El retorno de un gran novelista

Michael Ondaatje y la caída de un mito: que las guerras terminan

Narrativa serena de frases envolventes. Es lo que logró Ondaatje con su nueva novela, una que no le va en zaga a su anterior y consagrada obra, El paciente inglés.

Michael Ondaatje
Michael Ondaatje

En una nota para el diario La Nación el escritor argentino Pedro B. Rey decía que esta novela de Michael Ondaatje “empieza en la senda de Dickens y termina en la de John le Carré”, que es una buena definición para aunar la novela de aprendizaje (o el más extensivo coming of age) y el relato de espías. También se puede afirmar que Luz de guerra comparte senda con Canadá de Richard Ford o con Claus y Lucas de Agota Kristof, donde también hay niños abandonados a su suerte y que llega a la misma meta desierta que los investigadores de mucha novela del Nobel francés Patrick Modiano: una tábula rasa donde el ayer se pierde.

Ondaatje (1943) nació en Colombo, capital de la isla de Sri Lanka (cuando aún era Ceylán, colonia británica y cuna del té negro), estudió en Londres y luego se fue a Canadá, donde vive cómodamente a partir del éxito de su tercera novela, El paciente inglés (1992), potenciado por el film de Anthony Minghella y por el otorgamiento en 2018 del Golden Man Booker Prize, un premio de premios otorgado por única vez en cincuenta años. En Luz de guerra (2018) vuelve sobre las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial. La historia se va revelando por etapas y flashes, tanto para el lector como para el narrador protagonista. La luz del título es la del Blitz de los bombardeos alemanes (1940-1941), la ciudad oscurecida y destruida que sobrevive a luz de vela o de luna. Pero es también la que no termina de iluminar a nadie y deja en zona de sombra e incertidumbre hasta lo más cercano o lo más querido. Ahí se instala Ondaatje y con esa misma iluminación difusa y ocasional es que arma la novela.

Otro blitz

Dividida en dos partes, Luz de guerra comienza con una frase memorable: “En 1945 nuestros padres se fueron y nos dejaron al cuidado de dos hombres que quizá fuesen delincuentes”. La hora histórica no es cualquiera, el tono es antidramático y el “quizá” da la tónica condicional de todo el asunto. Nathaniel, de catorce años y Rachel, de dieciséis, quedan en manos de gente que parece de avería (Walter “el Polilla”, Norman “el Dardo”) o no (la etnógrafa Olive, el enigmático Arthur McCash, el hortelano Malakite) pero en todo caso se van acomodando a esas presencias y comparten sus actividades, bordeando peligrosamente un concepto que aparece una y otra vez: lo schwer, lo difícil, pesado, abrumador. Los hermanos comienzan a sospechar que los padres no están buscando un futuro mejor en Singapur, como dijeron, y un fallido secuestro del que son víctimas los pone en la pista de la verdad y de la otra cara de Rose Williams, una madre que cariñosamente los apoda “Dedal” y “Gorrión” pero cifra su vida en un destino distinto al familiar. Mientras Nathaniel narra la historia y se mete a investigar en sus zonas oscuras, su hermana va desapareciendo, desdibujándose en el enojo del abandono. Hay pasajes interesantes que distraen tanto a los personajes como al lector: los paseos por el Támesis en una barca mejillonera cargada de galgos de carrera; el inicio sexual con una chica de nombre inventado; la sustitución de los estudios curriculares por empleos inciertos en un hotel.

En la segunda parte la novela se ambienta en 1959, plena Guerra Fría, pero abunda en flashbacks iluminadores. Nathaniel ya es adulto y obtiene un empleo en el Ministerio de Asuntos Exteriores que le permite investigar el pasado de su madre en lo que quizá es el único deus ex machina demasiado funcional y oportuno del libro. En esa parte, personajes descolgados de la primera, como el joven techador Marsh Felon, adquieren un relieve mayor y las piezas comienzan a encajar como en un buen relato de espionaje. Solo que ese encastre, superficial, denotativo, no está al servicio de resolver o tranquilizar. El “Blitz” que Ondaatje revela es una onda que se expande en el tiempo y no tiene que ver con los edificios derruidos o la gente muerta, sino con los vivos devastados y desunidos.

Ajedrez

Mucho de esa seguridad, impasibilidad o reserva que se define como “flema británica” está presente en la novela y en personajes donde lo más exaltado es un ataque epiléptico. Una noción de destino e inevitabilidad recorre estas páginas donde se repite, pertinente, una cita a Federico García Lorca: “Sevilla para herir. Córdoba para morir”, y donde el ajedrez real que Rose le enseña a su hijo es toda una clase sobre memoria y estrategia.

La narrativa de Ondaatje tiene esa cadencia inteligente y permite visualizar sin estridencias circunstancias históricas rodeadas de muerte donde alguien —un espía, un psicópata o un visionario— conserva la cabeza fría. Las descripciones de personajes nunca son convencionales. El Dardo es “ligero de pies a la vez que solemne de palabra”; Arthur es “uno de esos ingleses que son más felices en climas desérticos”; el viejo Malakite parece un personaje de Morosoli: “una golondrina muerta o inconsciente después de chocar contra una ventana lo dejaba medio día callado. Se le quedaba dentro, el mundo de ese pájaro y su suerte”; y Rose está definida de forma magistral como un “patrón de indecisión al principio seguido de implicación absoluta”. Hay ocasionales apuntes humorísticos insertados en situaciones angustiosas, como cuando se refieren los cuidados paranoicos de Rose para no ser descubierta: “Su tendencia era no ver a nadie excepto al señor Malakite, o de vez en cuando al cartero. Incluso insistía en no tener mascotas. Como consecuencia, había un gato silvestre que vivía fuera de casa y una rata que vivía dentro”.

Otras veces el humor viene del choque entre la inocencia y la ironía, como cuando el Dardo le refiere a Nathaniel una perlita de prensa: “el conde de Wiltshire se ha asfixiado accidentalmente atándose semidesnudo una cuerda al cuello y atando el otro cabo a un rodillo para césped”, y Nathaniel reflexiona así: “Se negó a explicarme por qué una persona de la nobleza haría tal cosa. En cualquier caso, la ligera pendiente del césped hizo que el rodillo siguiera tranquilamente cuesta abajo tirando del cuerpo desvestido del conde y estrangulándolo. Hacía tres generaciones que el rodillo para césped, concluía el News of the World, pertenecía a la familia del conde”. Nunca olvidamos, sin embargo, que Luz de guerra no es humorística ni liviana. Está construida contra buena parte de la historia oficial según la cual las guerras terminan, los hermanos se reencuentran y el pasado se supera. Aquí no. La orfandad es permanente, lo perdido no se recupera, los buenos vecinos pueden pasar a ser criminales de guerra, y “las personas no son quienes creemos ni están donde creemos”. Contado a la luz de una narrativa envolvente y de frases serenas como la de Ondaatje, hasta parece un relato hermoso.

LUZ DE GUERRA, de Michael Ondaatje. Alfaguara, 2019. Trad. de Guillem Usandizaga. Barcelona, 274 págs.

Luz de guerra
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