Houellebecq y la Francia islámica

Minifaldas por velos

Una novela polémica sobre la posibilidad de que en Francia los musulmanes lleguen al poder a través de las urnas.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Michel Houellebecq

MICHEL Houellebecq (n. 1958) no precisaba nada para promocionar su última novela. Basta su nombre, alguna declaración polémica y el asunto mismo de esta Sumisión, una sátira política apenas futurista donde un partido musulmán llega al gobierno en Francia.

Sin embargo, la publicidad extra llegó con balas y sangre. Y el fenómeno Houellebecq eclipsó incluso el reciente Nobel otorgado a Patrick Modiano. El 7 de enero de 2015 Sumisión salía a la calle y el semanario Charlie Hebdo publicaba en su portada Nº 1177 una caricatura de Houellebecq con la leyenda: "Las predicciones del mago Houellebecq" donde este vaticinaba que en 2015 perdía sus dientes y en 2022 hacía el Ramadán. No era más que el desborde habitual de una publicación humorística que simpatizaba con la izquierda y atacaba cualquier rigidez y ortodoxia que se pusiera a tiro, fuera política o religiosa. El islam, el judaísmo, el catolicismo y los políticos de ultraderecha (Jean-Marie Le Pen fue un ejemplo) eran blancos comunes. Pero en la mañana de ese mismo día dos hombres armados con fusiles de asalto, lanzagranadas y otras armas entraron a las oficinas del semanario y asesinaron a sangre fría a doce personas (personal de mantenimiento, dibujantes, redactores y dos policías), e hirieron a once más. La rama yemenita del grupo Al Qaeda se adjudicó el atentado, el más terrible de una serie que había comenzado años atrás, también en respuesta a portadas satíricas. La frase "Yo soy Charlie" se convirtió en bandera de la libertad de expresión y el semanario pasó de una tirada estándar de sesenta mil ejemplares a una de siete millones en su número siguiente. En ese clima Sumisión se impone como lectura obligada y hasta el primer Ministro François Hollande declara que la va a leer. Houellebecq, en tanto, decide refugiarse en el campo una temporada, y acepta custodia policial.

Y la novela entonces deja de ser eso, una novela, para convertirse en parte de un evento histórico, pieza de una guerra no declarada y latente, algo sobre lo que hablar y emitir las más variadas opiniones a propósito del racismo, la inmigración, el islam, el feminismo, el mapa político francés, etc. Y otra vez su autor, su narrador y su protagonista se confunden en el imaginario colectivo (confusión que Houellebecq, buen marketinero de sí mismo, ayuda a sostener).

ATONÍA INTELECTUAL.

Pero sucede que Sumisión es al fin y al cabo solo una novela. Al contrario, se lee como un divertimento, plena de sarcasmo, con cargas de profundidad que no explotan. Si hay un trasfondo islamófobo en el asunto, está por detrás de una crítica al estado francés, a la social democracia y la cultura de un Occidente que duerme la siesta del bienestar sobre un colchón de quejas que todavía aguanta.

Ambientada en 2022, año eleccionario, Houellebecq imagina lo que pasaría si en lugar de ganar la izquierda o la derecha —el eterno ping pong que refuerza el statu quo—, llegase al poder por medio de las urnas un tal Mohammed Ben Abbes. Qué pasaría si las mujeres no pudieran mostrar las piernas en público, o si los hombres pudieran tomar como esposa a más de una mujer. Y si para mantener sus cargos universitarios, por ejemplo, los profesores debieran convertirse al islam. Qué pasaría con la economía y con las otras religiones. Pero sobre todo, de qué modo la intelectualidad absorbería el cambio.

El protagonista, François, tiene cuarenta y tres años y la fe hecha trizas. No solo la fe religiosa, sino cualquiera. Profesor de literatura en la Sorbona III, se acuesta con su novia judía un poco menos de lo que entra a páginas porno, no se relaciona con sus padres, duerme poco, fuma y bebe demasiado. Su tesis universitaria sobre Joris-Karl Huysmans (1848-1907), en la que invirtió siete años de su vida joven, es lo único de lo que puede ufanarse. Pero Huysmans, escritor decadente y pesimista convertido al catolicismo al punto de retirarse a vivir a un monasterio, es parte de un pasado remoto que lo conectó con una creencia que ya no tiene: la de que el Arte, los artistas y los intelectuales sirven para algo, la de que la cultura está en pie. Frente al triunfo musulmán, François deberá decidir si deja el cargo a cambio de una sustanciosa y anticipada jubilación pagada con petrodólares, o si deja atrás el pasado, se convierte y acaba con sus días de soledad casándose con una o con varias mujeres sumisas.

Mientras esa decisión se plasma el personaje viaja, paga por sexo, conversa con sus colegas y come. Esa es la arquitectura externa de Sumisión, los niveles anecdóticos que envuelven como capas de cebolla la nada que subyace; ni François ni el resto de profesores que aparecen (especialistas en Rimbaud, en Bloy, en Balzac) y a través de los cuales se vehiculizan datos y "mensajes", son capaces de un movimiento que no sea el dejarse llevar, la inercia. Ni las detonaciones de enfrentamientos callejeros los distraen de una charla literaria por lo demás banal, ni un cadáver en una gasolinera espanta al protagonista.

UN ISLAM LIGHT.

Hay que precisar que el escenario que pinta la novela no es extremo, pero sí capcioso. Su Francia islámica es light, además de circunscribirse a la burbuja universitaria. No se impone la Sharia o Ley Islámica en su plenitud ortodoxa, sino en algunos aspectos. El dinero paga la reconversión en términos de religión y costumbres, y el liberal y capitalista Occidente acepta el trueque sin mayores sobresaltos, siempre y cuando sea funcional a los deseos de los ciudadanos-consumidores: en un buen pasaje el narrador imagina qué comercios desaparecerán y cuáles no. Es una Francia anuente y colaboracionista, y cualquier parecido con el pasado no es simple coincidencia.

Sumisión es Houellebecq en estado puro, indolente y sarcástico, irresponsable, honesto, y narrativamente desigual. Está atravesada por reflexiones políticamente incorrectas, como la del protagonista cuando se da cuenta de que no hay mujeres en una reunión y lo extraña porque tampoco se habla de fútbol, como si estuviera equiparando entretenimientos. O la de un rector que sostiene que la cumbre de la felicidad humana es la sumisión absoluta: del hombre a Dios, como lo entiende el Islam, y de la mujer al hombre tal como lo entiende Dominique Aury en Historia de O (está citada como Aubry, quizá por un error de tipeo; es uno de los seudónimos de Anne Desclos), novela erótica con mucho sadomasoquismo. Una referencia que no parece por cierto muy islámica.

El libro también se hace eco (y un poco se burla) de un malestar y un miedo que otros escritores han explotado, como Renaud Camus cuando sostiene la teoría de "Gran Sustitución" afirmando que la Francia tradicional (es decir, la de los franceses) está siendo sustituida firmemente por la expansión inmigratoria; o el periodista Éric Zemmour, afirmando que va por el mismo camino en su best seller El suicidio francés. Los franceses de Houellebecq lejos de suicidarse se acomodan, y como si se tratara de una moda canjean sin mucho drama minifaldas por velos.

SUMISIÓN, de Michel Houellebecq. Anagrama, 2015. Barcelona, 281 págs. Trad. de Joan Riambau. Distribuye Gussi.

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