Adelanto de libro sobre Manuel Besnes e Irigoyen

El primer pintor uruguayo

Registró pueblos, tareas de campo, el Montevideo del siglo XIX y sus habitantes. El crítico Nelson Di Maggio le dedica un libro de próxima aparición, muy ilustrado.

Mi general, un mate... Muy bien, mi amigo el excelentísimo Fructuoso Rivera, 1838, Litografía sobre papel
Mi general, un mate... Muy bien, mi amigo el excelentísimo Fructuoso Rivera, 1838, Litografía sobre papel
Naufragio del vapor Gorgon, 1844, Acuarela y tinta
Naufragio del vapor Gorgon, 1844, Acuarela y tinta
Barraca del Sr. Lafone y muelles, 1848, Acuarela y tinta
Barraca del Sr. Lafone y muelles, 1848, Acuarela y tinta
Alegoría caligráfica «Montevideo Octubre 22.1852»
Alegoría caligráfica «Montevideo Octubre 22.1852»
Alegoría caligráfica dedicada a Lorenzo Batlle, 1831, Tinta sobre papel
Alegoría caligráfica dedicada a Lorenzo Batlle, 1831, Tinta sobre papel
Pasquines, lentes, barajas y plumas, 1827, dibujo y óleo
Pasquines, lentes, barajas y plumas, 1827, dibujo y óleo
Besnes e Irigoyen, autorretrato, dibujo
Besnes e Irigoyen, autorretrato, dibujo

Personalidad influyente en la ciudad ilustrada, Juan Manuel Besnes e Irigoyen recorrió con el presidente Rivera el interior del Uruguay del siglo XIX registrando los nacientes pueblos, las tareas del campo y sus habitantes con notable dominio del dibujo, la caligrafía, la acuarela y la pintura. Figura impar y múltiple –soldado en la Guerra Grande, calígrafo, topógrafo y litógrafo del Estado, docente y maestro de Blanes, diputado- es ahora rescatado del olvido en la asombrosa singularidad de su obra.

El martes 12 de setiembre, a las 19.00 se presentará en la Biblioteca Nacional de Montevideo el libro Juan Manuel Besnes e Irigoyen, primer pintor uruguayo de Nelson Di Maggio. Impreso en Mastergraf, distribuido por Gussi y diagramado por Alejandro Sequeira, sus 224 páginas despliegan numerosas reproducciones en color y en blanco y negro. Cabe señalar que Sequeira reinventa, en su intervención como diagramador, el estilo caligráfico del artista hasta hoy casi desconocido, incluso por especialistas.

Nelson Di Maggio se detuvo en el análisis de la casi totalidad de la obra concentrada en tres núcleos principales –Museo Histórico, Cabildo de Montevideo, Biblioteca Nacional- y en algunas colecciones particulares. Afirma que Besnes e Irigoyen no fue solo otro artista viajero de los muchos que visitaron el país durante el siglo XIX sino que, nacido en San Sebastián en 1779, recaló veinteañero en Uruguay, permaneciendo hasta su muerte en 1865, luego de 56 años de permanente e intensa actuación. Se convirtió, así, en el primer pintor uruguayo.

A continuación ofrecemos extractos del libro a modo de adelanto:

Juan Manuel Besnes e Irigoyen, primer pintor uruguayo

Por Nelson Di Maggio

Nacido en 1789 y muerto en 1865, Juan Manuel Besnes e Irigoyen vivió y actuó durante uno de los perÍodos más intensos y fértiles de la historia uruguaya, americana y europea. Hizo estudios primarios en San Sebastián, España, su lugar de origen, de donde salió en busca de fortuna a la deseada América, tierra de promisión (...).

