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Un mundo aparte

Reedición de Las noches de Flores, del 2004.

César Aira
César Aira (foto Penguin Random House)

Entrar a la narrativa de César Aira es entrar en otro mundo, directamente, y claudicar ante los caprichos seductores de una cabeza pensante que hace con la literatura lo que le da la gana, y además lo hace bien. Aunque Aira pondría enormes reparos a eso de "hacerlo bien", igual que los pone a la redondez de la obra y a los finales concluyentes. Autor hasta hoy de algo más de cien novelas (algunas no pasan de veinticinco páginas pero igual las llama así), este hombre nacido en Coronel Pringles en 1949 y calificador contumaz a un Nobel que asegura no desear viene publicando a un ritmo constante un tipo de narrativa que ha sido tildada de rara y experimental. Sin embargo, uno la lee y no siente que haya detrás el voluntarismo interesado o la pose para la foto del experimentalista; Aira no parece vestirse para la ocasión.

En el dibujo de tapa de esta nueva edición de Las noches de Flores (publicada originalmente en 2004) un delivery recorre la noche con luna roja al fondo. Es la noche porteña del barrio de Flores en la que un matrimonio de jubilados, Rosita y Aldo, entregan pizzas a domicilio, pero en vez de hacerlo en moto lo hacen a pie. Su empleador es Pizza Show, que los envía a lugares cercanos pero oscuros, de acceso complicado o clientes peligrosos (lugares a los que no van los delivery adolescentes con sus motitos tentadoras). Las pizzas, cosa increíble, llegan calientes, aunque Rosita y Aldo caminen sin prisa, conversando. Sus temas de conversación pueden tener que ver con asuntos anodinos, filosóficos, o con la crisis (exacerbada y a la vez minimizada por el gran show televisivo de los noticieros) que se anota otro tanto con el secuestro y asesinato de un adolescente, Jonathan. Entre la charla del matrimonio se filtran apuntes: "Nuestra vapuleada clase media", "jubilación mediocre", "en este país (…) hay que pedir disculpas por trabajar", "uno ya no se sorprendía de que hubiera tanto crimen, sino de que no hubiera más", "es cierto que en las últimas décadas la clase obrera había dejado de existir, reemplazada por los ejércitos de la miseria", etc. ¿Se ha vuelto Aira un escritor con inquietudes sociales que tira línea a través de la ficción? Ni tanto. Puede hablar de la miseria, el lumpenaje, la felicidad o la esencialidad humana, y siempre un hilo de ironía va a estar tensando el discurso. Aquí el punto de inflexión viene algo pasada la mitad de la historia, cuando se nos revela la ceguera de un personaje principal y a partir de ahí la novela gira sobre sí misma y comienza a ir a contramano y en la noche, como los delivery.

El resto de Las noches de Flores (que simplificando podemos llamar su segunda parte) nos baja de golpe del sillón cómodo en el que la estábamos leyendo como si fuera "realista", aunque había detalles que indicaban que no. El protagonismo de Rosita, Aldo y el mundo de las pizzas se conmuta por el de un fiscal y un poeta boliviano que se apellidan igual pero no son parientes y encarnan una suerte de Dante y Virgilio que van hablando de la complejidad del Arte y la maldad del mundo mientras desandan las cloacas porteñas como visitantes ilustres. Los nombres revientan: Zenón, Cloroformo, Camello, Perdón, Corazón. Decirle "fauna" es quedarse corto.

La literatura de Aira, sus delirantes personajes y oficios, transitan más por el espacio que él define en alguna entrevista como una "categoría feliz" que por el tiempo, donde "lo único que tenemos es el remordimiento por lo que pasó y el temor por lo que vendrá". De una vastedad que no pesa, Las noches de Flores fagocita el mundo real de las infinitas crisis temporales y lo convierte en arte, donde todo entra y permanece.

LAS NOCHES DE FLORES, de César Aira. Random House, reedición 2017. Buenos Aires, 140 págs. Distribuye Penguin Random House.

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