Poéticas de Milán

El negacionismo no quiere saber

Porque el negacionismo sabe lo que hace, no es ignorantismo.

Eduardo Milán
Eduardo Milán

El año infinito de 2020 se prolonga a principios del 21 en un comienzo que parece ahora más leve. El negacionismo fue el peor enemigo de lo que se trataba de saber. En vano predicaba John Donne. San Juan de Yepes fue impecablemente literal con su verso clave maestra de la poesía occidental: “Un entender no entendiendo/ toda ciencia trascendiendo”. Pero el negacionismo sabe lo que hace, no es un ignorantismo. En el año 2020 infinito se vivió un efecto particular del tiempo. Lo inmediatamente anterior a la declaración pandémica se fue alejando. Lo vivido en febrero era medieval en una vida individual. Es decir, pre-moderno, pre-barroco, prerromántico y con una Ilustración y una Revolución Francesa impensables. Un efecto de suspenso, una mirada a las partículas de polvo sobre el rayo de sol por la ventana. La experiencia de lentitud más densa en un año que se hizo instante para que le pasaras el paño. Un animal manso era menos manso en el instinto de volver la cabeza a su principio salvaje. No sólo Orfeo es arisco. El animal manso necesita el olor de los comienzos sin dueño que ruedan hacia atrás por la bajada de la sangre. La bajada de la sangre prepara la entrada en materia. Los padres pares a los que vuelve la mirada el animal. Entonces, mirando todos al mismo tiempo, vimos cómo nos quedaba grande la palabra “siempre”. Y entonces, no sin dejar pasar un aire boquiabierto, vimos cómo se agigantó la palabra “nunca”. La metáfora tardó en entrar. Estaba acostumbrada al desplazamiento desde el siglo XIX, al principio: “… ¿y para qué poetas en tiempos de penuria?” (Hölderlin, “Pan y vino”, 1800). Dos siglos afuera con intermitencias, a veces más afuera —estepas siberianas de Mandelstam matado por Stalin— a veces más cerca de la puerta —Lorca, Poeta en Nueva York, 1929-1930). La metáfora ya es un no-lugar, la metáfora ya es la utopía, un viernes de noche cuando se deja el trabajo y algunos deciden beber y otros simplemente irse a dormir, reventados por el trabajo. El trabajo tiene un eco bajo en el neoliberalismo anhelado que empezó cuarenta años atrás que ahora como un perro se echa de menos a unos pies sin dueño de la noche de invierno en Siberia de Osip Mandelstam, matado por Stalin.

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