Mary Wollstonecraft, Mary Shelley, y una aterradora creación

Dos mujeres y Frankenstein, el monstruo

Una biografía de las dos Mary, madre e hija, y una reedición del Frankenstein, prologado por Alberto Manguel, permiten revisitar una vidas muy vinculadas al proto feminismo.

Frankenstein
Mary Wollstonecraft, Mary Shelley, y Frankenstein, por Ombù

Son de esos libros que pueden asustar un poco por su tamaño, su letra chica, aunque llega un momento en que se hace imposible dejarlos, y nada de lo que cuentan parece lejano. Ni siquiera el origen y el fin de las historias, ubicadas en el brumoso Londres del ochocientos, allí donde nacieron y murieron Mary Wollstonecraft y Mary Shelley, autora de Frankenstein o el moderno Prometeo.

La primera de las Mary dio a luz a la segunda, un día de fines de agosto de 1797. Pero el parto tuvo sus complicaciones. La madre falleció, la hija sobrevivió de milagro, y todo porque el médico asistente no se habría lavado las manos, infectadas por un germen común en la época que provocaba la fiebre puerperal. De este modo, luego de apenas diez días, se cortaba abruptamente el lazo entre las dos mujeres, quienes, aun con una impronta muy personal, dejarían una huella indeleble. Por más que el mundo tardara largo tiempo en darles el mérito que merecieron.
En realidad el lazo nunca se cortó, sino que siempre se mantuvo firme, como pretende demostrar la autora de Mary Wollstonecraft, Mary Shelley, proscritas románticas, la norteamericana Charlotte Gordon. La versión en castellano del libro está ilustrada en tapa por sendos retratos, sobre cuyas miradas penetrantes es imposible no sentir una mínima curiosidad.

Dos historias, un legado

Se trata de dos biografías que viajan en tiempos distintos, contadas en cuarenta capítulos titulados, ora la madre, ora la hija, y que, según las etapas de cada una, va comprendiendo determinada cantidad de años. De modo que el lector tiene una pista: el final de una vida es el comienzo de la otra, si bien sigue un poco más, con todo lo que se dijo de Wollstonecraft después de fallecida.

Hay en el relato una cadencia propia, como para disfrutarla de a poco, tenerle paciencia, y no desesperar por cierta aridez. Puede confundir incluso, pues el padre de una historia termina siendo el marido en otra, o la hermana en hija. Con nombres que se repiten y situaciones recurrentes, al final el lector se verá recompensado por dos semblanzas inolvidables cuyos ecos no acaban incluso después de terminada la lectura.

La autora se vale de una amplia bibliografía para explicar cada detalle, cada anécdota, desde amores prohibidos y engaños encubiertos, hasta muertes terribles y suicidios fallidos. Son tantos los azares que más que una doble biografía, por momentos parece un libro de ficción, y por otros deriva hacia ámbitos colaterales como los viajes, la filosofía, la literatura y la política. Gordon se nutre de un sinnúmero de cartas, diarios íntimos de los protagonistas y apuntes de viaje: es la reivindicación de la palabra escrita. Así, en clave de Romanticismo, entre carruajes de caballos (todavía sin tren) y barcos atestados, la trama va recorriendo distintos rincones de Europa con sus gentes, desde los escandinavos obsesionados por el comercio, pasando por la París cansada de revolución, hasta los castillos de Alemania y los lagos de Suiza. La flora y la fauna también están presentes.

Mary, la madre

Wollstonecraft nació a las afueras de Londres en 1759, es decir, del otro lado de la muralla, en una zona peligrosa, acechada por los enfrentamientos de clase. Debió soportar las penurias de un padre ludópata, alcohólico y abusador, en lo que fue un periplo tortuoso y común para muchas mujeres a lo largo y ancho del suelo inglés. Desde muy pequeña sintió cómo era relegada frente a los hermanos varones, como si solo por ser mujer, y no por otra causa, fuera ella menos que los demás.

En el fervor de la adolescencia, mientras estudiaba, Wollstonecraft se dio cuenta que a las mujeres les daban clase de costura y alguna noción de aritmética, mientras a los varones los educaban con toda clase de materias, las llamadas “duras”, como ser filosofía, lógica y matemáticas. Fue entonces que se prometió a si misma que su vida no sería como la de cualquier damisela inglesa, sin más ambiciones que ser maestra o institutriz —y lo peor, apartadas de los grandes debates que concernían al destino de la comunidad. Mary lo notó en las mujeres de clase media, pero también en las de alcurnia, ocupadas siempre en chusmear sobre los últimos vestidos en las tardes de té.