Llegó a Montevideo el 21 de mayo de 1809, a los 20 años. En la ciudad-puerto del Río de la Plata será empleado de oficinas públicas mientras observa tambalear el poder hispánico en las colonias de la región luego de las invasiones inglesas de 1806-07 y, en 1808 (al entrar en España los ejércitos de Napoleón), la instalación de la primera junta de Gobierno independiente en la capital porteña. Entre 1810 y 1824, afirma su condición de docente, contrae matrimonio, en tanto que una corriente emancipadora de las metrópolis imperiales sacude América hispana. Montevideo contaba con diez mil habitantes, partícipes de una guerra civil rioplatense, la adhesión al carismático Artigas y sus ideales federalistas que buscan conformar una nueva identidad nacional, truncada por la invasión lusitana y la instauración de la Provincia Cisplatina. En esa vertiginosa sucesión de hechos, se inscribe la Cruzada Libertadora de Lavalleja (1825) y la proclamación de Uruguay como nación independiente en 1830. En su tierna madurez, Besnes se integró a la sociedad epocal con flexibilidad ideológica, representó a las personalidades más conspicuas en su calidad de dibujante, pintor y litógrafo, cuando ya la ciudad amurallada contaba con catorce mil habitantes. Se aproximó al primer presidente constitucional de Uruguay, Rivera (...), recorrió la campaña con las huestes riverenses durante la Guerra Grande (1839-51) y luego con el general Venancio Flores (1855), mientras vio crecer a Juan Manuel Blanes, participó en el sitio de Montevideo (1843-51) (...). Frecuentó las tertulias patricias donde se exhibían los retratos del exiliado italiano Cayetano Gallino, garibaldino y masón (...) y vio desfilar a los gobiernos de Juan F. Giró (1852-53), Gabriel Pereyra (1856-60), Bernardo P. Berro (1860-64) y el gobierno de facto de Venancio Flores (1865-68), pautados por fusilamientos e intentonas rebeldes de los caudillos. (...) Debió ser difícil el comportamiento intelectual, cívico y moral de Besnes e Irigoyen, ante el vértigo de los contradictorios sucesos y el porvenir político-social que caracterizó la época.

Pintores viajeros

Los descubridores de los siglos XV y XVI precedieron a los artistas viajeros de los siglos XVIII y XIX. Un mismo afán de aventura los identificó. (...). Signados por el espíritu romántico, hicieron del viaje la necesidad de encontrar tierras desconocidas, posiblemente maravillosas, de naturaleza indómita, pobladas de seres extraños con costumbres y lenguas diferentes. Desde el mítico Ulises, era ir al encuentro del Otro, medir la capacidad de resistencia en mundos ajenos, forjar y probar la hombría para volver triunfantes y recibir tratamientos de héroes, al agregar mundos al mundo conocido como poetizó Camoes en Los lusíadas. (...)

Los artistas viajeros que recalaron en el Río de la Plata ejercitaron esa mirada romántica, siempre inquieta, inestable y transitoria, registrando breves momentos de su contacto con el paisaje nativo, apenas los necesarios para documentar aspectos pintorescos y distintivos de la flora y la fauna, la geografía, la vestimenta y costumbres de sus habitantes. Los atrajo lo raro, lo curioso, lo que escapa a la grisura cotidiana. Por eso eligieron el lápiz y la acuarela, el boceto o la mancha rápida captadores de lo instantáneo, la fugacidad del instante. Estos viajeros ultramarinos sostienen una mirada europeísta y complaciente al representar los cuerpos indígenas desnudos con los atributos físicos ya conocidos, codificados formalmente. Sin embargo, frecuentaron tiempos de guerras civiles y levantamientos militares, saqueos, incendios, invasiones extrajeras, épocas en que los hombres se batían a duelo, mientras la precaria situación social, la pobreza y la discriminación racial sostenían un sistema que W.H. Hudson rescata en La tierra purpúrea. Los primeros iconógrafos rioplatenses, salvo excepciones, desviaron su mirada de las crueldades cotidianas y prefirieron registrar la laboriosidad, el costado pacífico, la amable convivencia ciudadana en fiestas patricias y reuniones domésticas, las faenas camperas, gauchos mateando, domando caballos salvajes, conversando recostados al palenque, en pulperías o rasgueando guitarras y cantando a las chinas. Evitaron la violencia de los ejércitos enfrentados, los asesinatos políticos, los fusilamientos o los viriles retos a cuchillo ante la menor provocación. En tiempos sangrientos, fueron pintores de la vida pacífica. La mayoría vinieron, vieron y se fueron, por algunos años, meses o apenas días. Otros se quedaron, se incorporaron a los modos de la vida existentes, fundaron una familia, ocuparon funciones importantes en el Estado y crearon obras perdurables. Juan Manuel Besnes e Irigoyen fue uno de ellos. Vivió aquí 56 años. Fue el primer pintor uruguayo. (...)

Calígrafo y documentalista

La actividad de Besnes e Irigoyen como calígrafo fue muy intensa. Es probable que los rudimentos de la caligrafía los conociera en España (...). La imprenta, que amenazó con destruir la escritura a mano, más bien la estimuló dando origen al arte caligráfico (...). Pero lo curioso es constatar que la escritura estuvo unida a factores económicos y sociales (...)

