adelanto del libro "paisanos" de tim fanning

De Peter a Pedro

Muchos irlandeses lucharon en la independencia de Latinoamérica, entre ellos Pedro Campbell. Soldado, desertor, aventurero, forajido, vaquero, revolucionario, innovador militar, estratega naval, héroe, villano y fundador de la Armada uruguaya.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Pedro Campbell

Los irlandeses han tenido fuerte presencia en América Latina a lo largo de su historia, entre ellos Peter Campbell, más conocido por los uruguayos como Pedro Campbell, personaje novelesco que fue hombre de confianza de José Artigas, luchó bajo la enseña artiguista y que hoy es considerado el fundador de la Armada uruguaya. El historiador irlandés Tim Fanning investigó ese trillo a lo largo y ancho del continente sudamericano y publicó Paisanos, Los irlandeses olvidados que cambiaron la faz de Latinoamérica (Sudamericana, 2017), que se presenta el próximo martes 22 de agosto a las 18 horas en el Ministerio de Relaciones Exteriores (Cuareim 1370) con la presencia del propio Fanning y del historiador irlandés Dermot Keogh. Allí también, con el auspicio de cancillería uruguaya y de la Embajada de Irlanda, se inaugurará la muestra "Irlandeses en América Latina".

Paisanos dedica un largo capítulo a Campbell, fruto de una larga investigación, pero no se agota allí. Sigue con el almirante Guillermo Brown, fundador de la Armada argentina, o en Chile Bernardo O'Higgins, o con figuras secundarias pero no menos importantes como el General John Thomond O'Brien, mercader y luego edecán del San Martín que ayudó a liberar Chile y Perú. También están el patriota chileno John Mackenna o los voluntarios irlandeses de los ejércitos de Bolívar. Llegaban al continente buscando aventuras, fama y fortuna, y terminaron muchas veces integrados a las comunidades locales. Entonces Richard se convirtió en Ricardo, John en Juan, Fitzgerald en Geraldino y O'Donoghue en O'Donojú, por Juan O'Donojú, quien firmaría el tratado de la independencia mexicana. Allá, en el norte, todavía muchos recuerdan el batallón de los San Patricios irlandeses que lucharon por la independencia mexicana contra la voraz ambición norteamericana.

Con prólogo del Presidente de Irlanda Michael D. Higgins y traducción de Jorge Fondebrider, va a continuación como adelanto un extracto del Capítulo 8:

La batalla por el Río de la Plata

La Revolución de Mayo en Buenos Aires planteó cuestiones fundamentales para el futuro de los territorios comprendidos en el Virreinato del Río de la Plata. Desde la fundación de ese virreinato, en 1776, Buenos Aires, su capital, había ganado en importancia a medida que los borbones centralizaban el poder en sus colonias americanas. Eso causó resentimiento en las provincias. El hecho que la nueva junta de Buenos Aires se vio a sí misma como heredera de la autoridad y de las funciones del virrey, y que intentó ejercer una y otras a lo largo de los territorios que formaban el antiguo virreinato, condujo a un creciente encono por parte de las ciudades de provincia, que deseaban seguir el ejemplo de los recientemente establecidos Estados Unidos de América y crear un sistema federal. (...)

Mientras el Almirante Brown jugaba un papel crucial en la consolidación del régimen de Buenos Aires, otro irlandés se contaba entre los líderes de un grupo que se rebelaba con éste. En la Banda Oriental –vale decir, los territorios situados al norte del estuario del Río de la Plata y al este del río Uruguay, que grosso modo equivalen al actual estado de Uruguay–, un caudillo local, llamado José Gervasio Artigas y su banda de gauchos guerrilleros habían estado desafiando a la autoridad realista de Montevideo. Artigas había nacido en esa ciudad, en 1764, en el seno de una familia rica, pero, de joven, había pasado un montón de tiempo en las estancias familiares y se había enamorado del estilo de vida gaucho. Luego de abandonar sus estudios, se dedicó al contrabando de ganado, lo que lo hizo enfrentarse a los acaudalados propietarios de estancias. A pesar de sus roces con la ley, y de haber obtenido el perdón de las autoridades, en la década de 1790, Artigas se había unido al ejército realista y había contribuido a sacar de Buenos Aires a los británicos en 1806.

Al año siguiente, cuando los británicos ocuparon Montevideo, tomaron prisionero a Artigas, quien se escapó y empezó una campaña de guerrillas contra ellos, para ayudar a restaurar el control español sobre Montevideo. Después de la Revolución de Mayo de 1810, Artigas unió su suerte a la de la junta de Buenos Aires, en un esfuerzo para expulsar a los españoles de Montevideo, y acaudilló a una banda de unos 200 hombres que hostigó a las tropas españoles por toda la Banda Oriental. En 1811, él y sus hombres se unieron a las tropas enviadas desde Buenos Aires para sitiar Montevideo. Sin embargo, el recientemente nombrado virrey español, Francisco Javier de Elío, había solicitado la ayuda de la corte portuguesa de Río, y un ejército de 5.000 soldados brasileños ayudó a que el cerco se aliviara. Temiendo por su propia supervivencia, la junta de Buenos Aries firmó una tregua con Elío. El desilusionado Artigas y sus hombres se retiraron al otro lado del río Uruguay. Buenos Aires, entonces, consideró a Artigas como una amenaza y envió tropas a la región de Entre Ríos para encontrarlo y matarlo.

