Premio Alfaguara de Novela

Con Pilar Quintana: "Quiero engañar al lector"

La novela Los abismos, de la colombiana Pilar Quintana, es un claro ejemplo de renovación de las letras hispanoamericanas actuales.

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Pilar Quintana (foto Carlos Zárrate)

Son las diez de la mañana en Cali (Colombia) y mediodía en Montevideo. Una escritora caleña acaba de ganar el Premio Alfaguara de Novela 2021, cuarta vez que ese galardón prestigioso y rentable llega a su país (antes fue para Laura Restrepo, Juan Gabriel Vásquez y Jorge Franco). Pilar Quintana (n. 1972) entra a Zoom desde su dormitorio, sin desayunar y en piyama, para hablar de Los abismos, su novela premiada. Ambientada en los años ochenta, la historia es simple: un matrimonio se derrumba ante la mirada de su pequeña hija, protagonista y narradora. Adulterio, depresión, alcohol y suicidio son los abismos que tientan a los personajes, en tanto a Pilar Quintana la tienta contar esa historia de un modo a la vez elíptico, conciso y coloquial. Así también había contado La perra, tremenda historia de una mujer casada que no puede concebir y adopta un animal solo para entrar en una vorágine de soledad y violencia y terminar tragada por la selva, reformulación femenina y brillante a la obra de su compatriota José Eustasio Rivera.

—Me llama la atención en tu escritura la capacidad de conjugar templanza y tragedia. ¿Tenés conciencia de ese contraste, te lo planteás como desafío?
—Yo creo que me surge. Recuerdo cuando terminé La perra, que una amiga me dijo “qué libro tan duro” y yo dije: ¿es duro? Como que tomo conciencia de su dureza cuando me veo en los lectores, pero yo pienso que estoy escribiendo lo que me sale, y después de leerme en los lectores sí pienso que tengo una mirada oscura…

—Encontrás la calma en el proceso de escribir.
—Ahí es el único lugar del universo donde puedo estar calmada, aunque me cuesta un gran trabajo lograrlo. A veces leo autores que dicen que para ellos el lenguaje es lo más importante, escriben novelas que se dice de ellas “esta novela es puro lenguaje” o “el protagonista es el lenguaje” y a mí tiende a no gustarme esa literatura que le da tanto protagonismo al lenguaje. Yo intento que sea casi invisible y solo sea el vehículo para contar la historia del mejor modo posible. No llamar la atención sobre él porque creo que eso puede sacar al lector de la historia y yo quiero engañarlo, quiero que caiga en la trampa y que no se dé cuenta de que le están contando una historia sino que la viva, que la vea frente a sus ojos.

—Decía James Salter que cuando estás leyendo no ves ni oyes nada y sin embargo te parece que sí.
—Es que eso a mí me parece que es magia pura, con unos muñequitos que son abstracciones en un papel lográs crear un universo.

—¿Y cómo fue crear el muñequito de la niña Claudia desde la versión del adulto? Pienso en Memorias de Leticia Valle de Rosa Chacel o el relato “Un hombre sin suerte” de Samanta Schweblin, donde la dificultad técnica era encontrar la verosimilitud.
—Bueno, yo antes de Los abismos, antes de La perra y antes de ser madre me había imaginado la historia de una niña de brazos que iba a contar la separación de sus padres. Y logré armarla pero no lograba el tono ni la voz narrativa y entonces la dejé, la tiré a la basura, la olvidé. Luego empecé a escribir una novela con una Claudia adulta manejando por una carretera peligrosa, con curvas y neblinas y en ese momento recordaba un episodio de su infancia cuando su mamá le había contado que una mujer había desaparecido en esa carretera. Traté de contar la historia que quería contar, pero me parecía que había mucho potencial en la historia de la desaparecida y empecé a crear a la Claudia niña pero desde el punto de vista de la Claudia adulta y finamente terminé extrayendo a la Claudia adulta y solo quedó la niña. Recién ahí surge rehacer la historia, fijar el punto de vista, entender quién era esa narradora. Porque yo la tenía como personaje, pero ahora la quería como narradora.

—Cuántas vueltas para llegar a la estructura definitiva de la novela, ¿no? Nosotros la sentimos fluida en su desarrollo, pero tu evolución fue de marchas y contramarchas.
—Muchísimo, yo creo que de mis novelas esta ha sido la que más trabajo me ha costado encontrarla, encontrar “la” novela. Tuvo muchas reescrituras.

