Revisando a Hannah Arendt

La mujer que encantaba

Se la ha definido, en el apuro, como existencialista, conservadora, liberal o anarquista. En realidad fue una librepensadora que hizo enojar a muchos.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Afiche del film de Margarethe von Trotta(2012) protagonizado por Barbara Sukowa

FILÓSOFA e intelectual, la alemana Hannah Arendt (1906-1975) es autora de una obra teórica clave para entender el siglo XX, más precisamente los horrores de ese siglo.Nació en una familia judía y fue discípula de Martin Heidegger y Karl Jaspers. Con el ascenso del nazismo emigró a Estados Unidos donde consolidó su carrera académica y escribió la mayoría de los trabajos por los que ganó prestigio y admiración, y también generó polémicas y rechazo. El totalitarismo, el antisemitismo, el genocidio judío, el sistema de los campos de concentración y el imperialismo son algunos de los temas sobre los que investigó y teorizó. Entre sus principales obras se cuentan Los orígenes del totalitarismo (1951), La condición humana (1958) y Eichmann en Jerusalén (1963).

Pensadora difícil de clasificar, se la ha definido como existencialista, conservadora, liberal o anarquista. Sin embargo ninguna de esas categorías alcanza a la integralidad de su pensamiento, agudo y original. Ella rechazó todos los ismos y fue un ejemplo de lo que se conoce como intelectual libre.

De esa riqueza y complejidad da cuenta Hannah Arendt, El orgullo de pensar, una compilación de ensayos a cargo de la española Fina Birulés. La edición es del 2006, pero recién se distribuye localmente.

TRES RETRATOS

Dos amigos y un antiguo alumno escriben el capítulo más breve del libro, que evoca a la profesora y a la mujer. "Entraba, ligeramente encorvada, con su cara seria, de mirada melancólica. Tenía, calculo echando cuenta, unos 57 años en 1963, pero a mí me parecía aún mayor. Su cara, sus obvias arrugas y ojos grandes, con párpados cansados, era atractiva: resplandecía en ella la sabiduría. Sus vestidos estaban siempre desajustados y eran holgados, pero tenía un aire de limpio desaliño", dice Salvador Giner, quien asistió a sus clases en la Universidad de Chicago.

El ensayo del filósofo Hans Jonas, alemán, judío y emigrado a Estados Unidos como Arendt, también da un testimonio personal pero centrado en su pensamiento. Estudia la que considera su obra magna, La condición humana.

Cierra el trío la entrañable despedida de su gran amiga la escritora estadounidense Mary McCarthy. La define como una persona luminosa, seductora y femenina. Una mujer que encantaba con la palabra y la inteligencia. Generosa e impaciente. Histriónica pero no exhibicionista, dice McCarthy que cuando hablaba en público, en sus gestos y actitud, en la manera de caminar, de fumar o poner las manos en los bolsillos, Arendt dejaba ver su espíritu.

PENSAMIENTO CONSERVADOR

"¿Qué es usted? ¿Es usted conservadora? ¿Es usted liberal? ¿Cuál es su posición en el espectro contemporáneo?", le preguntó el politólogo alemán Hans Morgenthau en un coloquio realizado en Toronto en 1972. "No lo sé. La verdad es que no lo sé y no lo he sabido nunca. (…) Ya sabe que desde la izquierda se me considera conservadora, mientras que los conservadores a veces piensan que soy de izquierdas, que soy una inconformista o Dios sabe qué. Y la verdad es que no me importa en absoluto", respondió.

Casi medio siglo después la politóloga inglesa Margaret Canovan intenta responder a aquella pregunta. Si bien en los últimos años ha sido la izquierda la más interesada en ella (por el potencial radical de su pensamiento), es un error considerarla una pensadora radical. Canovan la define como conservadora aunque a distancia de formas corrientes del conservadurismo, tanto religioso como económico. Dice que no subordinaba su pensamiento al dogma religioso puesto que fue claramente secular y humanista, ni tampoco al libre mercado como los conservadores más recientes. Por el contrario, temía el efecto destructivo de las fuerzas que desataba el mercado.

