Que libros leer, por dónde empezar

Peter Handke, el narrador maldito que ganó un premio Nobel

Un repaso de sus polémicas públicas, y una guía de lectura para la larga lista de libros traducidos. Porque lo mejor de Peter Handke está en castellano.

Peter Handke
Peter Handke

Los recientes premios Nobel de Literatura, el de Peter Handke (2019) y el de Olga Tokarczuk (2018), plantearon preguntas que aún repican. Por ejemplo, por qué los uruguayos no sabían nada de la polaca Olga, tan orgullosos que son de su cultura universalista (ver nota de página 7). O por qué casi nada del austríaco Handke, alguien cuyos libros circularon mucho por librerías montevideanas en la década del 70 y 80, con títulos como El miedo del portero al penalti (1970), Desgracia impeorable (1972), El momento de la sensación verdadera (1975), La mujer zurda (1976), El peso del mundo (1979), Lento regreso (1979), y varios más en la década del 80, todos en ediciones de Alianza. Pero desaparecieron de las librerías y pasaron a ser, para algunos, tesoros a rastrear en las librerías de viejo.

Paralelo a esto fue importante la presencia del Handke dramaturgo en tablas uruguayas, con las obras de teatro Kaspar (representada varias veces), Insulto al público (Jorge Curi, 2002), y en particular La hora en que no sabíamos nada los unos de los otros (dir. Graciela Figueroa, teatro El Galpón, 2003, Comedia Nacional), con un despliegue de producción pocas veces visto en el medio local, donde decenas de actores interactuaron en una suerte de plaza pública sin pronunciar una palabra en toda la obra, solo ruidos, exclamaciones, un despliegue que provocó el asombro de los espectadores desprevenidos. Todos comprendieron que estaban ante la obra de un autor mayor, diferente, provocador e inolvidable. Y aun así, de forma lenta, el nombre Handke iba desapareciendo del ámbito lector. Recién en el siglo XXI reapareció en editoriales independientes argentinas (El cuenco de plata, Adriana Hidalgo, Eterna Cadencia), pero poco. Hace un par de años este cronista preguntó por sus libros a un librero de viejo de la calle Tristán Narvaja. La respuesta fue reveladora: “ese autor nunca llegó a Uruguay”.

En Europa, sin embargo, el universo Handke estuvo movido durante los 90 y hasta la actualidad. Su actuación pública le dio un protagonismo polémico. A su vez, son muchos los libros de Handke traducidos al castellano, tantos que su retorno a librerías locales (algo que ya se puede constatar) exige una guía para los lectores

Muchacho polémico.

La literatura de Handke es política: quiere construir comunidad en base a la autenticidad, no a la mentira. Sus novelas, diarios y ensayos casi no tienen trama o argumento lineal. Lo que se promete como un thriller en realidad es un anti-thriller, lo que se anuncia como novela también. Porque a Handke no le interesa entretener. Su narrativa busca entrenar a los lectores para que descubran los convencionalismos que hay en la lengua, sus discursos mentirosos, deshonestos; que aprendan a señalar los tópicos, las frases hechas, los lugares comunes, la falta de empatía. Su literatura, que es prosa muy cercana a la poesía, y que se maneja con giros notables a la vez que muy precisos, pretende un mundo mejor. Ello se logra buscando otro lenguaje.

Esta postura llevó a Handke a tomar protagonismos polémicos. La primera fue la declaración de Princeton (1966). Invitado por la cátedra alemana de dicha universidad junto a otros escritores alemanes del Grupo 47 (Böll, Richter, Günter Grass) los enfrentó y los acusó de falta de autenticidad. Pero no paró allí. En plena euforia mundial revolucionaria, Cuba, el Che Guevara y las revueltas estudiantiles, se pronunció de forma clara en contra de la literatura “comprometida” y “revolucionaria”, por ser textos que estaban habitados por el “lenguaje del crimen”. En el auditorio muchos rieron, otros se burlaron, y algunos pretendieron abuchearlo. Pero unos pocos estuvieron de acuerdo, y pidieron a viva voz que lo dejen terminar. La grabación del encuentro está disponible en internet; hay que saber alemán.