Si la personalidad de Besnes e Irigoyen se pudiera confinar en su capacidad de ser un descriptor analítico y pormenizador, difícilmente se podría explicar el magisterio que ejerció (...). Algo más debió existir en ese temperamento duro, austero y ensimismado para que se encauzara beneficiosamente sobre los otros. Por encima del trazado esquemático y epidérmico de los historiadores, emerge un autor atractivo para el arte nacional: el de un humorista, el primero que aparece en la producción gráfica aborigen, el que se atreve a rasgar el velo de la objetividad que cubría beatíficamente la realidad y a asumir un compromiso político e ideológico. Surge así un espíritu crítico, una sensibilidad disconforme, un censor cordial. (...)

Fue el observador sagaz y desinteresado del mundo circundante, el testimonialista de los habitantes, sus costumbres y del ambiente urbano y rural. Con mayor perspicacia y persistencia que los artistas viajeros que lo precedieron, Besnes e Irigoyen apostó, sin alardes espectaculares, al registro de una sociedad en formación, perfilando los rostros de personalidades epocales, la vestimenta de soldados y civiles, el caserío creciente de intra y extra muros, las batallas navales del Río de la Plata que se avizoraban desde los miradores montevideanos, las faenas camperas, los ejercicios militares, las excursiones festivas por el campo, las caricaturas de Rosas y Oribe (...). Es cierto que fue uno de los documentalistas visuales más fidedignos. A diferencia de Blanes, no se propuso empecinadamente crear una iconografía nacional sustentada en grandes acontecimientos históricos ni perpetró enormes escenografías teatrales con personajes en ademanes congelados, ansiosos de posteridad. Su curiosidad fue más doméstica y recatada, más sensible a la cotidianidad y al comentario íntimo, casi confesional y emotivo. (...)

Describió el paisaje nativo sin preconceptos europeístas para conformar las imágenes, supo conciliar un cierto talante naïf, una elaboración artesanal de las formas, con una visión modélica de la realidad nacional. La frescura de sus colores, los matices de los verdes, en especial, confirman una capacidad creadora para instaurar una manera de ver y construir plásticamente el paisaje aborigen hecho de suaves ondulaciones, interrumpidas por núcleos de piedras, una raleada arboleda y algún rancho solitario. Captó, sin esteticismos o referencias académicas, lo esencial de las cosas y las recreó con una tonalidad propia, intransferible.

Fuera de los álbumes, nunca exhibidos y quizá por eso se conservan en buen estado, Besnes e Irigoyen elaboró litografías, óleos y acuarelas. (...)

El óleo estuvo entre sus preferencias. Además de algunos retratos (Juan Pedro González Vallejo) es muy significativo el pintado sobre papel, titulado Paso del Ibicuy o Entrada a los pueblos de Misiones el 21 de abril de 1828. Es un trabajo de formato mayor (570 x 1002 cm), en el que Besnes logra una de sus mejores obras. (...) No obstante, cuando se descubrió un cuadro de Besnes e Irigoyen enviado a una subasta de arte, en 2003, se alteró el conocimiento y la valoración de su obra para instalarlo en el podio de los creadores. En Pasquines, lentes, barajas y plumas, un dibujo-pintura de técnica mixta sobre cartón, de 57 x 86 centímetros, reveló un talento mayor e imprevisto. Es un cuadro sin fechar, pero sin duda pertenece al año 1827, como se desprende de la dedicatoria a Josefa Zamudio, su mujer. Consiste en una naturaleza muerta o bodegón, un género que se complace en el virtuosismo ilusionista, del trampantojo, del trompe
l´oeil, del engaño al ojo, buscando efectos ópticos de tal verosimilitud que parezcan tan reales como el modelo. (...). Cada elemento de Pasquines, lentes, barajas y plumas tiene la precisión de un silogismo y no recurre a la simbolización más allá de lo que representa. La composición sería parte del género memento mori si no fuera porque el título desbarata esa tentación. Hay una intencionalidad en esa sabia composición hiperrealista pues allí, junto a una de la cuartillas escritas que luce la palabra censor, deposita una tijera en una transparente referencia a la censura, al igual que en las hojas impresas quemadas, el rostro parcial de un hombre semioculto por una partitura deteriorada (...). Los ingredientes del cuadro tienen su propio significado, no hay una distribución caprichosa o aleatoria sino una necesidad imperiosa de convocar en cada objeto una movilidad y dinamismo de lectura que sacuda la vida silenciosa que los reúne, los sustraiga del reposo y la inmovilidad, tal como los holandeses bautizaron a este género pictórico de stilleven, modelo inerte. (...) Por ese trabajo, de repente, se altera la visión de toda su producción y proyecta nuevas posibilidades interpretativas, por su envergadura.

(Fragmentos del libro Juan Manuel Besnes e Irigoyen, primer pintor uruguayo de Nelson Di Maggio, de inminente publicación)

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