Uno de los tenientes en que Artigas más confiaba era Peter Campbell, uno de los personajes más románticos entre todos los hombres y mujeres irlandeses que se lanzaron a nadar en las corrientes revolucionarias que por entonces fluían por toda Sudamérica. Su historia parece salida de las páginas de una novela picaresca. Fue soldado, desertor, aventurero, forajido, vaquero, revolucionario, innovador militar, estratega naval, héroe y villano. En sus memorias, el hombres de negocios escocés John Parish Robertson describió a Campbell como a un irlandés de caricatura:

“¡Por Dios! –dijo–, ¿no conoce a Peter Campbell?” “Campbéll”, continuó, acentuando fuertemente la última sílaba. “¿Pedro Campobéll, comoí me dicen los gauchos? ¿Palabra? ¿Así que no me conoce, Pedro Campbéll? Si nunca oyó ese nombre, usted debe ser el único caballero en todo el país que no lo sabe".

La nota al pie correspondiente a este pasaje en las memorias de Robertson –“No voy a repetir la imprecación blasfema con la que Mr. Campbell reforzó su argumentación”– simplemente se suma a la condescendencia del autor. Con todo, a partir de la descripción que Robertson hace de Campbell y del relato de cómo éste se convirtió en gaucho, uno vuelve a hacerse una idea de la adaptabilidad de los irlandeses de principios del siglo XIX y de cuánto depende la reputación del contexto. Para la junta de Buenos Aires, Campbell era un bandido y un secesionista, a quien había que perseguir y matar; para los futuros historiadores del Uruguay, Campbell fue un héroe y el fundador de su marina. Tal es la estima que le tiene el gobierno uruguayo, que la armada de ese país continúa bautizando barcos con su hombres, siendo el último la fragata Pedro Campbell, bautizada en 2008.

Nacido en el Condado de Tipperary alrededor de 1780, Campbell había sido aprendiz de curtidor antes de alistarse en el 1er Batallón del 71º Regimiento de Infantería del ejército británico. En 1806 había participado de la invasión de Beresford a Buenos Aires, en la que fue herido. Durante la fallida expedición de Whitelocke de 1807 para ocupar Montevideo, fue capturado por fuerzas realistas y enviado al actual norte argentino. Una vez lograda su libertad, desertó y viajó por la actual provincia argentina de Corrientes.10 Era territorio de frontera, donde los gauchos de vida dura y los empresarios comerciales se ganaban la vida con el ganado, las ovejas, el azúcar y la madera.

Campbell encontró trabajo como curtidor y se sintió atraído por la vida del gaucho, y adopto su ropa distintiva así como su modo de vida. Algunas de las habilidades requeridas por el gaucho no eran muy distintas de las que Campbell podría haber aprendido de niño en Tipperary. Era un jinete consumado y hábil con el cuchillo. Durante las peleas frecuentes que se desataban en el las ciudades fronterizas de las pampas, se utilizaban el facón, junto con un poncho a modo de escudo con el fin de defenderse. John Robertson describió su primer encuentro con Campbell en Corrientes:

"Una tarde, sentado debajo debajo de la galería de mi casa, llegó hasta mi mismísima silla, a caballo, un hombre alto, huesudo, de aspecto feroz, vestido de gaucho, con dos pistolas de caballería encajadas en la faja, la funda de un sable de acero oxidado colgándole de un cinturón sucio de cuero a medio curtir, patillas y mostachos colorados, cabello del mismo color sin peinar, apelmazado por la transpiración y sucio de polvo. La cara no sólo estaba quemada por el sol hasta ser casi negra, sino que estaba ampollada hasta los ojos; y al mismo tiempo, grandes trozos de piel arrugada parecían como a punto de caer de sus labios resecos. Llevaba un par de aros lisos, una gorra, un poncho harapiento, una chaqueta azul con adornos rojos gastados; un gran cuchillo en su funda de cuero; un par de botas de potro y espuelas de hierro oxidadas, con rodajas de una pulgada y medio de diámetro… El acento irlandés; el castellano deformado; el semblante cuando se lo miraba de cerca; los rulos color zanahoria y los ojos brillantes y grises: todo me revelaba a un hijo de Irlanda, transformado en un gaucho de aspecto más terrible que cualquier nativo que alguna vez haya visto".

En Corrientes, Campbell gozaba de una reputación legendaria –“siendo hombre de confianza de Artigas, traía, para refrendar sus pretensiones personales de deferencia, el reconocido favor y el apoyo de ese caudillo sin ley, pero omnipotente”– y le ofreció sus servicios a John Robertson y a su hermano William. Porque durante la primera década después de 1810, la región que se extendía hacia el oeste del río Uruguay estaba llena de gauchos de Artigas y de combatientes nativos. Muchos habitantes de esa región salvaje creían que Artigas y sus hombres eran héroes, que peleaban tanto contra la tiranía de España como contra los porteños; los enemigos de Artigas los veían nada más que como bandidos y cuatreros. Desde el punto de vista de Campbell, el cuatrerismo era un legítimo acto de guerra: “En verdad, Don Pepe [Artigas] es un caballero honesto; y si ve compelido a apropiarse de ganado de vez en cuando, claro, ¿qué problema, si es por el bien del país?”. Las simpatías de Campbell quizás derivaran del hecho que había nacido en Irlanda a fines del siglo XVIII, en el momento máximo de cercado de tierras comunales.

(extracto del capítulo 8 de Paisanos, Los irlandeses olvidados que cambiaron la faz de Latinoamérica, de Tim Fanning, Sudamericana, 2017. El libro está disponible en las librerías Puro Verso, Más Puro Verso y Escaramuza )

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