PAZ, VIOLENCIA Y LITERATURA EN COLOMBIA

Contra la mentira

La literatura colombiana acompaña el proceso de paz. El País Cultural viajó y entrevistó en Bogotá a novelistas y poetas que no callan y que buscan, a través de su obra, dejar en evidencia los peligros mortales que encierra la cultura de su país.

Foto Archivo El País
Foto Archivo El País
Un ejército de voces
Un ejército de voces
Billete de 1000 pesos colombianos con la imagen de Jorge Eliécer Gaitán.
Billete de 1000 pesos colombianos con la imagen de Jorge Eliécer Gaitán.
Exhumación de Roa Sierra, asesino de Jorge Eliécer Gaitán, en el Cementerio Central, Bogotá, 1948. Foto Sady González. (Con autorización de la Biblioteca Luis Angel Arango)
Exhumación de Roa Sierra, asesino de Jorge Eliécer Gaitán, en el Cementerio Central, Bogotá, 1948. Foto Sady González. (Con autorización de la Biblioteca Luis Angel Arango)
Simón Bolívar
Simón Bolívar
Héctor Abad Faciolince. Foto Emanuel Zerbos
Héctor Abad Faciolince. Foto Emanuel Zerbos
Darío Jaramillo
Darío Jaramillo
Juan Gabriel Vásquez. Foto Camilo Rozo
Juan Gabriel Vásquez. Foto Camilo Rozo

COLOMBIA acaba de alcanzar un nuevo acuerdo de paz, más amplio, tras la incertidumbre que provocó el pasado plebiscito. La posibilidad de terminar con 60 años de violencia se consolida.

La literatura colombiana nunca fue ajena, y menos ahora. Innumerables novelas, desde hace décadas, han abordado la situación. Casi siempre malas, con excepciones. Hablar de buena literatura es citar autores inteligentes que exploran donde no se ve, buscan un cambio en la percepción de la realidad, van más allá del lenguaje —lo primero que la violencia corrompe es el lenguaje. Poco llegó al Río de la Plata. En los 90 destacó La virgen de los sicarios de Fernando Vallejo, un viaje delirante y frenético por la cultura del sicariato en la Medellín de hace 40 años, un retrato del odio de proporciones bíblicas que enfrentaba a los colombianos y que en su momento deslumbró.

Hoy el panorama es otro. El ansia de paz es palpable en la calle, en las conversaciones, y la literatura tiene campo abierto para explorar en otros planos, mucho más complejos, laberínticos. Preocupa el origen de las violencias, sus raíces profundas, los falsos relatos que componen la identidad nacional. Por ejemplo, el relato sobre Simón Bolívar, o el líder populista Jorge Eliécer Gaitán (cuyo asesinato en 1948 dio inicio al ciclo reciente de violencia), e incluso el aporte de Gabriel García Márquez a la forma cómo los colombianos ven el mundo. Por si fuera poco, un libro de memorias deja en evidencia, de forma involuntaria, la falta de figuras paternas positivas, honestas y amorosas en el universo psicológico y emocional de los colombianos.

LEYENDO EN VOZ ALTA.

Esta literatura no la producen detectives salvajes al estilo Bolaño. Acostumbrados como estamos al arrase y a la estupidez viralizada, sorprende ver que algunos son auténticas celebridades. Por ejemplo, Evelio Rosero (Bogotá, 1958). Mientras chateo por whatsapp con Guillo González, un querido colega, sobre cómo me marcaron hace años las novelas Los ejércitos o La carroza de Bolívar de Rosero, dice: "mira qué oportuno". Me reenvía un anuncio digital invitando a una lectura en voz alta de la novela Los ejércitos en la más céntrica de las plazas de Bogotá: la Plaza de Bolívar. El anuncio, firmado por un movimiento juvenil bajo el hashtag #AccionesPorElAcuerdo, dice: "Trae tu voz, acompáñanos a leer". El hecho de que sean jóvenes, y además expresándose a través de la lectura en voz alta de una novela, me llena de júbilo. La literatura contra la guerra, un ¡basta! poético, pero con una novela que no es nueva, que tiene diez años, que muchos leyeron y no olvidan.

