El retorno del rumano

Mircea Eliade, el de la ambición desbordada

Vuelve la Autobiografía de Mircea Eliade, es que escribió el relato moderno de las religiones, y el que coqueteó con el nazismo.

Mircea Eliade
Mircea Eliade por Ombú

El banderín del club que cuelga en la pared, el heredado juego de té en el bargueño del comedor o el mausoleo de Artigas señalan espacios interferidos por la dimensión de lo sagrado. A estos eventos Mircea Eliade los llamó hierofanías, y si hoy comprendemos fácilmente que también en el mundo profano habitamos espacios homogéneos y otros cargados con una fuerte concentración de sentido, es gracias a los estudios sobre los mitos que Eliade realizó a lo largo de su vida y lo convirtieron en una figura relevante del pensamiento contemporáneo.

Autor de una obra tan vasta como abrumadora, su trayectoria lo condujo de la Rumania de entreguerras a la India y a los santuarios del Himalaya, a la docencia universitaria en Bucarest, en la Sorbona y, a partir de 1957 a la Universidad de Chicago, donde ejerció hasta su muerte en 1986 como catedrático de Historia de las religiones. Eliade introdujo una visión moderna y comparada de los cultos religiosos, una comprensión profunda del Yoga y el hinduismo, de la compleja trama de los mitos y de su necesidad simbólica en las culturas de Oriente y Occidente. Entre sus títulos más célebres destacan El mito del eterno retorno, Lo sagrado y lo profano, Dioses, Diosas y Mitos de la Creación (en cuatro volúmenes), su diccionario y su Tratado de la historia de las religiones. Pero además de su larga lista de libros que abarcan estudios sobre el chamanismo, cosmologías y alquimias babilónicas y asiáticas, técnicas del yoga o el erotismo místico, escribió innumerables artículos de prensa sobre los temas más disímiles, fue un exitoso autor de novelas que jerarquizaron su reiterada postulación al Premio Nobel y publicó muchos diarios personales que acabaron por dar forma a dos volúmenes autobiográficos: Las promesas del equinoccio y Las cosechas del solsticio. El primero acaba de regresar a las librerías uruguayas (la primera edición en castellano es de 1983) y abarca los años de su niñez y juventud, su formación, sus aventuras en India y su regreso a Bucarest, hasta 1937, cuando la coyuntura internacional acabó por convencerlo de que estaba por comenzar “el tiempo en el que no seríamos libres de actuar según nuestra propia voluntad”. Aunque escrito muchos años después, es un juicio preciso del marasmo que se avecinaba sobre Europa, pero también de la importancia y hasta enfermiza dedicación que Mircea Eliade le dedicó al cultivo de su voluntad, un músculo que alcanzó proporciones reñidas con los bienes de la vida.

Los inicios

Nacido en 1907, hijo de un padre militar integrante de la clase media rumana, Mircea Eliade conoció los rigores de la primera guerra en su niñez, cuando su padre fue enviado al frente de batalla y su casa confiscada por los alemanes, por lo que debió pasar a vivir en la bohardilla con su madre, sus dos hermanos y dos tías. Los usurpadores sin embargo, fueron oficiales de cierta formación cultural con los que convivieron sin violencias durante toda la ocupación.
Ya entonces Mircea desplegaba una imaginación alucinatoria que le permitía abstraerse durante varias horas y asistir al espectáculo de fantasías en que los rumanos libraban con ventaja una guerra paralela. Tal como lo describe, su poder de concentración superaba las habituales imaginerías infantiles y alcanzaban un sostenido vigor de realidad que aprendía a controlar. Al mismo tiempo que descubría el potencial de su vida interior, desplegaba una fuerte avidez por las lecturas, pese a una miopía prematura, lo bastante severa para que le prohibieran leer en las noches. De hecho, cuando terminó la guerra y su padre regresó a casa, vigiló muy de cerca las horas en que leía. Pero Mircea ya había adoptado como cuarto propio la vieja bohardilla y desplegó muchos recursos para colmarla progresivamente de libros.

