Relatos breves

Los niños perdidos de Katya Adaui

La narradora peruana escribe sobre familias, con anécdotas simples y de una íntima brutalidad.

Katya Adaui
Katya Adaui (foto Alejandra López)

En dieciséis relatos breves, con economía de recursos narrativos, la peruana Katya Adaui (Lima, 1977) habla de familias. Que es como decir que habla del universo. No utiliza nombres propios ni lugares concretos ni épocas precisas. Sus escenarios son las casas, el mar, hoteles perdidos, carreteras. Su estilo las frases cortas y más que cortas cortantes, lapidarias, la ausencia de adjetivos y los diálogos elípticos. Con estos ingredientes y algunos más Adaui compone historias sobre crisis familiares sufridas por hijos, desde el punto de vista de esos hijos, que tiñen de relativismo los absolutos sobre los que se cimenta la idea de institución familiar (y también eclesiástica) para cierta —hipócrita— mirada social: nido de amor, reducto seguro, refugio confiable.

En Geografía de la oscuridad las anécdotas son simples y de una íntima brutalidad: un padre que no quiso serlo trata mal al hijo adulto aunque conserva su foto de los siete años en lugar visible; un niño es culpabilizado y luego seducido por un religioso; un “papá Noël” donante de semen acaricia su panza mientras piensa en tener sexo con la cajera del súper; tres integrantes de una familia y por distintas razones quedan paralizados; un hijo borra a su madre en los contactos del celular; otro se inventa que su padre fue aviador; otro cumple póstumamente la promesa de un último verano en la playa.

No son familias disfuncionales en extremos de delincuencia o abuso físico sino en el sentido de abandono emocional o de sustitución de una emocionalidad verdadera por un catálogo de estrictos y a la vez caprichosos mandatos. El resultado son niños perdidos en la baja autoestima, el miedo, la desesperanza, que tratan de salir a flote en sus profesiones o en sus habilidades (nadar, correr) pero que a menudo se ven frustrados por su propio cuerpo, rendido a las somatizaciones del trauma psíquico.

La eficacia narrativa del “menos es más” también contempla excepciones. Adaui depuró quizá en exceso la economía que ya exploraba en un libro anterior, Aquí hay icebergs (2017), que transitaba los mismos temas pero se explayaba en sus historias. En Geografía de la oscuridad la autopsia de las relaciones intrafamiliares es devastadora por lo que cuenta pero también helada y aséptica en su enunciación, lo que rebaja parte del efecto emocional que se podía lograr.

GEOGRAFÍA DE LA OSCURIDAD, de Katya Adaui. Páginas de Espuma, 2021. Madrid, 118 págs.

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