Teatro de leo masliah

La mentira sustentable

Absurdo, lúcido y crítico, su teatro no sólo se disfruta en las tablas sino también leyendo.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Leo Masliah

El teatro de Leo Maslíah muestra el mismo absurdo lúcido y crítico de sus letras y narraciones. Se aprecia el mismo trabajo del lenguaje: las palabras derivan y saltan mediante inesperados vínculos fonéticos y semánticos que sorprenden al público, mostrando la endeblez de costumbres, instituciones y certezas. Esto hace que las piezas El último dictador y la primera dama y El ratón sean eficaces en las tablas, y funcionen también como teatro leído al dar más tiempo al lector para “digerir” el sentido de chistes y juegos de palabras.

Aparte de su filiación con el absurdo, ambas piezas pueden vincularse por su capacidad para reflejar “las sucesivas tensiones propias de una época donde las artes y las instituciones tienen cada vez más cabida para la mentira sustentable”, según se lee en la contratapa.

La primera pieza podría titularse también “El último dictador y las primeras damas”, porque Eberardo –el dictador del título– trata de huir de Trinidad, su esposa (quien por lo ridícula, fea y codiciosa se emparienta con la Madre Ubú, de Jarry) y de seducir por teléfono a Palmira, la esposa del Presidente legal depuesto y encarcelado. La señora en cuestión ha demandado al Estado afirmando ser aún la Primera Dama; su cargo no era oficial, por lo que no ha sido depuesta por el gobierno de facto. Es interesante la avidez de Eberardo por el cariño del pueblo, por dar una imagen de dictador austero y no venal. Si ha torturado y asesinado gente es por el pueblo: no lo hacía por gusto, le dirá a Trinidad, y si se reía era por lo nervios. El afán de traerse a Palmira a palacio muestra el ansia por el glamour propio de la legitimidad, aunque sin el engorro de cumplir las leyes. Sin embargo las cosas son como son: Eberardo decapita a Palmira, abdica y se va con Trinidad a vivir tranquilos atendiendo un maxiquiosco que pondrán con el dinero obtenido en su pasaje por el poder.

En El ratón se asiste a un mundo en el que se le tiene más miedo a un roedor –vendrán a conjurar la amenaza bomberos y policías, que se trabarán en lucha– que al hecho de que el matrimonio sea un contrato sujeto a estipulaciones de dudoso sentido, contrato que los contrayentes repiten de memoria (si logran aprendérselo). Es un mundo en que el multiempleo puede llevar a alguien a ser a la vez la portera de un edificio y la oficial de libertad condicional, a quien una artista plástica confiesa el crimen de haber obtenido premios prestigio con obras que considera horrendas. Esto último se debe a que los críticos, más que conocer las obras de arte del pasado, se han aprendido la retórica de los juicios sobre ellas, de modo que “versean” acerca de cuadros o esculturas sin que de esos textos pueda evaluarse otra cosa que su calidad literaria (o la falta de capacidad del crítico para componer un buen texto en base a la obra que “juzga”). Toda una sentencia sobre el estado actual de artes plásticas, crítica y mercado. El caso más interesante es el de Clemente Pérez, que de instructor en el ritual matrimonial y distribuidor de arroz termina como empleado en un servicio telefónico de asistencia al suicida (para suicidarse, por supuesto).

Ambas piezas han sido estrenadas en Montevideo y Buenos Aires. El ratón obtuvo en 2013 el premio anual del Ministerio de Educación y Cultura a la mejor obra inédita en la categoría Teatro/comedia. El volumen incluye las partituras de las canciones de la obra El último dictador y la primera dama.

EL ÚLTIMO DICTADOR Y LA PRIMERA DAMA / EL RATÓN, de Leo Maslíah. Criatura editora, 2014. Montevideo, 136 págs.

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