Poéticas de Milán

Los poetas y la pandemia VIII

El reino del caos es una expresión imposible, pues ni siquiera un reino controla un caos.

Eduardo Milán

¿Qué ocurría mientras estábamos en otra cosa? La modernidad fue madre de la libertad pero hija dilecta del capital. El capital, gran Saturno, se la comió. El capitalismo reina destronado contra todos nosotros. ¿Nosotros quiénes, los poetas? Nosotros, aquellos humanos y estos. Yo estaba embalado en escribir el poema objetivo, deriva en balsa o canoa del objetivismo de los pétalos negros en la rama húmeda, que no fuera sólo objetivo sino que marcara en su huella algo que ningún mar tolera. Estelas tolera, Machado dice que sí. La subjetividad, la mitopoética personal, lo que me pasó a mí y no le pasó a otro. Ese poema un poco objetivo, otro poco subjetivo —siempre subjetivo pero ahora con yo que oscila como un espectro que se decide y no, se decide y no. Cuando se decide desaparece a toda la lluvia detrás y está solo frente a la aldaba de bronce. Otros estaban atentos al fin de la historia, poco más que la decisión de imponer la calma a las aguas territoriales divididas a un año después de la primera Guerra del Golfo (1991). Calmar por la fuerza: eso es imperio. Aunque imperio con Papá Bush al mando tenía un sueño hegemónico que hacía pensar. Ya Lyotard, el gran Lyotard que poco entendimos cuando informó en 1979 sobre el estado del saber al que llamó Condición postmoderna, había mostrado el esqueleto al que antes redondeaba la carne bronceada y crocante. Nadie pensaba en lo imprevisible, un motor del poema moderno y contemporáneo que la obsesión de la invención pareció olvidar por un momento. La invención cavando acá y allá, la invención extractivista, la invención a combustible fósil, la hija del petróleo negro teñido como pintura de Contrarreforma que embadurna la tela barroca y declara: “No hay nada más para ver”. Parecía que ver era ver claro o nada y en el barroco se vino abajo el paradigma alcanzado por el rayo de los “bienes materiales” a los que la Santa Madre consideraba “malos católicos”. Y aquí estamos con la tríada evangelista de las dos grandes Américas, la de los tres primeros en el número de muertes por la pandemia. Bifo vaticina que se viene la debacle que ningún teclado logrará aclarar, esa oscuridad de tiniebla que ni un habla registra porque es el reino del caos (una expresión imposible: ni siquiera un reino controla un caos), hijo sin límite del azar, ese que también habita el momento en que declina el sol de la tarde en la Edad Media y Guillaume de Peitieus escribe “Hice un poema de nada” (Farai un vers de drey nien), el mismo sol que ya cayó en 1896 y no aparece en ese momento en que “Un golpe de dados no abolirá el Azar” ya está escrito por Mallarmé que tiene las horas contadas.

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