Investigación periodística

Para pensar a los "enfermeros asesinos"

Emiliano Zecca profundiza en el caso de los "enfermeros asesinos"; lo hace planteando preguntas duras, incómodas, y evitando la menos interesante, si son o no culpables.

Enfermeros asesinos

El domingo 18 de marzo de 2012, casi sobre la medianoche, la justicia uruguaya procesó a los enfermeros Ariel Acevedo por diez homicidios y a Marcelo Pereira por cinco, cometidos en pacientes durante sus turnos en el hospital de la Asociación Española y el Hospital Maciel. Horas más tarde la noticia de los "enfermeros asesinos" recorría el mundo y la ciudadanía uruguaya entró en pánico, al quedar bajo sospecha algo sagrado: la confianza en su querido sistema de salud.

Con esta información básica comienza el libro “Ángeles de la muerte”, Los enfermeros que iban a ser asesinos seriales de Emiliano Zecca que repasa, en 200 páginas, varios aspectos clave del caso: las debilidades de la justicia penal, de la policía como apoyo para la recolección de pruebas, los problemas del sistema de salud y el rol del periodismo. Ambos enfermeros fueron absueltos tres años más tarde por ausencia de pruebas en dos instancias, primero por la jueza Dolores Sánchez y luego por un Tribunal de Apelaciones.

Entre estos dos hitos, entre la condena y la absolución, pasaron muchas cosas. Zecca arma el relato y busca, con paciencia y honestidad, contar de forma simple algo que por momentos parece escapar a toda comprensión.

Preguntas incómodas

Quien busque en este libro la respuesta a la pregunta ¿son culpables o inocentes? que mejor siga de largo y se compre una buena novela policial. Esa pregunta, diría de la cronista australiana Helen Garner, es la menos interesante de todas. Zecca lo advierte: “¿Importa si yo creo que son culpables o inocentes? Creo que no es esa mi tarea para este libro. Solo diré que en los capítulos siguientes intentaré aportar insumos que ayuden a pensar el tema. Preguntas.”

El gran protagonista del caso es el sistema de salud, los médicos, enfermeros y técnicos que lo integran, su funcionamiento, sus internas cotidianas, su forma de lidiar con la angustia que provoca la presencia cotidiana de la muerte, sin perder la cordura. El libro acumula datos y testimonios sobre cómo negocian con esa presión, más que nada en los Centros de Tratamiento Intensivo (CTI) como los que frecuentaban Acevedo y Pereira; del tono del humor negro que puede imperar o el sentido de los sobrenombres que a veces le ponen a estos pacientes límite. De la existencia o ausencia de confianza en los demás colegas, del buen trabajo de equipo que deriva, en última instancia, en el respeto a la humanidad del paciente. Ese es el origen de esta tragedia.

El segundo protagonista es la justicia uruguaya y, junto a ella, el accionar de la policía en la recolección de pruebas. El relato y su contexto permiten al lector entender las razones que llevaron al juez Vomero a condenarlos con rapidez aquel domingo 18 de marzo, apoyándose en las confesiones de los propios enfermeros, pero también en el clima de pánico que se instaló. “La investigación había comenzado con la hipótesis de un enfermero asesino en el Hospital Maciel. Pero desde la aparición de los mensajes de texto, y la detención de otros dos enfermeros, las cosas habían cambiado. Eran dos asesinos, dos instituciones y un caso con una complejidad difícil de calcular” señala el autor. Cuando la ciudadanía tomó conocimiento del caso por la prensa, algo mágico se rompió en la sociedad toda, porque los que debían curar en realidad “mataban”. Se creía que los muertos no eran cinco o diez, sino cientos. Algunos enfermeros se manifestaron en la vía pública con un cartel pegado a la espalda que decía “Soy enfermero y no soy asesino”. Ese clima influyó en el procedimiento judicial.

Gran parte del libro se centra en las confesiones de Acevedo y Pereira, en la forma cómo fueron registradas y los datos que aportaron. También sobre las sustancias o mecanismos que habrían utilizado (morfina, aire en las venas), y de su real eficacia para provocar la muerte; Zecca acumula opiniones de especialistas. O cómo el caso comenzó a mostrar fisuras ya en las primeras semanas luego de los procesamientos. Al final, tres años más tarde (y tras tres años en prisión de ambos enfermeros, sin sentencia) fueron absueltos por falta de pruebas. Aun así Zecca cree que persiste el misterio en torno a por qué ambos enfermeros confesaron en primera instancia: “¿...confesaron la verdad y después, como vieron una coartada para ser absueltos, cambiaron su posición? ¿O fueron presionados, declararon cosas que no pasaron y después, con garantías y buenos abogados, pudieron decir lo que realmente pasó?”

El lector, con una lectura atenta, tendrá elementos para formarse una opinión. Aunque deba soportar que Zecca aparezca en el relato de tanto en tanto y confiese que prefiere ser un relativista moral, no un nihilista, y aceptar que hay muchas posiciones válidas sobre estos espinosos temas. Son intervenciones innecesarias; el relato, per se, es poderoso.

Los masones

Zecca explora muchos otros temas. El de la eutanasia o el de la seguridad del paciente, por ejemplo. O cómo podrían haber incidido las corporaciones, como es el caso de la masonería (el juez Vomero sería masón, la Asociación Española fue fundada por masones en 1853) dedicándole un buen tramo del libro con un relato didáctico, histórico, ciudadano y nada conspirativo sobre la relación entre la masonería y el poder, que se abre a preguntas incómodas: “¿Qué pasa con aquellos que no pertenecemos?” plantea el autor.

Pero el libro a veces no conforma. Por ejemplo en la comparación entre el antiguo código penal (el que procesó a los enfermeros) y el actual, que brindaría mayores garantías. Esa diferencia podrá ser clara para abogados, jueces, fiscales y otros involucrados en el sistema judicial, pero no para la ciudadanía, que la sigue percibiendo de forma opaca. También es impreciso en el abordaje del rol de la prensa. Zecca sostiene que toda la prensa construyó el relato sobre un par de monstruos, auténticos “ángeles de la muerte”, tras el dictamen de Vomero. Pero cuando refiere a la prensa escrita, carga las tintas sobre un grupo de medios (El País, Búsqueda, El Observador), cuando una simple búsqueda en Google permitirá comprobar que también podía poner ejemplos de otros medios escritos, y enriquecer el panorama. Hay que ser cuidadoso porque lo que se escribe fija imágenes en la cabeza del lector, y más en un buen trabajo como éste.

“Ángeles de la muerte” se perfila entre los mejores del año. Porque como dice el profesor Santiago Pereira Campos en el prólogo, “de este libro no se sale ileso”.

“ÁNGELES DE LA MUERTE”, de Emiliano Zecca. Debate, 2020. Montevideo, 198 págs.

Emiliano Zecca
Emiliano Zecca (foto Leo Barizzoni)
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