No sería la última vez. En los 80 se tiró contra Kurt Waldheim, ex secretario general de las Naciones Unidas que decidió volver a la política en su nativa Austria (fue electo Presidente entre 1986 y 1992), mientras se hacía público su papel como oficial de las SS en la deportación de judíos en Grecia durante la Segunda Guerra Mundial (1944). El asunto le repugna, y reconoce su dificultad para abordarlo, pues es un tema “que repele hasta las palabras”. Entiende que “en el Estado de Austria hay muchos como él”, auténticos estrategas para apartar la vista y el oído. “Su principio: puedo lavarme las manos porque, si bien sé que se cometen crímenes, no entro en consideración como testigo, pues no existe ningún reglamento de servicio que obligue a tener memoria. Quien aparta la vista y el oído tiene el derecho a remitirse a la ilusión de los sentidos. Lo que en realidad fue un grito de dolor podía ser confundido con el chirrido del archivador; lo que era un judío empujado a patadas en el vagón de transporte, puede ser, desde el rabillo del ojo, un saco de harina para el abastecimiento de las tropas combatientes”.

Luego se desintegró Yugoslavia (1991). Cuando Handke escuchó el lenguaje del Secretario General de la OTAN, Javier Solanas, para justificar las bombas que caerían sobre los serbios, elegidos como los malos sin redención posible, se le revolvieron las tripas. Entendió que la lengua, su lengua, era utilizaba para matar. Además, esas bombas explotaban hombres, mujeres y niños sin distinción de raza, nacionalidad o credo religioso. Y los serbios no eran los únicos culpables; todos estaban cometiendo atrocidades contra sus ex vecinos por toda la ex Yugoslavia (todos serían juzgados luego en los tribunales de La Haya).

Como nadie escucha a los poetas, decidió cometer un suicidio simbólico al estilo Mishima, sin sable samurai. Fue al entierro del líder ultranacionalista serbio Slobodan Milosevic, el mal extremo a ojos de todos los occidentales, y dio un breve discurso donde pidió “otro lenguaje”. El mundo quedó en shock. Su sola presencia allí desató todo tipo de equívocos, pero no se apuró en aclarar las cosas. Más tarde explicó que en ese discurso no exculpó o perdonó o apoyó a nadie. “No fue una lealtad hacia Milosevic, sino una lealtad hacia aquel otro lenguaje, el no periodístico, el no dominante”. Quería nuevas palabras porque el lenguaje debe existir para construir entendimiento entre los humanos, y no para ser manipulado con fines homicidas. Pocos intentaron comprender. La mayoría lo trató de loco, desquiciado, amigo de asesinos. Lo crucificaron. Igual se mantuvo firme: era él, solo, contra el consenso de los “bienpensantes”.

Sus lectores sufrieron en silencio, porque su gesto también los interpelaba. Hasta amigos como Wim Wenders (Handke colaboró en el guion de la película Las alas del deseo, 1987) apenas se animaron a decir que había sido “malinterpretado”. Siguió publicando. Diez años después sacó el Ensayo sobre el lugar silencioso (2012). El “lugar silencioso” en alemán es el baño, ideal para refugiarse y pensar de forma subversiva sin que el poder se entere. Sus fans, de a poco, también asumían un hecho: Handke jamás sería reconocido como un grande, y su mensaje se perdería. Era un maldito, un paria. Nunca ganaría, por ejemplo, el premio Nobel.

Una guía de lectura.

Handke no utiliza palabras complejas o giros sintácticos imposibles. Puede con él hasta el lector más inexperto. Lo que sí exige es voluntad, tiempo, una lectura dedicada y atenta. Incluso lecturas repetidas. Y sobre todo compromiso con la causa. Handke nos invita a una cruzada para salvar el lenguaje de un mundo que está mal, podrido. Que se miente a sí mismo, y que le encanta escuchar esas mentiras.

En una enumeración que será incompleta (todas las obras citadas a continuación están en castellano, casi todas son de editorial Alianza, aunque varias llegan en breve en Alfaguara), una opción es comenzar por sus novelas. Por ejemplo, con El momento de la sensación verdadera. Trata de un hombre, Gregor Keuschnig, que se levanta una mañana tras un largo sueño en el que se vio a sí mismo convertido en un asesino. El protagonista tratará a lo largo del texto de mantenerse fiel a su viejo yo, no al del sueño. Otra recomendable es El miedo del portero al penalti. El protagonista es Josef Bloch, mecánico y antiguo golero de un cuadro de fútbol famoso. Despedido de su trabajo elige el camino del crimen, también del relacionamiento fugaz con una serie de protagonistas, donde revive una y otra vez las reglas de cómo tirar un tiro libre, un penal, y el papel del golero en esa justa. La mujer zurda, a su vez, es el relato de la separación de una pareja, de la incapacidad de comunicarse, de vivir junto a otro pero manteniendo solo monólogos interiores. “Tú eres una de las pocas personas ante las que uno no tiene que tener miedo. Y además eres una mujer ante la cual uno no quiere representar ningún papel” le dice su esposo. En una noche oscura salí de mi casa sosegada (1997) relata en clave de anti-thriller la deriva de un farmacéutico de Taxham, cerca de Salzburgo, que inicia un viaje hacia lo desconocido. Lucie en el bosque con estas cosas de ahí (1999) es un poderoso relato sobre la relación entre un padre y su hija de siete años, que dejará marcas inolvidables en la cabeza del lector. Dos de las más nuevas que valen la pena son La noche del Morava (2008) y La gran caída (2011). Por último, dos novelas monumentales, por su tamaño, lo que exige del lector un compromiso superior: en El año que pasé en la bahía de nadie (1994), reaparece Gregor Keuschnig, ahora asentado en una “bahía de nadie” donde busca redención y la eliminación de todas aquellas costumbres que llevaron a la barbarie, a Auschwitz; y La pérdida de la imagen o Por la sierra de Gredos (2002), una crítica feroz a la sociedad actual y al lenguaje imperante en los medios, donde el protagonista, viviendo en un siglo XXI ya avanzado, encuentra un pueblo imaginario en España cuyos habitantes experimentan una pérdida total de imágenes, ideas, ideales, rituales y sueños. Ambas novelas superan las 500 páginas, pero son el pasaje definitivo del lector hacia este universo, quizá un posgrado en la aventura handkiana.

