EL POETA Y LA CRISIS ACTUAL DEL LENGUAJE

Luis García Montero: realidad y mentira en democracia

Entrevistado a su paso por Montevideo, el poeta español García Montero dijo que le preocupa que la palabra haya perdido prestigio por culpa de los sectarismos mentirosos.

Luis García Montero
Luis García Montero

El poeta Luis García Montero, director del Instituto Cervantes, estuvo en Montevideo. Acaba de publicar en España, Las palabras rotas, sobre los graves riesgos que corren hoy las palabras y cómo esto afecta a la convivencia democrática (ver recuadro). Participó de la presentación en el Centro Cultural de España de la publicación facsímil Gacetas Gauchescas de Hilario Ascasubi, con investigación a cargo de Pablo Rocca y Hernán Viera.

—¿Cómo se hace un poeta?

—A mí me hizo poeta el azar de la vida. Mi padre tenía la costumbre de leernos en alto sus poemas preferidos. Los romances, la canción del pirata de Espronceda, fueron como mis novelas de aventuras. Después me conmoví gracias a un profesor de literatura en el colegio que bajó un día a clase un tocadiscos y nos puso un disco recién publicado: Serrat cantaba a Machado. El descubrimiento de la poesía de García Lorca, un poeta de mi ciudad, Granada, fusilado por un golpe fascista 22 años antes de que yo naciera, unió mi vida a la poesía. Uno es poeta porque se ha deslumbrado con la lectura de otros poetas: Rosalía de Castro, Lorca, Borges, Neruda, Delmira Agustini, Cernuda. Para mí fueron decisivos algunos hermanos mayores que cumplieron su amistad poética según mi edad: Alberti, Benedetti, José Emilio Pacheco… En mi ciudad nos reunimos un grupo de jóvenes al principio de la democracia bajo la bandera de “Otra sentimentalidad”. Herederos de Machado, pensábamos que no hay cambio histórico real hasta que no se produce una emancipación de los sentimientos y la intimidad. Había que comprometerse en la transformación de la España clerical. Ese grupo fue el ámbito natural en el que maduré como poeta. La concesión del Premio Adonáis en 1982 por un libro de tono pasoliniano, El jardín extranjero, me abrió las puertas de las publicaciones de poesía que tenían más repercusión.

—¿Qué se entiende hoy por realismo, con tanta agua pasada bajo los puentes? ¿Hay una poesía social?

—Yo creo que el mayor compromiso de la poesía es con ella misma. Un poema no es un panfleto. Pero se equivoca quien piensa que debajo de un poema de tono realista no hay trabajo formal y que la política es un asunto que debe quedar al margen de la literatura. No hay ninguna exigencia humana que deba quedar al margen de la vida, y hay mucho trabajo formal en las distintas formas de realismo en la que han trabajado autores como Galdós, Max Aub, Onetti, Vallejo o Gil de Biedma, muchas veces en contacto con un experimentalismo más profundo que las rupturas superficiales. Tanto la pureza como el compromiso son respuestas personales relacionadas siempre con una manera de vivir la historia. Tan ética es la palabra pura de Juan Ramón como la voluntad cívica de Blas de Otero. La apuesta por “la otra sentimentalidad”, además, me enseñó que la historia no sólo pasa por una guerra, una Constitución o una huelga general, sino que los sentimientos son también históricos. Debajo de frases como “soy hombre”, “soy mujer”, “te quiero”, hay una historia según el momento en el que se pronuncien. Cuando mi hija dice soy mujer (su relación con el sexo, el amor, el trabajo…), afirma algo muy distinto a lo que decía mi abuela. Y esa indagación ofrece campos de compromiso muy interesantes para la poesía en su trabajo por la emancipación. La etiqueta “poesía de la experiencia” me resulta ahora interesante, pero no en el sentido en que se la utilizó para desprestigiar a los poetas jóvenes que optaban por el realismo frente al esteticismo español de los años 70. En un mundo que domina las conciencias con las creaciones de mundos virtuales que quieren sustituir la realidad histórica, me gusta que mis poemas se afirmen en la experiencia de carne y hueso. Me parece mal asunto que nos conviertan en videojugadores para separarnos de la historia real.

