MÁS DIARIOS DE PIGLIA

El núcleo de la ficción

Segunda parte de los diarios que cubre el período 1968 y 1975.

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Foto Eduardo Grossman

EL SEGUNDO título de Los diarios de Emilio Renzi, Los años felices, reúne las anotaciones de Ricardo Piglia entre los años 1968 y 1975 cuando participaba activamente en la vida literaria de Buenos Aires y buscaba abrirse camino como escritor en una Argentina agitada por el fin de las proscripciones al peronismo.Durante los años sesenta las tensiones de la política atravesaron la vida intelectual con un énfasis que se volvería emblemático de una generación, y es precisamente el disparador de la pregunta inicial que organiza este segundo tomo: ¿en qué momento la vida personal se cruzó o fue interceptada por la política? A la hora de revisar sus diarios, Piglia cree que la política afectó la vida privada de un modo similar a la forma en que los héroes de la tragedia griega eran manejados por el destino. Cuenta un episodio preciso: enterado de que un operativo militar buscaba a una pareja en el edificio donde vivía con su mujer, debió levantar el apartamento de apuro, lo que propició el fin de la pareja y el inicio de una etapa desordenada en la que libró una dura lucha contra sus dudas y ansiedades.

Si en el primer tomo de Los diarios..., Años de formación, la presentación del diario articulaba una intriga familiar en torno a la figura de su abuelo, ahora gira alrededor de varias series que exhiben la vida íntima y la profesional, los debates literarios y políticos, la relación con otros escritores y la trama de sus decisiones más personales: renunciar a tener hijos y a formar una familia, convertir su vida en literatura.

LA VOZ PROPIA.

Son los años en que dirige la colección de novelas policiales de la Serie negra para la editorial Tiempo Contemporáneo, participa en la revista Los libros junto a Héctor Schmucler, Carlos Altamirano, Beatriz Sarlo y Josefina Ludmer, colabora con el diario Mundo Argentino y otras publicaciones legales y clandestinas. Las entradas del diario muestran la vida irregular de un escritor obsedido por conquistar una soledad amenazada por toda suerte de compromisos, y las dificultades creativas a la hora de encontrar una voz propia y concretar su obra. Por entonces trabajaba en los cuentos de Nombre falso (1975), en la historia de su novela Respiración artificial y en la de los delincuentes argentinos que murieron en el edificio Liberaij de Montevideo, publicada mucho más tarde con el título de Plata quemada, cuya veracidad testimonial desmentiría luego el periodista uruguayo Leonardo Haberkorn. Una entrada del diario menciona el viaje a Montevideo a cubrir el episodio policial para Mundo argentino, pero los lectores de Piglia ya saben que como sus ficciones, la edición de sus diarios es más expresiva que veraz y forma parte de una estrategia que en este segundo tomo exhibe su lógica deliberada. Piglia ha querido que la literatura ordenara el sentido de sus experiencias, lo dice expresamente, al precio de oscurecer las relaciones entre ficción y realidad con la adjudicación de sus anotaciones a su alter ego literario, Emilio Renzi. Sus diarios piden ser leídos en esa clave, y si la advertencia suspende la verificación de unos episodios fuera del discurso que los enuncia, revela muchas de las especulaciones que lo llevaron a cumplir con esa voluntad.

Los problemas de dinero, de domicilio, y amorosos, recorren el libro junto a la crónica de muchos encuentros con escritores de su generación y de la inmediata anterior, entre los que destaca, con sostenido seguimiento, David Viñas, con el que tuvo una larga y tensa relación. Fraternos, desconfiados, tolerantes y competitivos, por momentos dan el tono de una época intelectual que circulaba por los bares de Buenos Aires organizando revistas, publicaciones y toda clase de proyectos para pensar el país y ganarse la vida. Junto a Viñas también comparece a menudo el filósofo León Rozitchner intentando resolver su vida privada y sus reflexiones sobre el peronismo con el aporte teórico de Marx y Freud, Roberto Jacoby y sus búsquedas de un lenguaje vanguardista, Andrés Rivera, y vivos retratos de su amigo más admirado, Manuel Puig, entre muchos otros.

El clima de la época se muestra turbado por la influencia literaria de Julio Cortázar, la irrupción de las guerrillas revolucionarias y el retorno de Perón desde su exilio en Madrid. La admiración por Cortázar no encuentra ecos en Piglia, que se encarga de discriminar su voz de las poéticas en boga, respaldado en un punto de partida que quiere afirmarse en Arlt y Hemingway. Su estrategia es abrir distancias con lo que cuenta, con los amigos, con las mujeres que cruzan su vida, con sus compromisos laborales y con las expectativas que despierta el peronismo revolucionario. Integrado al campo de la izquierda, tiene una posición crítica frente a todos los discursos, incluido el propio, mientras crece la violencia política de la mano de la Triple A y las acciones guerrilleras.

LA CLAVE DEL PROCEDIMIENTO.

Los años felices encuentran la ironía, y los matices de su afirmación, en un fresco de la vida intelectual de los años sesenta en Argentina, mirada desde un lugar evasivo y algo aturdido por la soledad de sus especulaciones. Cada tanto vuelven a asomar reflexiones sobre Pavese, los diarios de León Tolstói, Conrad, Fitzgerald, Raymond Chandler, Onetti, Borges, claro, el registro de sus lecturas, y testimonios que delimitan los campos hostiles: la revista Primera Plana, el grupo reunido alrededor de la revista El Ornitorrinco, afín al Partido comunista y liderado por Abelardo Castillo, un encono con Luis Gregorich, nombrado como Luis G.

La entrada del Domingo 22, sobre el tramo final del año 1974, define la operación literaria a la que Ricardo Piglia le dedicó la vida, de la que resta todavía un tercer tomo: "Me he pasado el día revisando viejos papeles. No me reconozco del todo en el individuo que escribe ahí ciertos hechos de mi vida. Esa es la paradoja, es mi vida, digamos así, pero no soy yo el que escribe. En ese punto incierto está lo mejor de mi literatura. El ser o no ser se traslada al contenido de los acontecimientos, pero el que los está escribiendo queda al margen, a salvo de la incertidumbre. Esa enunciación —vamos a llamarla así— es lo que justificaría publicar una selección de estos escritos. El material es verdadero, es la experiencia real, pero el que escribe —el que habla— no existe. Así defino yo la ficción: todo es o puede ser verdad, pero la clave del procedimiento es que quien narra es un sujeto imaginario. La construcción de ese lugar, y la posibilidad de hacerlo convincente y creíble, es el núcleo de lo que llamamos ficción".

LOS DIARIOS DE EMILIO RENZI. LOS AÑOS FELICES, de Ricardo Piglia. Anagrama, 2016. Barcelona, 419 págs. Distribuye Gussi.

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