Me encuentro con Rosero en la puerta del Museo del Oro de Bogotá. "Vamos a un café" me dice. Las miradas en la calle lo registran, con respeto, o se acercan a nuestra mesa del café a darle una mano, gesto que él devuelve con firmeza y cortesía. De cuerpo menudo, mirada profunda y gestos leves, no parece el autor de una saga de novelas iconoclastas y revulsivas, esas que hieren el bronce, el orgullo nacional. Los ejércitos, por ejemplo, denuncia la terrible tragedia del secuestro como modus operandi de las bandas guerrilleras, paramilitares o criminales, y todo el universo moral variopinto que lo sostiene. Ubicada en un imaginario pueblo de Colombia asolado por la violencia, la novela esta basada en numerosas actas policiales de hechos reales ocurridos en pueblos similares. Los personajes, seres comunes de pueblo, felices en su entorno familiar, cotidiano, casi un Edén, ven cómo el temor va ganando las calles, cómo aparecen caras extrañas, amenazas, los matones secuestran a un miembro de cada familia para luego extorsionarlos, cómo la espera por el retorno de ese ser querido se hace eterna, cómo todos se ven envueltos en un círculo vicioso de manipulación y mentira del que es difícil —casi imposible— escapar. Hasta que esos seres prístinos, inocentes, como es el caso del personaje Geraldina, terminan arrasados, en un desenlace largamente anunciado.

La vigencia de Los ejércitos, a pesar de sus diez años, tiene una clave: su lectura no ayuda a entender qué es una violación, o que significa caminar por el pueblo propio, querido y familiar, que de pronto no tiene ley ni decencia. Eso cualquiera puede entenderlo. Rosero, sin embargo, hace algo mucho más radical: conjura esa violencia, muestra lo insoportable. Lo hace como Goya en "Los caprichos de la guerra": presentifica el hecho, lo corporiza delante nuestro. Y es allí, en ese momento, cuando se percibe la imposibilidad de resistir, lo fútil de cualquier acto defensivo, cuando el terror se instala en los huesos del lector.

Su otra novela icónica, La carroza de Bolívar, se mete con el Libertador Simón Bolívar. La novela transcurre en el pueblo sureño de Pasto, durante los carnavales de la década del 60. El propio Rosero vivió allí su juventud, en esos mismos años. Los protagonistas giran en torno a la construcción de una carroza para el carnaval cuyas esculturas en papel mashé intentan relatar la verdadera historia de Bolívar, la oculta. Ese relato se basa en el trabajo del historiador revisionista José Rafael Sañudo, personaje real nacido en Pasto en 1872 que investigó y construyó otro Bolívar, un ser despreciable de carne y hueso (lo acusó de cobardía reiterada en batalla, megalomanía, brutalidad, mal administrador, monárquico, etc.). Algo opuesto al de los halagos y las emociones patrioteras. Sañudo fue denostado en su época, amenazado con la horca, considerado hijo indigno de Colombia, etc.

Pero la historia no termina ahí. Bolívar está unido a este pueblo por un gesto de exterminio. Pasto, durante las luchas por la independencia, tenía fama de ser un pueblo realista fiel a la España monárquica, y por lo tanto enemiga de la cruzada libertadora bolivariana. Cuando Bolívar llegó a sus puertas dejó pocas opciones a sus habitantes, no les dio concesiones (como sí a otros pueblos "realistas"), y en los hechos lo convirtió en símbolo de sitio "furiosamente enemigo", escribió el prócer. Lo que siguió fue lo de siempre: un exterminio que no perdonó a mujeres o niños, que expropió, que desterró, y que la memoria ocultó. "Bolívar pudo haber detenido la matanza, los pobladores estaban dispuestos a plegarse, a aceptar las condiciones, pero necesitaba un símbolo, y mandó arrasar" cuenta Rosero en el café con el tono de quien posee una verdad reiterada mil veces pero pocas veces escuchada, porque Pasto es un símbolo de todo lo que pasó después, de la intolerancia, de esa compulsión por eliminar al otro, ignorando su esencia.

