Thundercat en concierto

Nueva vanguardia negra

Jazz para un público masivo, y joven. De no creer.

Thundercat. Foto Martin Camji
Foto Martín Camji

LOS VETERANOS que en la segunda mitad de los setenta cambiaron sus discos de rock progresivo inglés por la avanzada de una música que ligeramente se etiquetó como jazz rock y que, básicamente, era una ampliación del campo de batalla eléctrico dispuesto por Miles Davis, no darían crédito a lo que pasó en el escenario del Teatro Vorterix de Buenos Aires.

Thundercat (Stephen Lee Bruner, Los Ángeles, 1984) dirigió un trío desde las seis cuerdas de su bajo al que pulsó como un Jaco Pastorius reencarnado en un frontman decontracté que, además, cantó melodías de inspiración soul en un falsete sexy que parecía salido de otro cuerpo, no el suyo: robusto, como de roadie, que se plantó en el centro del escenario. Thundercat, lejos de tener una platea de jazzistas cerebrales, provocó un terremoto en un público muy joven que llenó el teatro para escuchar largos pasajes instrumentales con solos de bajo y sintetizador, entrelazados en jam tan sincopadas como enloquecidas. Todo aquello que parecía reservado para siempre a un gueto de connaisseurs fue consumido por un público de perfil indie, el mismo que todos los años agota las entradas de la versión argentina del festival Lollapalooza, y que ha sido entrenado y preparado para esa noche por la larga influencia del hip hop.

JAZZ CONTEMPORÁNEO.

En marzo de 2017, Thundercat editó Drunk, una de las mayores sorpresas del año. Conocido por su participación como músico y productor junto a figuras del nuevo soul como Erykah Badu, Flying Lotus y el nuevo paradigma del rap Kendrick Lamar, el bajista conseguía lo que parecía imposible: hacer del jazz un lenguaje contemporáneo. Para eso recurría a un formato de canciones cortas (suman 24, la mayoría apenas superan los 3 minutos), casi pasajes, en los que las melodías de inspiración jazzística se presentan casi como bocetos, partes de algo mayor, y son exhaladas con calidez noctámbula de soul. Drunk podía ser una revelación absoluta de la música pop aún cuando reuniera todos los elementos de lo que tiempo atrás llamábamos "fusión" y que se había vuelto sinónimo de híbrido estéril, atletismo de músicos para músicos. Imposible antes del hip hop, este álbum cuya tapa enigmática mostraba al mismo Thundercat como a un Miles Davis emergiendo de un pantano parecía absorber todo lo que fue de George Duke y Herbie Hancock a Kendrick Lamar pasando por Stevie Wonder y Prince, para plantar la bandera de una nueva vanguardia negra.

En escena, Thundercat expande el formato a dimensión de supernova. Su repertorio del teatro Vorterix estuvo acotado a las canciones de Drunk, que el público coreó como si se trataran de hits radiables (esto no deja de sorprender), más algunas pocas de sus discos previos The Golden Age of Apocalypse (2011) y Apocalypse (2013), que parecen ya de otra vida tanto como lo fue su paso adolescente por el grupo hardcore punk californiano Suicidal Tendencies. El sonido hipnótico de lounge inteligente en la media luz de un penthouse da paso, acorde a su pulsión de jazzman, a la improvisación. Las mismas canciones que en Drunk se esfuman rápidamente, en el escenario del Vorterix gozaron de un tiempo extra donde la energía fue liberada y los desarrollos instrumentales lejos de invocar al mal genio del bostezo guiaron al satori extasiado. Empezando por Bruner, que es capaz de interrumpir su meditación en las seis cuerdas para hablar de videojuegos... o interactuar con el público (algo totalmente fuera de catálogo en el mundo de la fusión o el viejo jazz rock) y que, ante la ausencia de una guitarra, hace que su instrumento cumpla funciones de base, armonía y melodía a partir del despliegue de sonidos que Bruner es capaz de extraer. Como si el bajo eléctrico se hubiera redefinido tras el paso de las políticas sonoras digitales (sampling, cut & paste y demás) y la estética urbana del hip hop. Si en los 70 Stanley Clarke (acaso el modelo de Thundercat) y Pastorius habían encumbrado al bajo al lugar de la guitarra solista, Bruner lo empuja ahora a un nivel hendrixiano: deconstruye el instrumento. En este trío, el bajo ocupa un lugar de usina donde las texturas y el timbre tienen la misma relevancia que la digitación y la velocidad. Thundercat quiere ser ambient y funk al mismo tiempo. Y lo es. Su ADN no es un dato menor para entender cómo y por qué lo consigue. Su padre, Ronald Bruner Sr., fue baterista de estudios para Motown, la matriz rítmica del pop negro, en los 60 y 70, y su hermano, Ronald Bruner Jr., ocupó el mismo lugar en las bandas de Stevie Wonder y Prince, donde se hicieron masivas formas de entrelazado de la canción pop con el funk, el soul y el jazz. Es imposible no pensar en Stevie Wonder cuando se lo escucha cantar en vivo; o no traer a la mente a Prince cuando ejecuta sus rutinas instrumentales (aunque nada haya aquí de estrella glam); o no tener a Motown como referencia de una sensibilidad por el efecto de una melodía y una cadencia ajustada.

En los teclados Dennis Hamm alterna entre dos sonoridades icónicas del "jazz rock": el piano Fender Rhodes y el sintetizador moog. Las cascadas de notas cristalinas acompañando las melodías de Thundercat dan paso a las oscilaciones selenitas en las partes improvisadas donde es imposible no pensar en el Joe Zawinul de Weather Report. Escucharlo produce una extraña sensación temporal: es 1980 en 2018. Pero a no confundirse que esto de truco retro no tiene nada. Basta seguir el patrón rítmico del baterista Justin Brown, que alcanza velocidad humana de drum & bass (un subgénero electrónico hecho de programaciones), para entenderlo. A diferencia de lo que se había escuchado en Drunk, este trío prescinde de apoyo digital, ya fueran samples o programaciones. Por eso lo más exacto es decir que Thundercat en vivo está antes y después del hip hop, cuya arquitectura es deudora de la instrumentación virtual.

Una reseña del diario inglés The Guardian escrita por Dorian Lynskey al paso de Thundercat por Londres exponía muy bien el efecto que provocan en escena. "El trío acostumbra a crear un espiral que envía las canciones directamente al cosmos antes de aterrizar a salvo en un tempo ocioso de hip hop. El público aplaude y festeja como lo harían los pasajeros celebrando al piloto luego de que el avión ha tocado tierra". La misma descripción se aplica al show del Teatro Vorterix.

MUCHAS PREGUNTAS.

¿Cómo es posible que el jazz relegado por décadas a especialistas provoque esta efervescencia de nuevo? Thundercat no salió de la nada. El acid jazz que sirvió para reinterpretar la discografía en clave de house (allí están los remixes del sello Verve o el fugaz éxito de US3) a principios de los 90 y, en paralelo, la biblioteca de samples que el hip hop saqueó para construir su identidad negra, reinstalaron el género en el pasaje contemporáneo. Sin embargo no fue hasta hace muy poco que un saxofonista virtuoso como Kamasi Washington (para quien Thundercat ha tocado) y un rapper como Kendrick Lamar (invitado de Thundercat en Drunk) lograron que casi no haya distinción en las escenas. Para los nuevos consumidores quizás no se llame jazz ni fusión pero, como sea, Thundercat lo ha logrado. Es el héroe de la nueva vanguardia negra. ¿O acaso David Bowie no dejó el mundo con un disco de inspiración jazzera llamado Blackstar?

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