—Luego o antes de todo esto, ¿qué quieres decir sobre las relaciones entre literatura y política?

—La política es una actividad muy necesaria para las sociedades que quieren vivir en libertad. Es el mejor medio de solucionar los conflictos de manera democrática y pacífica. Aunque ahora se haya desprestigiado la palabra, por culpa de los escándalos de corrupción y de los sectarismos mentirosos, creo muy importante no olvidar un consejo de Antonio Machado: “Desconfiad de quienes os digan que no os metáis en política, porque eso lo dirá alguien que quiere hacer política sin vosotros y casi siempre contra vosotros”. Y la creación es siempre una toma de postura de una mirada ante el mundo que siempre está llena de repercusiones sociales. Dicho esto, conviene insistir en que un poema no es un panfleto y que la conciencia del escritor debe negarse a asumir ningún tipo de consigna que vaya contra sus sentimientos y sus razones. Ninguna consigna (patriota, política, religiosa…) por encima de la propia conciencia. Mi militancia política me ha enseñado que lo primero que debe hacer alguien que participa en una ilusión colectiva es aprender a quedarse solo. La poesía es el tratamiento riguroso de las palabras de la tribu, no la invención de un lenguaje extraño que deje al margen la realidad. Y en la realidad es muy importante la dimensión política de las cosas, las emociones, las palabras.

DIVERSIDAD QUE ENRIQUECE

—¿Cuál es la relación del Instituto Cervantes con los países de habla hispana?

—Nuestro idioma tiene 480 millones de hablantes nativos y casi 600 en general. En España vivimos el 8 % de los hablantes. Así que la comunidad es mucho más amplia que las fronteras de ningún país. Creo que hay razones para buscar respuestas comunes para afirmar desde la memoria panhispánica respuestas a los retos de la globalización. Se trata de seguir el camino que abrió Andrés Bello en el siglo XIX. Creo que la apuesta debe ser convertir el español en una lengua de cultura seductora por sus valores humanos y sus compromisos con la libertad democrática. Una apuesta de futuro frente a culturas que hoy se presentan mucho más pragmáticas, economicistas o totalitarias. La diversidad nos enriquece. Nadie es el dueño del idioma, no se habla mejor en Castilla que en Andalucía, o en Colombia que en Ecuador o Montevideo. Se habla de manera distinta un idioma que mantiene una sólida unidad comunicativa, precisamente porque la diversidad es riqueza de un patrimonio común. A mí me ofende la política de la administración Trump que quiere avergonzar bajo el lema “solo inglés” a los niños que hablan español en un colegio o a los hispanos que usan su lengua materna en la cola de un supermercado. El trabajo del Instituto Cervantes, por ejemplo, es negarse a las intenciones de convertir al español en una lengua de pobres de manera despectiva. Además de afirmar la dignidad de la pobreza, debemos convencernos de las realidades culturales y las posibilidades científicas de la comunidad hispánica.

—¿Cómo puede apoyarse el hispanismo en los países de habla hispana?

—Esa es otra tarea también importante para España. El Cervantes no pretende ocupar espacios de enseñanza del español en Uruguay porque lo lógico es que aquí se enseñe el español como se habla en Uruguay. Pero en el diálogo entre la comunidad y las diversas singularidades, me parece interesante que las autoridades españolas apoyen el estudio de la literatura peninsular y faciliten el trabajo a los hispanistas interesados. Una de las tareas del Cervantes es apoyar el trabajo de los hispanistas, de los alemanes, los marroquíes, los ingleses, los chinos… Ahí caben las literaturas de todos los idiomas. El Ministerio de Cultura de España y muchas fundaciones existentes deberían apoyar a los profesores de cualquier parte del mundo, y por supuesto Hispanoamérica, que tengan la generosidad de dedicarse a estudiar la literatura española.

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