Novela de Harry Kressing

Sin postre

El protagonista es un cocinero que seduce con su prestancia, seguridad, ironía verbal, manejo de armas y determinación de psicópata.

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Cocinero

Se esperaba con hambre. O por lo menos con el apetito que cabe suponer en lectores acostumbrados al menú de esta editorial, La Bestia Equilátera, especialista en sacar del congelador a autores buenos pero olvidados o que no gozan de un fervor de multitudes (L. J. Davis, Muriel Spark, V.S. Pritchett, entre otros). En el caso de El cocinero (1968) se podían sumar como ingredientes extra literarios y afrodisíacos dos puntos. Que a poco de su publicación fue llevada al cine (Something for Everyone, 1970, dirigida por Harold Prince) con protagónicos a cargo de Michael York y Angela Lansbury. Y que sin embargo su autor permaneció en la sombra: Harry Kressing es el seudónimo de un abogado y oficial de la fuerza aérea estadounidense, nacido en 1928 y muerto en 1990 pero de quien poco más se sabe, y que califica para integrar la amplia genealogía de escritores del “no” que urde el catalán Vila–Matas en Bartleby y compañía.

Pues bien, el plato llegó, con presentación medio de fábula, medio de suspenso psicológico. Y la entrada parece suculenta. Conrad es un cocinero alto y enigmático, vestido de negro, que llega en bicicleta al pueblo de Cobb para ponerse al servicio de la familia Hill, una de las dos que lidera el lugar. La otra es la familia Vale, cuyo cocinero –Brogg- no logra hacer bajar de peso a la única heredera, Daphne, cuya gordura le impide casarse con el único hijo varón de los Hill, dificultando que las dos fortunas se unan y los linajes se perpetúen. La llegada de Conrad modificará esa situación y a todos los personajes, no tanto a fuerza de lo que hace entrar en sus estómagos como de lo que hace entrar en sus cabezas. Bien mirado, ese comienzo no es tan suculento como espeso. Pero de tópicos está hecha la buena y la mala literatura. Uno espera el plato principal, cómo se construye y se lleva adelante esa historia, con qué escritura, con qué variaciones y destino final.

Y mucha sorpresa no hay en El cocinero –fábula y mensaje-, sin contar con que jamás salimos del ámbito mental de “la cocina”, y todo el desarrollo de la novela se estructura en base a qué comen, a quién invitan, qué cubiertos utilizan, quién adelgaza o engorda, etc. No hay sorpresa en materia de personajes, donde el maquiavélico Conrad es de una pieza y así se nos presenta desde un inicio. Seduce con su prestancia, seguridad, ironía verbal, manejo de armas y determinación de psicópata; y todos los demás caen temprano o tarde en su órbita siniestra. En cada episodio se impone como el que mejor cocina, el que más come, el más fuerte; sin variación de gusto, Conrad empalaga, satura, por más que algo en él permanezca indescifrable (por qué hace lo que hace, qué propósito lo guía). Tampoco hay sorpresa en la trama una vez que vemos que la llegada de Conrad establece las bases de un mundo al revés, un carnaval gastronómico que cambia todo de signo: el sirviente se vuelve amo, el amo sirviente, la gorda adelgaza, la flaca engorda, etc. Si todo eso estuviera apuntalado por una prosa rica, exquisita, picante o medianamente envolvente, el resultado sería por lo menos gustoso. No es el caso.

La levedad de la escritura de Kressing no remonta el hecho de que su lenguaje es insípido, sus diálogos chatos, y la tensión que acumula en algunos fragmentos (notoriamente en el enfrentamiento entre los dos chefs, o en la treta de Conrad para quitar de en medio al novio de Ester Hill) no salva de una novela por momentos bien servida, cocinadita, pero de deglución demasiado fácil. Aspecto que en materia literaria puede provocar cierta indigestión pasajera, tampoco nada importante.

EL COCINERO, de Harry Kressing. La Bestia Equilátera, 2014. Buenos Aires, 254 págs. Traducción de Laura Wittner.

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