—No lograbas conciliar lo que querías decir con el modo de decirlo.
—Sí. Yo generalmente empiezo a escribir con un plan claro, yo sé adónde voy y de qué va a tratar la historia. Esta tenía un plan que no cumplí y tuve que hacer otro plan sobre la marcha.

—Y en ese plan que tenés en tu cabeza cuánto pesa la elección de la temática, porque por lo menos en estas dos novelas el tema de la maternidad es asunto central, un eje de irradiación. ¿Te lo planteás como punto de partida o llegás a eso?
—Llego a eso. Me doy cuenta de lo que estoy haciendo sobre la marcha y pienso que cuando tenés el borrador de la novela esa NO es la novela, ahí descubriste qué querías contar. Y en las reescrituras es donde armás la novela, porque ahí sí te diste cuenta lo que querías contar, entonces podés poner los énfasis en donde deben estar.

Parecido pero no

—¿Cuánto hay del Chocó y el Cali reales, y de tus vivencias, en tus ficciones?
—Bueno, no son autobiográficas las historias. Mi primera novela sí fue autobiográfica, Cosquillas en la lengua. En el resto hay situaciones y emociones mías, pero todo está pasado por el cedazo de la ficción.

—Ficcionalizás lo suficiente como para que los hechos, si hubiera alguna correspondencia, queden disfrazados.
—Exactamente. En Los abismos me han preguntado mucho si esto es de la vida real, porque es la novela que transcurre en un lugar muy cercano, muy parecido al mío (mi colegio, mi ciudad, mi familia) pero no lo es. Esa Claudia o esa familia podrían ser unos vecinos míos.

—¿Cómo fue en términos de construcción literaria y de mirada de mujer el pasaje de la negra Damaris, viviendo en la selva y obsesionada por ser madre, a esta Claudia madre desapegada, ambas atravesadas por mandatos de género?
—A Damaris yo la construí a partir de la observación y de mi propia experiencia. Cuando vivía en la selva del Pacífico colombiano había una mujer en el pueblo que era bellísima y era unos diez años mayor que yo, y en ese momento yo tendría treinta y cinco años, y yo la veía y me parecía hermosísima, como una yegua preciosa, alta, con un cuerpazo. Y siempre la veía que iba al muelle a pasear con sus perritos o con sus sobrinos, y un día mi mejor amiga me contó que esa mujer no podía tener hijos, porque siempre los perdía. En esa época yo no quería tener hijos pero estaba en plena etapa reproductiva, y tenía una amiga del colegio que se había hecho tratamientos de fertilidad y no quedaba y hablaba de eso un poco obsesivamente. Mi embarazo va a durar dos años, me decía, porque eso dura el proceso de adopción; me contaba que ella no iba a los shower de bebés porque le daba envidia y mucho dolor. Y yo pensaba “mirá lo que le hace a una mujer querer tener un bebé”. Y luego tenía otra amiga española que iba a venir a Colombia durante tres meses para adoptar acá y apenas tomó esa decisión la ley colombiana de adopción cambió y se volvió difícil…

—Parece el destino…
—Sí, horrible. Pero además ahí yo empecé a tener ganas de tener un hijo, ya con cuarenta y dos años, y quedé embarazada muy fácil. Y me tocó decirle a mi amiga, que estaba en un duelo terrible que yo, que nunca quise, esperaba un hijo. La llamé por Skype, me dijo que estaba feliz por mí pero que tenía que cortar para vivir su dolor, y la siguiente vez que hablamos ella iba en un tren a adoptar una perrita y ahí, en ese instante, se me armó La perra.

—Increíble.
—Exacto, ahí se armó. Y con Los abismos, yo tenía la historia definida, pero sentía que estaba débil y en un viaje leí lo que llevaba y me di cuenta de lo que le faltaba. Es que yo no había construido al personaje de la mamá, era una mujer ausente y fría, y entonces me tocó volver atrás y mirar a mi mamá para poder crear un personaje de ficción.

—Ese personaje de Claudia madre es muy versátil, tanto como madre ausente, esposa depresiva o amante desesperada. ¿Cómo lo lograste?
—Ahí me tocó crear un personaje de la generación de mi madre. Yo no entendía a esas mujeres. Con mi mamá y las mamás de mis amigas no era indulgente y ahí tuve que suavizar la mirada, entender un poco cómo habían sido sus vidas para crear un personaje de ficción.

