EXPOSICIÓN QUE NO CONOCE ETIQUETAS

Pepe Viñoles y la muestra que viaja en una valija Samsonite

El artista uruguayo radicado en Suecia, Pepe Viñoles, cree que lo más trascendente puede ser lo más simple, y que los recursos de la imaginación no se agotan.

Pepe Viñoles. Para retomar a Duchamp.
Pepe Viñoles. Lugares
Pepe Viñoles. El hilo rojo.
Pepe Viñoles. Instalación esculturas
Pepe Viñoles. Instalación esculturas.
Pepe Viñoles. Melo, la neblina de ayer

La obra de Pepe Viñoles (Melo, 1946, radicado en Suecia) ha sido un flujo que no conoce límites entre las etiquetas del arte visual. De manera espontánea, su trabajo se ha trasladado siempre libremente entre el diseño gráfico, la pintura, la ilustración, la escultura, el collage o la instalación. Ese gesto revolucionario del Modernismo catalán, el Art Nouveau francés, el Jugend alemán o el Secesionismo austríaco que entre fines del siglo XIX y comienzos del XX removió profundamente las categorías tradicionales del arte, es en este artista una actitud completamente natural. A menudo se puede encontrar una reelaboración y una continuidad entre su obra artística personal y sus diseños de afiches, carátulas de libros y hasta logotipos, como si todo el campo de las imágenes fuera un solo panorama personal en donde prima una poética ecléctica. A pesar de su diversidad, toda esa obra conforma la coreografía reconocible de un sujeto, y por lo tanto una visión del mundo en donde el desparpajo fantástico, la denuncia de las atrocidades, la empatía con los oprimidos, la ironía, el valor de la cultura y la sutileza existencial son los rasgos más relevantes.

Los uruguayos tuvieron oportunidad de entrar en contacto con esta obra en la reciente muestra de la Casa del Autor, AGADU, que llevó como título “Lo que cabe en la valija”.

HILO ROJO COMO GUÍA.

En plena era digital, los collages de Viñoles vuelven a las tijeras y al pegamento para ensamblar de manera artesanal fotografías de revistas. Algunas páginas de un lujoso catálogo de papeles pintados que presenta sus productos en las paredes de habitaciones fríamente amuebladas, le han servido al artista para montar nuevas escenas. La intervención de esos espacios con soldados que visten el uniforme camuflado de las fuerzas de intervención en Afganistán e Iraq, pero también con objetos y personajes que, por sus dimensiones y por su carácter, trastocan la perspectiva e introducen un relato existencial o fantástico, apelan al clásico procedimiento surrealista.

No es raro, entonces, que lo mismo suceda en los libros de artista de la serie El hilo rojo, inspirados en Los cantos de Maldoror, si tenemos en cuenta que Isidore Ducasse fue la gran figura de culto de los surrealistas. En ellos un hilo rojo recorre las figuras como un guía del relato y cuelga fuera de las tapas en un gesto conceptual que deja atrás las imágenes planas para salir al espacio tridimensional. Como una vena por donde fluye sangre, el hilo rojo pareciera llevar consigo la fantasía maldita del poeta franco-uruguayo y ofrecerla a las manos del espectador.

En Melo, la neblina de ayer, el collage flota dentro del espacio de una caja blanca. Al fondo hay una fotografía en blanco y negro de uno de esos típicos bailes de los años 50. Entre las parejas que bailan emerge una gran botella de Crush, un refresco muy popular en la época. La fotografía ha sido intervenida con fotos de esos mismos años en donde aparecen el autor cuando adolescente, su padre y otras figuras, posiblemente también de la ciudad natal del artista. Ante esa foto, y separadas de ella, hay tres tapas de discos de vinilo de Billy Cafaro, Nat King Cole y Paul Anka, tres cantantes que por entonces hicieron furor. Toda la obra es un homenaje personal al pasado, pero también un alegre homenaje a la nostalgia. Las imágenes están literalmente dentro de la caja del tiempo, y su definición borrosa —si se las compara con la calidad actual de la fotografía— contribuye a crear esa “neblina” que tienen los recuerdos.

Dos sencillos estantes albergan una variada serie de pequeñas esculturas. Realizadas mediante el ensamblaje de objetos mínimos encontrados en la calle o en basureros, recortes sobrantes de carpinterías, palos trabajados por el mar y algún toque de color, admiten en su apariencia de exposición casual una doble lectura. Por un lado, el conjunto parafrasea la acumulación de trabajos depositados en los estantes del taller del artista, de tal manera que su exhibición aparece despojada de la ambición o el cuidado habitual que resalta a las “obras de arte” en una galería o sala de exposiciones. Por otro, cuando el espectador se acerca a esos estantes, el enfoque en primer plano permite que cada escultura lo sorprenda con su monumentalidad. En su complejidad particular, cada una constituye un individuo autónomo, un universo, una nueva historia, la solución que el artista le ha dado a un problema nuevo. A pesar de compartir materiales y modos de expresión, esos pequeños trabajos de ensamblaje se transforman en un rico conjunto de individualidades que solo el cambio de escala permite descubrir. De esta forma, la rara magia de esta instalación está sostenida por la paradoja del microcosmos, que crece hacia dentro a medida que la mirada se acerca al objeto.

DESENFADO HACIA EL ARTE.

La exposición “Lo que cabe en la valija” es, literalmente, lo que cabe en una valija Samsonite que Viñoles adquirió a los efectos de trasladar su obra de una a otra parte del mundo. Por eso mismo, el nombre de la muestra es la metáfora de una actitud de desenfado hacia el arte. En estos tiempos provincianos en que curadores y artistas se esfuerzan hasta el ridículo por establecer fórmulas conceptuales trascendentes de corrección política, este artista retoma con vitalidad los hallazgos del arte moderno, y particularmente la concepción de Duchamp que sacó a la obra artística de sus formas y soportes convencionales para extender su campo a todos los objetos que nos rodean. Con ello demuestra que lo más trascendente puede ser lo más simple, y que al contrario de la ansiedad que equipara al arte con las nuevas mercancías de consumo en el mercado, los recursos de la imaginación y la sensibilidad no se agotan.

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