las vísceras abiertas de aves sobre la piedra para que una histérica supiera si se casaba o no con ese o con aquél, más cercano a ella en el tiempo. Yo tengo dos obligaciones: una, la de maravillarme cuando veo el búnker de piedra tipo antiguo centro ceremonial que se mandó levantar Diego Rivera para durar más que el Durar de Juan Carlos Macedo que no negoció con nadie. Rivera sí, con Dolores Olmedo, que tenía el dinero, el eterno miedo de Occidente. Lo segundo es vestirme el traje intelectual y hacer pedazos el edificio, el pintor y el culto a la personalidad que se arrastra como reguero de pólvora desde Amenofis IV hasta Emanuel Macron, pasando por Mujica, Donald Trump y Andrés Manuel López Obrador. Porque lo nuevo, querida, es la promesa de lo nuevo, lo que hace activo a un poeta más que su huevo de Colón o laureles de yema que le hacen de almohada para el sueño.

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