ALICIA DE LAS MARAVILLAS CUMPLE 150

Mundo loco e inexplicable

La niña audaz, curiosa, entrometida y preguntona, imaginada por Lewis Carroll hace 150 años, sigue deslumbrando.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
La Alicia de Tenniel en el Central Park, Nueva York.

EL británico Charles Lutwidge Dodgson fue muchas cosas en su vida pero pasó a la historia por ser el autor de Alicia en el país de las maravillas y de su continuación, A través del espejo y lo que Alicia encontró allí, que como obras infantiles resultan demasiado maduras y como ficción para adultos resultan un tanto infantiles. Cada tanto se reeditan, con mayor o menor olfato comercial, o se las revisita adaptándolas al cine (con versiones que van de Walt Disney a Tim Burton), a musicales, óperas, anime y videojuegos. Sorprendida y sorprendente, la niña Alicia se ha convertido en una marca y de su creador se ha olvidado el nombre verdadero para mantener el seudónimo que se inventó en 1865: Lewis Carroll.

A ciento cincuenta años de la creación del personaje, las reediciones no se hicieron esperar, con resultados variados que pueden atraer a distintos tipos de lectores. En un extremo de la línea está el libro primoroso, contundente y pesado editado por Edelvives con prólogo de Philip Pullman y traducción de Ramón Buckley, que incluye los dos libros y contiene las ilustraciones originales (pero coloreadas luego) que realizó el dibujante británico John Tenniel. En la otra punta está la edición de Lumen, sólo del primer libro, con las viñetas en blanco y negro de Tenniel y dos complementos: la versión primitiva que Dodgson escribió para la niña Alice Liddell en noviembre de 1864 y que luego ampliaría para su publicación; y una versión comprimida para "niños de cero a cinco años" que Dodgson hizo 25 años después de la primera, cuando ya le había tomado el gustito a facturar con Alicia, el Conejo Blanco, el Sombrerero, la Reina, el Gato de Cheshire, etc.

NIÑAS EXQUISITAS.

Charles Dodgson (1832-1898) llevaba el nombre de su padre, su abuelo y su bisabuelo (quizá por eso se lo cambió) y provenía de un medio donde las carreras importantes a seguir eran la militar o la eclesiástica. El futuro Lewis Carroll se diversificó un poco más y sumó a la titulación de ministro religioso anglicano (fue Diácono aunque no ejerció el sacerdocio) la de matemático, fotógrafo y escritor. Se ha conservado muy poca obra fotográfica, pero si los porcentajes se mantienen puede asegurarse que parte importante consistía en fotografiar niñas, con y sin ropa. La discusión sobre si había o no un sustrato de pedofilia en el asunto no está zanjada.

Cuando el canónigo Henry Liddell se estableció en Christ Church, uno de los college de la Universidad de Oxford, Carroll comenzó una amistad con su familia y en especial con tres de sus hijas, a las que llevaba a pasear en bote por el Támesis. En uno de esos paseos se gestó Alicia en el país de las maravillas. No se sabe si Lorina (13 años), Alice (10) y Edith (8) fueron sus musas inspiradoras, pero constituyeron el primer auditorio. En un paseo del 4 de julio de 1862 entre Oxford y Glasgow, Carroll les contó una historia y Alice Liddell se empeñó en que la escribiera. De ahí surgió un manuscrito con ilustraciones del autor titulado "Las aventuras subterráneas de Alicia" (que la edición de Lumen recoge). Tres años después, cuando ya la relación con la familia Liddell se había terminado, Carroll publica el libro modificado y corregido con el título Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas, ilustrado por Tenniel, quien dibujó a la niña con una cabeza inmensa y pies chiquitos. No se parecía en nada a Alice Liddell y el propio Carroll sostuvo que no se había inspirado en ella, pero Alice Liddell vivió con esa fama. La Alicia de papel pronto se erigió en uno de los personajes femeninos más fuertes de la literatura infantil.

Tenía con qué. La Alicia de Carroll es una niña audaz, curiosa, entrometida y preguntona, capaz de meterse en aventuras físicas y verbales, y absolutamente autosuficiente.

ANTIMORALEJA.

Al revés de Alonso Quijano (Don Quijote), que huye de su entorno en busca de las aventuras que lee en los libros, Alicia… comienza con su protagonista escapando del libro aburrido que lee su hermana mayor. El pacto de realismo se rompe enseguida y hasta el despertar revelador del final (que es el del sueño pero es también el de la infancia) vemos a Alicia asistir con naturalidad a: la caída sin fin por un pozo; el hecho de aumentar y decrecer de tamaño; hablar con gatos que sonríen, orugas filósofas y tortugas lloronas; ahogarse literalmente en sus propias lágrimas; jugar al croquet con personajes de la baraja de naipes; etc. En apariencia todo lo contrario de un libro tedioso y, además, despojado de las moralejas al uso de los libros infantiles, al menos teniendo en cuenta que de manera explícita hace burla de ellas. Sin embargo la realidad es que las contiene, solo que son de un calibre un poco más complejo que las tradicionales (hacer caso a los padres, tener buenos sentimientos).

Alicia… da otras clases aunque parezca ser un permanente recreo de relojes parados, confusiones verbales y personajes extravagantes. Es una historia de aprendizaje a través de la observación y la experiencia, un cuento sobre la necesidad de adaptarse a lo inexplicable del mundo, a la dificultad y misterio del crecimiento, a la vulnerabilidad y fortaleza que provocan los cambios. También sobre el lenguaje y sus trampas: los guiños, equívocos, metáforas, dobles sentidos, entrelíneas y códigos. Ahí reside parte de su atractivo y su humor. Y en sus personajes. La sonrisa evanescente del Gato de Cheshire, una Reina de Corazones definida por la orden desquiciada de cortar cabezas o el Sombrerero Loco con su ansiedad galopante, acostumbran al lector a un ritmo y un escenario. Alicia es la niñez en estado puro, moviéndose con la soltura, impaciencia y el egoísmo de su edad, con momentos de desolación seguidos de otros de euforia ilimitada. No importa tanto lo que le ocurre a un nivel físico como lo que habla y escucha, aunque todo —vivencia y discurso— esté inscripto en el mapa del absurdo.

Una vez que se le toma el pulso a la historia y desde una relectura adulta, Alicia… se revela como un libro menos entretenido de lo que promete, repetitivo y circular. Son muchos los saltos de tamaño de la protagonista, los signos de exclamación y los diálogos sin sentido puestos para evidenciar precisamente su sinsentido. En un punto la historia en sí se afloja y queda su leyenda. La vuelta del final con la reflexión onírica, desencantada y triste de la hermana mayor, señala esa distancia que se instala entre la adultez y ese País de las Maravillas que solo la niñez puede captar y disfrutar, sin preocuparse en lo más mínimo de entenderlo o no.

Carroll escribió luego otros libros, ninguno tan leído. Algunos dotados de un espíritu fantasioso y absurdo (La caza del Snark, 1875; Silvia y Bruno, 1889 y 1893), y otros de perfil ensayístico sobre filosofía y matemáticas (El juego de la lógica, 1886). Era un tipo enigmático y alguien lo postuló, entre decenas de candidatos, como un posible "Jack, el Destripador". La Alicia literaria le hubiera hecho preguntas hasta sacarle la verdad.

ALICIA EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS, de Lewis Carroll. Lumen, 2016. Buenos Aires, 216 págs. Distribuye Penguin Random House.

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