Su vida de estudiante estuvo animada por la integración a varias revistas liceales y, luego, universitarias, en la que escribía artículos científicos, históricos y culturales que lo llevaron rápidamente a publicaciones de mayor circulación, especialmente a Cuvântul, sostenida durante muchos años por el filósofo Nae Ionesco, padre intelectual y mentor de Mircea Eliade en la Facultad de Filosofía donde estudiaba, también de Emil Cioran y de toda una generación de jóvenes intelectuales que con distintos grados de compromiso se acercaron, como su maestro, al nazismo y al fascismo.

Con veinte años y una curiosidad inagotable, Mircea no era un personaje solitario pero reunía las condiciones de lo que hoy suele llamarse un freak. Poco interesado en el sexo, centraba su vida en el despliegue enciclopédico de su inteligencia, convencido, como sus padres, de que estaba destinado a convertirse en una figura importante en la cultura rumana. Había intentado varias novelas, y alentado por Ionesco se interesaba por el mundo de las religiones, pero para llevar adelante su ambición debía prepararse y las horas de sueño eran un obstáculo. Comenzó a entrenarse para reducirlas. “Seguía obligándome a no dormir más de cuatro o cinco horas cada noche y me habría conformado con esto de no haber leído por casualidad que Alexander von Humboldt solo dormía dos horas. Esto me dio que pensar. Desde hacía años, especialmente desde que leí La educación de la voluntad, estaba convencido de que todo se podía conseguir, a condición de desearlo y de saber controlar la voluntad. Había aprendido desde hacía mucho tiempo a controlar mis repugnancias acostumbrándome a comer pasta de dientes, jabón, coleópteros, moscas, larvas… Cuando había logrado masticar y tragar un insecto o una larva sin que se me revolviera el estómago, pasaba a otro ejercicio todavía más difícil. Me figuraba que un dominio tal sobre mí mismo me abriría las puertas de la libertad absoluta. Estos combates librados contra el sueño o contra los comportamientos normales eran otras tantas tentativas heroicas para superar la condición humana. En aquella época yo ignoraba que esas técnicas eran la base misma del yoga; incluso no descarto que el interés que en mí despertó el yoga, y que me llevaría tres años más tarde a la India, no fuera más que la ilustración y la prolongación de mi fe en las posibilidades infinitas del hombre”.

El camino de la juventud

Con el apoyo de sus contactos internacionales —por entonces Eliade dominaba el inglés, francés, italiano y alemán— centró su tesis de licenciatura en el Renacimiento y viajó a Italia, donde el orientalista Giuseppe Tucci le descubrió la posibilidad de pedir una beca a un maharajá para viajar a Calcuta y estudiar sánscrito con el filósofo del hinduismo Surendranath Dasgupta. Permaneció tres años en la India, conoció al poeta bengalí Rabindranath Tagore, asistió a las manifestaciones pacifistas de Mahatma Gandhi, estudió dialectos y muchas vertientes del hinduismo y el yoga que lo llevaron a comprender el optimismo latente en la cultura hindú y a explorar los caminos de la meditación en busca del centro de sí mismo. Pero un día no pudo evitar involucrarse sexualmente con la hija de Dasgupta, al día siguiente la muchacha lo reveló a la familia y Mircea quedó expulsado del amparo del maestro. Entonces vivió un período con los eremitas del Himalaya, sumergido en una crisis que finalmente lo llevó a renunciar a su vocación mística y a adoptar definitivamente una aproximación histórica a la comprensión de los cultos religiosos. Con ese bagaje regresó a Bucarest cuando el padre, a punto de quedar deshonrado, le pidió que volviera a cumplir con el servicio militar obligatorio.

A los 24 años llevó adelante el servicio militar y la docencia universitaria bajo la protección de Nae Ionesco, que lo incorporó a su cátedra y lo alentó a centrar sus estudios de doctorado en las religiones. Pero entonces, simultáneamente, además de sus ciclos en la radio, de sus artículos, de llevar una doble e indecisa vida amorosa, comenzó a escribir una serie de novelas (Maitreyi, Isabel y las aguas del Diablo, Regreso al paraíso, entre otras) que le permitieron vivir a lo Dostoievski, de adelantos editoriales y compromisos cumplidos a vuelo de pluma. Sus clases desbordaban las instalaciones, como los debates públicos que organizó con varios intelectuales amigos sobre Freud, Lenin, André Gide, Charles Chaplin, la civilización americana, y dieron forma al grupo Criterion, vilipendiados por los comunistas y los liberales, pero acompañados por una enorme masa de estudiantes. A mediados de los años treinta el mundo estaba en discusión y vibraba como una caldera bajo la convicción de que el viejo orden debía derrumbarse y todos los precios de la violencia podían justificar la irrupción de un hombre nuevo.