Rosero se alegra de que la obra de Sañudo haya vuelto a ser considerada por algunos académicos colombianos y extranjeros. Porque La carroza de Bolívar, que ganó el Premio Nacional de Novela 2014 del Ministerio de Cultura de Colombia, dista de ser una novela inocente. Lo dice el protagonista principal, el doctor Justo Pastor Proceso, impulsor e ideólogo de la carroza: "Bolívar dio el desastroso ejemplo que se convertiría con el tiempo en cultura política colombiana".

MATAR LA INTELIGENCIA.

Tras un vínculo de años mediado por emails, mensajes por twitter y chistes sobre Luis Suárez, me encuentro con Héctor Abad Faciolince en Bogotá. Es jurado del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez cuyo monto en metálico, desmesurado para las letras (100 mil dólares) ha convocado a lo mejor de América y España, haciendo ardua la tarea de premiación. Tiene rostro de hombre bueno, mirada aguda, alerta, pero no es fácil hablar con él. Gracias a su condición de celebridad la interrupción es constante: le solicitan autógrafos, le piden selfies. Imagino que en su ciudad, Medellín, debe ser peor. Al final logramos el silencio en un restaurant junto al Teatro Colón.

No quiere que prenda el grabador. Quiere ponerse al día, saber de Uruguay, su rostro transparenta optimismo, pasión y alegría de vivir. Esa pasión es Héctor Abad en esencia, narrador, ensayista y periodista de larga trayectoria (Medellín, 1958), que acaba de publicar una nueva novela, La oculta, y cuya celebridad se debe no tanto a sus numerosos libros como a El olvido que seremos, el relato del vínculo con su amado padre, asesinado en 1987 cuando el ejército y los paramilitares colombianos desataron una auténtica caza de brujas, matando a numerosos intelectuales, políticos y sindicalistas liberales, de izquierda o simpatizantes de la guerrilla. "El libro ha vendido ya más de doscientos mil ejemplares, muchos de ellos piratas. Y la amplia mayoría de sus lectores son jóvenes" dice.

Escribir la historia no estaba en los planes. "Durante 19 años no dije nada". Reconoce que encontró la voz en el libro Léxico familiar, de Natalia Ginzburg, durante su exilio en Italia. Esa voz le permitió conjurar el dolor. Porque no sólo "mataron a un hombre bueno, uno bueno de verdad", dice Héctor de su padre, profesor universitario que, cuando comprobaba que sus estudiantes pobres no venían a clase les pagaba el boleto de su bolsillo (y el sueldo de profesor no era abultado). "Mi papá era un hombre público increíblemente ingenuo y bueno, y un hombre privado amoroso, bondadoso, estimulante". El olvido que seremos es el relato de esa relación, de una complicidad padrehijo pocas veces vista, una simbiosis tan intensa que termina siendo universal.

Pero tampoco es un relato inocente. Abad intuyó que había más. Describe el momento junto al cadáver de su padre, tirado en la vereda, recién acribillado: "Yo estoy sentado al borde de ese charco de sangre. Al salir esa sangre, como dice el asesino, hay un cerebro que quedó anulado. 'Anularles el cerebro', éste es el eufemismo que usa el asesino para el verbo matar. Pero es muy cierto, de eso se trata, de acabar con la inteligencia". Recuerda que "de mi papá aprendí algo que los asesinos no saben hacer: a poner en palabras la verdad, para que ésta dure más que su mentira". Y es con esas palabras que el narrador explora, por derivación, muchas lacras y violencias subyacentes en la cultura colombiana, para lograr su conjura literaria. Las primeras líneas del libro son un claro ejemplo. Comienza enumerando las personas que vivían en su hogar, casi todas mujeres, pocos hombres. Había una monja, la hermanita Josefa, que los cuidaba. Una noche, mientras rezaban, Josefa dice: "—Su papá se va a ir para el Infierno. —¿Por qué? —le pregunté yo. —Porque no va a misa". Meses más tarde soñará que se encuentra en el cielo, ve abajo a su padre en las llamas del infierno, y entonces le dice a la monja que no rezará más, que no quiere ir al cielo, quiere estar con su papá en el infierno. Esas líneas no sólo golpean al lector que ya sabe el final de la historia; instalan una reflexión sobre el complicado papel político de las instituciones religiosas en Colombia, que no siempre acompañaron la decencia.