Ante tal destino sentía impotencia, hasta cierta rabia. Motivada por el ansia de saber más, se enfrascó en lecturas filosóficas que iban desde Locke y Rousseau hasta los poetas griegos, pasando por otros ingleses ilustres como Shakespeare y Milton. Reclamó que las mujeres recibieran la misma educación que los hombres, y también las mismas posibilidades, pues solo de esa manera las sociedades podrían considerarse justas y modernas. En cierta forma fue la impulsora del feminismo moderno, y marcó el camino para que otras que vinieron después, como Virginia Woolf o Simone de Beauvoir, también se plantearan la cuestión. Sus pensamientos quedaron plasmados en una amplia bibliografía que no solo influyó en la emancipación de las mujeres, sino también en su visión revolucionaria, tomando el caso de Francia como paradigma.

Con todo, nunca dejó de trabajar cuando hacía falta, ni velar por la madre enferma, ni cuidar de las hermanas. No conoció el primer amor hasta muy tarde, pero se vio rechazada, y se preguntó cómo era posible que algunos hombres estuvieran motivados solo por el dinero y la ambición.

Mary, la hija

Fue la única que Wollstonecraft tuvo de su vientre y también se llamó Mary (1797-1851), que como una gracia del destino estaba destinada a continuar el legado. La nueva Mary, Mary Godwin, a diferencia de la madre, se educó en el ámbito más intelectual de Londres entre poetas y pensadores. Así lo había dispuesto el padre, William Godwin, un liberal de su tiempo que llegó a oponerse al matrimonio y al gobierno de turno, y que luego fue acusado de agitador y anarquista.

Al igual que la madre, Mary también se empapó con los filósofos de la Ilustración y los poetas griegos, pero también, y más importante, con los escritos de la madre. De ella fue que aprendió la fuerza que tenía como mujer, y heredó el amor a la poesía y la literatura. Así que Mary se puso a leer, porque tenía tanto para decir como la madre, aunque a su propio modo, escribiendo novelas de ficción.

Siendo adolescente, Mary se enamoró del poeta Percy Shelley, joven libertino, idealista, expulsado de Oxford por sus ideas radicales, pero a su vez muy generoso, heredero de una considerable fortuna. Como sea, ellos dos más una hermanastra de Mary (en adelante, Mary Shelley), una noche escaparon de la casa para iniciar un viaje que los llevaría por Francia primero, y por Suiza después. Fue en Ginebra, en una noche fría del verano de 1816, donde germinó la famosa historia de Frankenstein, durante una reunión entre la pareja, el famoso lord George Byron (amigo de Percy) y el médico de este. Cada uno debía inventar una historia de fantasmas, pero solo una se completó. Así nació la que luego sería Frankenstein o el moderno Prometeo, que no terminaría de tomar forma hasta 1831, con la tercera y definitiva versión.

El Doctor Frankenstein

Hoy la imagen del doctor Frankenstein está un tanto desvirtuada. La mayoría todavía cree que es una especie de hombre-monstruo que anda asustando y matando por ahí, un poco porque la historia del libro fue derivando en un sinfín de películas, series, programas y hasta tiras de cómic. Pero Frankenstein es más que eso. Enseguida de publicarse la primera versión de la novela —en 1818—, y pese a la crítica dividida, la trama tuvo buen recibimiento en los teatros de Londres. Un siglo después aparecieron las primeras películas en Hollywood, tales como Frankenstein (dir. John Whale, 1931) y The bride of Frankenstein (dir. James Whale, 1935), ambas protagonizadas por Boris Karloff. De ellas surge la imagen que todavía hoy sigue impregnada en la cultura popular, la que impuso a Karloff en el papel del monstruo, el hombre de semblante cadavérico, rostro enjuto, con la mirada de aparecido y los pómulos ensangrentados, y con un tornillo atravesando el cuello, dando la sensación de electricidad en movimiento.