En esos términos lo recuerda Mircea Eliade, que con menos de treinta años ocupaba el centro de la vida intelectual rumana. Entre su novia talentosa y exigente, y su novia dócil y lastimada, se casó con la segunda y se concentró en su vastísima producción. Entonces después de almorzar se sentaba a escribir hasta la hora de la cena y a las once de la noche volvía a escribir hasta las cinco o seis de la mañana, dormía unas horas, almorzaba, y retomaba el trabajo. Creía que se le acababa el tiempo y debía producir cuanto pudiera antes de que tal como la conocían, la vida estallara.

La Guardia de Hierro

Las promesas del equinoccio culminan en 1937 y si en ellas Mircea Eliade narra con cautivante detalle el desarrollo de su vida intelectual, su aventura en la India, las indecisiones de su vida amorosa y sus tensiones existenciales, apenas alude a sus compromisos y simpatías políticas. Muchos años después, cuando ya era una figura internacional, el mundo académico se vio conmovido por la difusión de su adhesión a la Guardia de Hierro, un movimiento nacionalista, clericalista y antisemita liderado por Corneliu Codreanu desde 1927 hasta su ejecución pública en 1938. Entonces el gobierno rumano combatía el fascismo y por su identificación con el movimiento Mircea Eliade sufrió la cárcel. Pero a inicios de la Segunda Guerra un nuevo giro alineó al régimen con Hitler en su asedio a la Unión Soviética y en 1940 Eliade fue nombrado agregado cultural en Reino Unido y luego embajador en Portugal, donde permaneció durante el resto de la década.

Entre las escasas alusiones políticas del texto, figuran unos viajes a Alemania y registros de su expectativa por el golpe de Hitler contra la República de Weimar, que llama “revolución”. El nacionalismo cobraba fuerza en Rumania contra las minorías que se habían integrado a su territorio después de la Primera Guerra con la incorporación de Transilvania, Bucovina y Besarabia, frente a la expansión de la Unión Soviética y la llana decadencia del minué entre liberales y conservadores.

El reflejo de esas tensiones en la autobiografía de Eliade es de un orden intelectual y social. Comparece con cierta reiteración el cuadro de una juventud amordazada por un tradicional sentimiento de fracaso, del que solo podía escaparse por la incorporación a los cargos políticos, y la conciencia de que esa corrupción del espíritu debía terminar. Nae Ionesco fue el filósofo inspirador de la Guardia de Hierro, pero todo indica que no se trataba de un fanático. Cuando un discípulo judío le pidió que escribiera el prólogo de su flamante novela, Ionesco escribió: “Si los hijos de Sion sufren, es porque debe ser así” y lo justificaba por el relato bíblico y su negativa a reconocer a Jesús como el Mesías. Pero Ionesco había estudiado hebreo, la cábala y la mística judía, y cuando Mircea le confesó su idea de discutir sus argumentos en un artículo de prensa, lo alentó vivamente a hacerlo, convencido de que cuando un discípulo tiene algo que decir, siempre lo hace cuestionando a su maestro.

Mircea Eliade tuvo amigos judíos, fascistas y de muy varias filiaciones, abogó por el pacifismo, y los controvertidos debates sobre su filiación nunca terminaron de esclarecer el grado de su compromiso con la Guardia de Hierro. Los recuerdos de su niñez y juventud avanzan por caminos más íntimos que no le temen a la indiscreción y exhiben el formidable fresco de un itinerario personal que también es el de una región acrisolada por múltiples comunidades religiosas.

Acompañan muy bien las historias de otro gran escritor, Gregor von Rezzori, nacido en Bucovina, a la hora de acercarse a las tensiones de Europa del Este en esos años. Y sobre todo conmueven por el testimonio de la extrema educación de la voluntad que guio el itinerario de un hombre complejo, poseído por la pulsión del saber y su ambición desbordada.

LAS PROMESAS DEL EQUINOCCIO, de Mircea Eliade. Taurus, 2018. Barcelona, 380 páginas. Traducción Carmen Peraíta.

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