De todas formas queda un misterio: cómo un libro puede conmover a los jóvenes, convirtiéndose en un referente ético y moral, en la era del arrase, del consumismo indolente y de Donald Trump. "Yo creo que muchos colombianos se sintieron representados en la figura de mi padre. Hubo tanto sufrimiento, tanta gente tiene un familiar, amigo o alguien muy cercano al que le pasó algo horrible, secuestrado o asesinado". Pero también se da una identificación en un plano emocional más difuso, pero no menos intenso. "Mi padre no era el tipo de figura masculina más habitual en Colombia, era un padre que a muchos le habría gustado tener. Yo creo que uno de los graves problemas de los colombianos es la mala calidad cultural del hombre colombiano, la cantidad de familias sin padre, el abandono infantil, las madres solteras, las madres con muchos hijos que tienen que responder por toda la familia. Ese problema es infinito. O los niños abusados, no solo sexualmente, en una primera infancia, con secuelas espantosas. De allí difícilmente consigan componer una personalidad que le permita convivir bien. Hay problemas hondos y profundos en la cultura colombiana. Si uno va por el mundo, hay muchísimas mujeres colombianas casadas con hombres extranjeros, pero casi no hay hombres colombianos casados con extranjeras. Es por la mala calidad del macho colombiano, arrogante, infiel, prejuicioso. Es algo dramático".

AGUJEROS NEGROS.

El olvido que seremos fue reeditado por Seix Barral con prólogo de Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1973), novelista colombiano premiado y traducido en el exterior.

Estamos sentados en el luminoso estudio de Vásquez del norte de Bogotá. Me alcanza un ejemplar del libro de Abad. Es un día radiante. Cuenta las dificultades que enfrenta hoy un narrador en Colombia, pues debe lidiar con el lenguaje en un entorno acostumbrado a la mentira. "Hay un lenguaje de nuestra vida política que pervierte la claridad de nuestra visión, que pervierte nuestro sentido de la realidad", dice Vásquez. "Yo creo que el buen periodismo y la buena literatura tienen que quitarle ese lenguaje a la política para llenarla con esas nociones de humanidad y de significado, para que las palabras vuelvan a significar lo que deberían significar. Eso es lo que cierta dicción política nos roba". Su nueva novela, La forma de las ruinas, explora lo que él llama los agujeros negros de la historia colombiana, áreas conocidas a través del mito, las fabulaciones y las teorías conspirativas, pero poco trabajadas desde lo fáctico, desde el dato puro. Como por ejemplo el asesinato de Gaitán en 1948, ese freno a la promesa de cambio para los sectores más populares de Colombia. El magnicidio, aclarado a medias, desató lo que se conoció como el Bogotazo, una asonada de furia popular en algunos barrios céntricos con muchos muertos y heridos, y que daría inicio a la violencia de seis décadas.

"La forma de las ruinas trata de crear algo más grande, de establecer una especie de temperamento nacional, que es la capacidad que hemos tenido siempre para eliminar al incómodo". Busca, entonces, humanizar los mitos. Por ejemplo el de Gaitán, un político de verba irresistible, capaz de argumentar apoyado en Marx pero también en Mussolini y que, según el consenso, prometía rescatar a las masas desposeídas de las elites malvadas. Pero "Gaitán era mucho más complicado que eso". En La forma de las ruinas relata el episodio del juicio de la noche anterior al asesinato cuando Gaitán, que era abogado penalista, defendió con éxito a un militar que había sido agraviado por un periodista (que escribió la verdad). El militar fue a la redacción del diario, pidió una retractación y, como se la negaron, mató allí mismo al periodista de dos tiros. Gaitán argumentó en el juicio de tal forma que logró la liberación y absolución del asesino. "Ya me dirás tú si hoy, alguien que comete semejante crimen contra la libertad de prensa, puede ser defendido por un supuesto líder de izquierdas... pero la gente hoy no ve esas cosas, y es una de las cosas que la novela muestra".