—De esa generación son tres personajes públicos, de revista diríamos, que insertás y que dinamizan el relato. ¿Por qué Natalie Wood, Karen Carpenter y Grace Kelly?
—Yo quería que Claudia coqueteara con la muerte y entonces busqué suicidas famosas de esa época para que la madre tenga fascinación por ellas y la niña comience a asustarse. Había muchas, pero me pareció mejor usar a las muertas en extrañas circunstancias y que la mamá se inventara el suicidio para que la niña dijera “estas no se suicidaron de verdad, ¿por qué mi mamá lo ve así?” También recuerdo una vez que estaba yo estudiando en la universidad, eran las vacaciones, y fui al aeropuerto para coger el avión a Cali, y en la sala de espera había gente llorando vestida de negro. Cuando llegué a Cali le comenté a mi madre y me dijo que eran las hijas de “nosequiencita” que ayer se cayó por el balcón, pero obvio que se había caído y le dije que cómo sabes que se cayó. “Pues obvio que se tiró”, dijo. Y ahí creé el personaje de la amiga.

—Dijiste que la única manera de hacer lo que a uno le da la gana es escribiendo libros. Ahora que ganaste el Premio Alfaguara y estás atada a una agenda de presentaciones, entrevistas, etc. ¿Cómo lo ves?
—(Nos reímos). Mi sueño es que esto se termine y volver a escribir. Decir en la editorial: voy a encerrarme y volver a escribir, no se olviden que soy escritora. Necesito silencio, pero sobre todo no oírme más a mí misma, veo los titulares y digo “tierra trágame”; en general las entrevistas ni las veo ni las leo.

—Jaja, tomo nota. ¿Y cómo ves el panorama de la literatura latinoamericana actual y en particular el de la colombiana?
—La literatura colombiana ha tendido a ser muy conservadora, pese a que nuestro premio Nobel y gran escritor hizo una literatura fantástica. Cien años de soledad es un fantasy. Lo es. Pero la literatura colombiana ha sido una literatura en la que se ha valorado mucho contar el afuera, la historia, el conflicto, la sociedad, esa idea de la Gran Novela que retrata la violencia, etc. No hay exponentes, por ejemplo, de una literatura de género. Tampoco de una literatura negra, ni de novela policial o de terror. Creo que eso está cambiando y tiene que ver con el surgimiento de las editoriales pequeñas. Las grandes hacen apuestas más conservadoras, pero las pequeñas no, entonces ha habido rescates, por ejemplo, de autores de ciencia ficción…

—Dame nombres.
—A mí hay una editorial que me encanta, que es Angosta. Ellos están haciendo descubrimientos de grandes autores jóvenes, que más me ha interesado leer. Otra editorial independiente, Laguna, hizo rescates de novelistas de los años ’30, de mujeres escritoras. Ha publicado autoras negras, autoras de provincia.

—¿Y a qué escritoras colombianas rescatarías?
—Vivas están Laura Restrepo y Piedad Bonnett, que son como los grandes nombres contemporáneos. Más jóvenes están Lorena Salazar Masso; Velia Vidal, una autora del Pacífico colombiano que sacó un libro precioso, Aguas de Estuario; Sara Jaramillo con su primera novela, Cómo maté a mi padre. Es esa literatura que están haciendo los pelados, los que fueron jóvenes en los ’90 y vivieron la violencia del narcotráfico cuando eran niños. Jaramillo precisamente nos cuenta cómo su padre fue asesinado por el Cartel de Medellín y ella nos cuenta su experiencia como huérfana. También yo recuerdo cuando empecé a publicar y a principios de los 2000 se hablaba de la literatura urbana, como que toda la literatura nueva era urbana, y ahora tenemos una literatura hecha por jóvenes que no es urbana, que mira el campo, los pueblos chiquitos.

—Como tu novela La perra, que escapa de la ciudad. ¿Cómo es vivir en la selva del Chocó?
—Uy, fue maravilloso, pero también muy difícil. Uno tiene la idea de que se va a vivir al campo y la vida es relajada. Y es todo lo contrario, tenía que estar todo el tiempo trabajando para que la selva no se comiera nuestra casa, una vida muy intensa. La naturaleza sigue dando, sigue habiendo mundo detrás de las ciudades y las carreteras.

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