Otra puerta de entrada son sus ensayos en prosa poética, Ensayo sobre el cansancio (1989), Ensayo sobre el jukebox (1990), y el ya comentado Ensayo sobre el lugar silencioso. Aquí se puede incluir la tetralogía de comienzos de los años 80 integrada por Lento regreso (1979), La doctrina del Sainte-Victoire (1980), Historia de niños (1981) y Por los pueblos (1981). La novela Lento regreso es un precioso texto que relata el viaje de Valentín Sorger desde Alaska hasta Nueva York, pasando por la costa oeste norteamericana, y que ha sido reeditada por El cuenco de plata. En La doctrina del Sainte-Victoire, Handke explora de forma provocativa la obra de pintores como Cézanne, Courbet y Edward Hopper.

En poesía lo mejor es la recopilación bilingüe que llevó a cabo Sandra Santana, Vivir sin poesía, publicada en español en 2009 por Bartleby Editores. Incluye el brillante “Poema de la duración”, en nueva traducción que actualiza la de la década del 90 de Eustaquio Barjau, el mejor traductor al castellano que ha tenido la obra de Handke hasta el momento.

Otro grupo son los diarios de viaje que recogen anotaciones breves a modo de aforismos: El peso del mundo (1979), ahora disponible en Adriana Hidalgo; Fantasías de la repetición (2000); y Ayer de camino (2005). Aquí está el Handke peregrino, con notas sobre ciudades de Europa y Oriente Medio.

Por ultimo las recopilaciones de textos críticos y otras bellezas. El más reciente, Contra el sueño profundo, con selección y traducción de Cecilia Dreymüller (2017, Nórdica), rescata al Handke crítico literario y de muchas otras cosas, por ejemplo cine (comenta Pulp fiction) o automovilismo (sobre Niki Lauda), y piezas finales sobre la cuestión de la Guerra de los Balcanes, donde sigue aclarando que no apoyó a Milosevic ni a ninguna masacre (en un reportaje reciente dijo que si alguien volvía a preguntarle por los serbios lo corría a patadas). También circula la recopilación Lento en la sombra (2012, Eterna Cadencia), con selección y prólogo de Matías Serra Bradford y traducción de Ariel Magnus. Ambas recopilaciones repiten textos.

Como recomendación final, algunos libros valientes. Vivan las ilusiones, Conversaciones en Chaville y otros lugares entre Peter Handke y Peter Hamm (2011, Pre-textos), Preguntando entre lágrimas, Apuntes sobre Yugoslavia bajo las bombas y en torno al Tribunal de La Haya (2010, Universidad Diego Portales) con traducción y prólogo de Cecilia Dreymüller, que nadie quiso publicar en Europa y que la Diego Portales chilena asumió con coraje (el libro sólo circuló en Chile). Y el par de joyas post Guerra de los Balcanes titulados Un viaje de invierno a los ríos Danubio, Save, Morava y Drina (1996) y Apéndice de verano a un viaje de invierno (1996), donde el Handke viajero humaniza lo que la guerra intentó borrar.

Muertos inocentes

Estuvo en Srbrenica, en el lugar de las masacres, más de diez veces. En Apéndice de verano... habla de los árboles en flor y de las fresas en los alrededores, para resaltar -por contraste- los gritos que emanan de las fosas comunes llenas de inocentes. Otra vez nadie entendió. Se le reprochó haber descrito esa naturaleza. “Al final ya casi no se entiende nada de tanta rabia y dolor” dijo Handke.

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