Vásquez también aborda la figura de García Márquez. En la novela aparece la tesis de Gabo sobre el magnicidio: que hubo más de un asesino, no solo Roa Sierra, y por lo tanto una conspiración (el paralelismo con el asesinato de JFK es explícito). En La forma de las ruinas el planteo de García Márquez parece pasado de moda, por el marcado clima detectivesco de la novela donde los protagonistas se dedican a buscar pruebas fácticas para derribar los mitos históricos. La paranoia, por lo tanto, desafina, al igual que su aporte literario icónico, el realismo mágico. "Yo sugerí en un ensayo, un poco lúdicamente, que hay que dejar de leer Cien años de soledad en clave de realismo mágico. Porque para mí, lector del siglo XXI, el realismo mágico se ha convertido en una gran fábrica de clisés, de lugares comunes, de imitaciones y derivaciones que ya no aportan nada a la literatura latinoamericana. La novela ya no enriquece para nada nuestra comprensión del mundo, como sí lo hizo Cien años de soledad en 1967, cuando abrió una puerta para ver un lugar nuevo. Yo propongo, entonces, refrescar esa novela, releerla, ver las cosas maravillosas que hace con la historia, con la historia fáctica de Colombia y Latinoamérica, para que sume a una memoria real, no a una inventada. La memoria falseada es la gran tragedia latinoamericana".

Letra con sangre.

Hace poco El País de Madrid le pidió a Darío Jaramillo Agudelo que destacara en un artículo lo que él considera la mejor literatura colombiana sobre la violencia. Se tituló "La letra con sangre entra". Darío es uno de los mejores poetas colombianos del siglo XX y compilador de la Antología de la crónica latinoamericana actual. Luego de almorzar en su apartamento sobre la bulliciosa Carrera 7 me habla de varios títulos que incluyó, y señala entusiasmado: "¡La mejor novela es Siempre fue ahora o nunca de Rafael Baena!". No está La virgen de los sicarios: "Envejeció, porque los libros posteriores de Vallejo confirmaron que es un escritor monocorde". No faltan los poetas como Horacio Benavides, o el poemario El canto de las moscas (1997) de María Mercedes Carranza, donde cada poema lleva el nombre del sitio donde hubo una masacre.

El artículo incluye novela, crónica, biografía, memoria y poesía. De la veintena de autores que destaca, solo uno es reconocido en el Río de la Plata (García Márquez). El resto no, como casi toda esa literatura sobre la violencia, enorme, que ya desde el Bogotazo tuvo su auge (con García Márquez quejándose que toda era mala, 1959), que hasta tuvo subgéneros como las novelas sobre sicarios o "sicaresca" (Rosario Tijeras de Jorge Franco, Leopardo al sol de Laura Restrepo y el mencionado Vallejo), sobre secuestros, con una veintena de títulos entre ellos el de Ingrid Betancourt, o sobre matones, como Mi confesión de "ese perfecto hijo de puta que fue Carlos Castaño" me señala Héctor Abad respecto al jefe paramilitar, sindicado según algunas versiones como el asesino de su padre.

RECUADRO

Los niños de la guerra.

Miles de niños combatieron en las guerrillas y en los paramilitares. Hace casi 20 años Guillermo "Guillo" González Uribe supo de un plan gubernamental para reinsertar en la sociedad a los niños que eran desechados porque ya no servían como combatientes. Recogió numerosos testimonios que plasmó en el libro Los niños de la guerra, por el que ganó en 2002 el Premio Planeta de Periodismo. En 2003 el libro fue tapa de El País Cultural.

Quince años más tarde Guillo buscó a cada uno de los chicos y logró encontrar a cinco. Obtuvo el relato de lo que les ocurrió después, la reinserción en la vida civil, el trabajo, el intentar formar familia y dejar atrás la muerte, el asesinato, el desprecio por la vida propia y ajena, la ausencia total de afectos. El nuevo se titula Los niños de la guerra, Quince años después.

"Busco explicaciones de fondo y posibles salidas al conflicto armado colombiano" cuenta. "Siento que las voces de estos niños son auténticas. Hace 15 años estaban saliendo de una guerra que por años les fue indiferente a muchos (y que aún hoy la niegan). No tenían intereses y prejuicios cuando me dieron sus primeros testimonios. Hoy, esos niños ya adultos, dan cuenta de que es posible salir adelante con apoyo psicológico, educativo, social y, sobre todo, de lazos afectivos. Varios lectores se me han acercado a decirme: esta guerra hay que pararla ya, no podemos entregar más niños a la guerra".

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Te recomendamos
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)

º