Era muy sensible al potencial desestabilizador de la acción humana. Entendía que la función de la ley no era tanto proteger derechos sino contener esa desestabilización. Ejemplo de ello fue el crecimiento económico sin límites, iniciado en la Reforma Protestante, que convirtió a la propiedad privada en propiedad a gran escala. Así el goteo se convirtió en torrente y cubrió todo el planeta bajo la forma de imperialismo. Y este luego preparó el terreno para el totalitarismo.

EXISTENCIALISMO POLÍTICO

El ensayo del profesor de Historia de la Universidad de Berkeley, Martin Jay, se concentra en la filosofía de su pensamiento político. Jay sitúa a Arendt en la tradición del existencialismo político de la década del veinte. "Hannah Arendt deja claro su convencimiento de que la tradición que arranca con Schelling y Kierkegaard y culmina con los que fueron sus maestros en los años veinte es la filosofía de la era moderna. Los existencialistas franceses, y Sartre en particular, son excluidos de esta valoración, aunque en años posteriores encontrará muchos motivos para admirar a Merleau-Ponty".

Jay es crítico con Arendt, sobre todo con la lectura que hace del marxismo. Dice que, aunque no es posible fijar el momento en que comenzó a leer a Marx, ella misma reconoció que había empezado tarde puesto que en su juventud no le interesaban la política ni la Historia. Dos o tres son los aspectos en lo que, a su juicio, Arendt se equivoca en su interpretación de Marx: cuando le atribuye el haber reducido al hombre a su condición de animal laborans (cuya única preocupación es reproducir las condiciones de su supervivencia biológica) y en la cuestión del papel de la violencia en la Historia.

ASESINOS DE OFICINA

El filósofo estadounidense Richard Bernstein estudia uno de los conceptos más divulgados de Arendt: la banalidad del mal. O más precisamente su evolución desde la idea del mal radical, que formuló en Los orígenes del totalitarismo, al concepto de banalidad del mal que expresa en Eichmann en Jerusalén y en la polémica epistolar que tuvo con el historiador alemán Gershom Scholem.

Para Arendt el mal radical, que también llamó mal absoluto, surge en un sistema en el que todos los hombres se han vuelto igualmente superfluos. En ese sistema totalitario, que tiene como institución máxima al campo de concentración y exterminio, los hombres no pertenecen a ninguna comunidad y no hay leyes para ellos. Lo nuevo de los campos no es el sufrimiento provocado ni el número de víctimas sino que allí está en juego la anulación de la naturaleza humana (de ahí que considere los crímenes del nazismo como crímenes contra la Humanidad).

Scholem le reprochó el abandono de la tesis del mal radical por el concepto de banalidad del mal. "Esta nueva tesis me parece un simple slogan", le escribe. Arendt replicó, haciendo de la acusación una fortaleza: "Tiene usted mucha razón: he cambiado de opinión y ya no hablo de mal radical. (…) Ahora estoy convencida de que el mal nunca puede ser radical, sino únicamente extremo, y que no posee profundidad ni tampoco ninguna dimensión demoníaca. Puede extenderse sobre el mundo entero y echarlo a perder precisamente porque es como un hongo que invade las superficie". El genocidio no fue obra de monstruos ni demonios sino de burócratas, hombres comunes. La redefinición del mal, lejos de atenuar o diluir la responsabilidad de los asesinos, volvía la tesis más provocativa e inquietante.

Aunque parezca innecesario, se impone señalar que El orgullo de pensar no es, ni se lo propone, una puerta de entrada al pensamiento de Arendt sino una reflexión académica y erudita sobre su obra, destinado más a quienes ya la han estudiado que a los interesados en iniciarse en ella.

HANNAH ARENDT, EL ORGULLO DE PENSAR, compilado por Fina Birulés. Gedisa, 2006. Barcelona, 287 págs. Distribuye Océano.

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