Poéticas de Milán

Los poetas y la pandemia VI

Ser poeta es hacerse cargo de una problemática.

Eduardo Milán

El lugar del poeta es el afuera”. Blanchot, inequívoco. El afuera que es mucho más que la vereda de enfrente o el parque de Yellowstone, con su fauna floreciente, lugar de retozo y retazo de paraíso. El afuera es un lugar. Pero es una condición: la condición de la intemperie, la posibilidad de hacer contacto con una dimensión que sería, en su amplitud, la física-naturaleza en su integridad —ahora y desde ya hace un buen tiempo como para saber que se venía algo como un virus mortal (ver David Quammen). Yo no sé lo que va a venir pero voy temiendo lo que se va a ir. O lo que no va a estar. Y si entre lo que no va a estar está lo abierto en su esplendor que es el afuera entonces sí que la poesía va a afectarse en su autoconcepción, es decir, en su autoconsciencia, tal como se concibe desde dos siglos para acá. Es impensable una poesía sin posibilidad libre de movimiento. La poesía puede ser un objeto virtualmente apto y competente. Pero ese que la hace será un ser controlado o bajo control o con medida libertad —lo que, así planteado por modelo chino, es la contrapoesía viviente, abrumadora, mimética y rumorosa. Casi un río aunque un río puede bronquearse si abajo hay cascada. Es el terreno de la mitopoética. Entonces la pregunta no será ¿qué es un poema? Será ¿qué es un poeta? Y todo el arsenal de la imaginación se derrumba en un silencio, además, interior. Un poeta será un ser como cualquier hombre que necesita estar bajo control (según no sólo la seducción China de un poder que puede convencer sino un poder convincente por el simple hecho de plantearse en oposición a una lógica imperial impositiva a golpes de estado como el norteamericano —dejo a los expertos la separación y los beneficios entre capitalismo occidental y “buen” capitalismo oriental, el diferencial entre dos modos depredadores). Pero la mitopoética de “ese homem que tem fome como cualquer outro homem” (Cassiano Ricardo) no es una referencia a una posible mitopoética hambrienta —condición elemental a la que iríamos regresando de manera inminente. El hombre hambriento común no carga, para escribir, con un sistema de referencias que hace la diferencia no de calidad sino de peso sobre los hombros. Ser poeta es hacerse cargo de una problemática. O no es absolutamente nada. Libertad, emancipación, solidaridad con lo viviente, reconocimiento de igualdad entre especies, referencia constante a la física-naturaleza (duplico la palabra para no volverla demasiado maternal en estos tiempos de orfandad de una especie entera) fraternidad humana. Eso, al margen de cómo se disponen los signos en ese otro “terreno en disputa (que) es el lenguaje”, como diría José Ignacio Padilla.

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