Todas estas explicaciones forman parte del largo prólogo que el escritor argentino Alberto Manguel dispensa en la última edición de la novela publicada por Penguin Random House, además de alguna experiencia personal, como cuando fue a ver la película en la década del cincuenta. Además el libro, como objeto, es una joya: la tapa dura y el papel ahuesado hacen de su lectura un placer en sí mismo.

Fue una de las primeras del género de terror. El nombre Frankenstein le había surgido a la autora durante un paseo en la cuenca del Rhin, cuando divisaron el castillo homónimo. Allí vivía un brujo alemán de quien se decía hacía revivir a los muertos, mediante el artificio de profanar tumbas y moler huesos humanos. A Mary le habrá espantado la idea, igual que cuando, unos años atrás, había escuchado de un científico que decía poder crear vida con el mágico efecto de la electricidad, novedad de la que se tenía una vaga idea.

Frankenstein o el moderno Prometeo es una novela corta, ágil, y a la vez muy ingeniosa, en especial para la época. También explosiva, por haber sido escrita por una mujer (identidad que por unos años se ocultó en el anonimato, temiendo las habladurías de la pacata sociedad londinense). Tiene la originalidad de ser narrada por una falsa y encubierta primera persona. Este eufemismo deberá descubrirlo el lector, que con el paso de las hojas se deleitará con las muestras de los originales, de puño y letra de la autora.

Frankenstein no es un monstruo, y ni siquiera es Prometeo, el dios griego que roba fuego y crea vida. Frankenstein es el apellido de Víctor, un joven ginebrino que cuenta su vida, y es en ese relato cándido que da las claves para comprender sus aciertos y errores. Aunque es de corazón tierno y ama a su familia, está movido por la ambición descontrolada, hasta que su creación se escapa de control y ya es demasiado tarde. La historia de Víctor Frankenstein y su monstruo-demonio-espanto (se le llama de varias formas) desde siempre ha tenido diversas interpretaciones. Leyendo primero la biografía de la autora es posible entrever las claves de la novela, planteadas en torno al bien y el mal, el odio y el amor, los miedos y los horrores que imperaban en la época. Y también el rechazo, el más visceral y cruel de los rechazos al diferente.

Escritora, madre, feminista

Mary Shelley terminó de escribir Frankenstein cuando apenas tenía veinte años. Aquella primera versión de 1818 tenía algunas correcciones del marido, y estaba dedicada a su padre, William Godwin. No obstante, al principio la gente creyó que había sido Percy el autor de la obra, siendo que el suegro era de sus pensadores predilectos. (Nada más lejos de la realidad, pues el enfrentamiento entre ambos era latente, acuciados por repetidos problemas financieros).

Luego de aquel viaje primigenio la pareja volvió a Inglaterra por apenas un par de años, cuando se casaron de incógnito. Poco después cruzarían de nuevo el canal pero esta vez para ir más lejos, a Italia, la bota encantada de espíritu libre, la Italia idílica y encantadora, con sus colinas toscanas, sus monumentos florentinos, sus árboles cipreses. La Italia de los poetas que iban tras ellos, movidos siempre por un hedonismo acelerado. Pero ese país soñado no existía. Primero fallecieron dos de los hijos, y más tarde el marido mientras tripulaba un velero. Mary volvió a Londres con el hijo sobreviviente. Siguió escribiendo siempre, no solo novelas, también biografías, reseñas; de nuevo se enamoró, viajó, y al final cayó enferma.

El mundo las recordará siempre, a ella y a la madre no solo por su buena pluma, también por su coraje, por desafiar las convenciones machistas, y como afirma Gordon, por “poner en marcha una revolución que aún no ha terminado”.

MARY WOLLSTONECRAFT, MARY SHELLEY, proscritas románticas, de Charlotte Gordon. Circe, 2018. Barcelona, 506 págs. Trad. de Jofre Homedes Beutnagel.
FRANKENSTEIN O EL MODERNO PROMETEO, de Mary Shelley. Literatura Random House, 2019. Barcelona, 323 págs. Trad. de Silvia Alemany.

Frankenstein
La biografìa de las dos Mary, precursoras del feminismo

Una biógrafa

Charlotte Gordon, autora de esta biografía dual, es profesora de Humanidades y doctora en escritura creativa. Dedicó largos años a la investigación de las dos Mary, por las que siempre sintió gran admiración. El trabajo le valió en 2015 un premio del Círculo de Críticos de los Estados Unidos.

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