Valiosa antología 

Nicanor Parra, el antipoeta incómodo

Llega una nueva antología de Parra, el poeta chileno que marcó la poesía latinoamericana, el que escribió que "la izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas".

Nicanor Parra
Nicanor Parra, por Ombú

Es curioso reseñar en 2019 esta antología de poesía —publicada en 2017— del poeta chileno muerto en 2018. Todos los juicios escritos en presente de la solapa, posfacio y contratapa se convierten de golpe en los primeros pasos a la posteridad. Longevo, Parra tuvo tiempo para ser el hermano serio de un clan de artistas populares, ser físico y matemático, dar clases, renegar de un primer poemario, deslumbrar e irritar con los siguientes, volverse célebre, reírse de la celebridad y luego olvidarse de ella. De no estar muerto, escribiría algo irónico sobre el asunto.

Esta edición tiene como primer mérito lo poco que interviene el antólogo, Matías Rivas: un posfacio claro, de menos de dos páginas, y unas pocas notas. El segundo acierto de Rivas es incluir íntegros varios poemarios: Poemas y antipoemas (1954), La cueca larga (1958), Sermones y prédicas del Cristo de Elqui (1977) y Hojas de Parra (1985). Con este procedimiento logra un libro útil a quienes quieren releer lo ya conocido, pero también a las nuevas camadas de lectores, por dar a la vez lo sobresaliente y lo medular de la obra que revisa.

Tontos solemnes

En 1937 Parra publicó Cancionero sin nombre, libro del que renegara luego casi hasta el fin de sus días. Obtuvo el Premio Municipal de Santiago de Chile. Pero supo que esa no era su voz. Diecisiete años más tarde, con Poemas y antipoemas marcó un antes y un después en la poesía chilena y latinoamericana. Este poemario incluye textos escritos en verso endecasílabo, rima asonante y melancólico tono machadiano —“Hay un día feliz”, “Se canta al mar”, entre otros— pero también le abre las puertas al verso libre, la broma, el sinsentido y el desparpajo. De ahí en más, Parra ganó lectores, pero también detractores.

Parra, al promedio de los poetas chilenos previos a él, los tilda de tontos solemnes, como puede leerse en “La montaña rusa”, poema que abre Versos de salón, de 1962: “Durante medio siglo/ La poesía fue/ El paraíso del tonto solemne. / Hasta que vine yo/ Y me instalé con mi montaña rusa. // Suban, si les parece. / Claro que yo no respondo si bajan/ Echando sangre por boca y narices”. Esta advertencia al lector muestra que los desplantes y bromas de los “antipoemas” van en serio e implican siempre riesgo, agudeza y contundencia: no es mero divertimento. Es una apuesta fuerte, la de Parra. Implica llamar “tontos solemnes” a poetas como Pablo Neruda (1904–1973) y Pablo de Rokha (1894–1968), de notoria militancia comunista ambos y ambos abiertos —más Neruda que Rokha— a las novedades de la vanguardia. Pero Parra es contundente, durante toda su obra, en sostener que, modas y posiciones políticas aparte, los poetas eras burgueses escribiendo para otros burgueses, como lo escribe en el “Manifiesto”, incluido en el libro Obra gruesa, de 1969: “Ahora bien, en el plano político/ Ellos, nuestros abuelos inmediatos/ ¡Nuestros buenos abuelos inmediatos!/ Se refractaron y se dispersaron/ al pasar por el prisma de cristal./ Unos pocos se hicieron comunistas./ Yo no sé si lo fueron realmente./ Supongamos que fueron comunistas/ Lo que sé es una cosa:/ Que no fueron poetas populares/ Fueron unos reverendos poetas burgueses”.

Sin embargo, la poesía de Parra nunca alcanzaría entre los lectores comunes la popularidad de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Pablo Neruda, por ejemplo. Y entre los lectores con simpatías de izquierdas, la poesía política de Neruda despertaría mucho mayor fervor. Es que Parra suscitaba desconfianzas a izquierda y derecha.

Fue irritante, por lo coherente. También por lo pesimista (el verso final del “Soliloquio del individuo”, que cierra Poemas y antipoemas, es lapidario: “Pero no la vida no tiene sentido”). En un tiempo de sistemas enfrentados, un poeta que duda, cuestiona, no se encasilla y además es muy irónico, termina disgustando a los dogmáticos de bandos opuestos, precisamente porque muestra lo mucho que se parecen. No es por neutralidad cómoda, ni por mero desplante que escribe “Yo no soy derechista ni izquierdista/ Yo simplemente rompo los moldes”, sino por genuina inquietud intelectual, que durante la dictadura lo hará tener en su despacho de la Universidad un cartel que se haría célebre por su pragmatismo político: “La izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas”.

Ama tanto a su gente que no tiene empacho en criticarla: “Llegan a los 40 con barriga/ Andan a salivazos con el cielo/ No reconocen méritos a nadie/ Dicen estar enfermos y están sanos/ Y lo peor de todo/ Dejan papeles sucios en el prado.” (“Chile”, en Obra gruesa, 1969).

La cueca larga

Aunque nunca logró la masiva popularidad que tuviera su hermana Violeta, ya desde La cueca larga de 1958 Parra cultivó las formas poéticas populares, tanto en la estructura de estrofas, metros y rimas, como en el lenguaje coloquial de la gente más humilde del campo y la ciudad. Incluso en otros libros, escritos en un registro irónico, es capaz de inspirarse en personajes populares como Domingo Zárate Vega (1898–1971), “el Cristo de Elqui”, un místico de origen humilde que a fines de la década del 20 tuvo muchos seguidores pero murió luego en el olvido y al que el poeta da voz en dos libros, publicados ambos bajo Pinochet, cuyo régimen es fustigado no demasiado entre líneas. Así en 1977, escribe: “el pueblo chileno tiene hambre/ sé que por pronunciar esta frase/ puedo ir a parar a Pisagua/ pero el incorruptible Cristo de Elqui no puede tener/ otra razón de ser que la verdad/ el general Ibáñez me perdone/ en Chile no se respetan los derechos humanos”, y mediante el expediente de mencionar la Cárcel Pública de Pisagua, en la que varios gobiernos autoritarios anteriores trataron de modo pésimo a sus presos políticos, señala las violaciones de derechos humanos bajo el régimen de Pinochet.

El diseño de este libro, como es costumbre en Lumen, es sobrio, cuidado y elegante, lo que acentúa el goce de leer.

EL ÚLTIMO APAGA LA LUZ (OBRA SELECTA), de Nicanor Parra (selección y edición de Matías Rivas). Lumen, 2017. Barcelona, 464 págs. Distribuye Penguin Random House.

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