Aniversario de un libro monumental

El mejor Quijote jamás publicado

La Real Academia Española y el Instituto Cervantes rinden homenaje a los 400 años de la Segunda parte de Don Quijote de la Mancha con una edición crítica en dos tomos, preparada por un equipo de más de 50 especialistas, bajo la dirección de Francisco Rico.

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Cervantes

"Nuestro destinatario ideal habla el español como lengua materna y no ha estudiado filología ni historia en la universidad, aunque sí tiene la suficiente curiosidad y gusto por la literatura para emprender y (no nos engañemos dándolo por supuesto) continuar hasta el final una lectura atenta del Quijote ", escribe Francisco Rico al presentar la edición crítica más completa publicada hasta la fecha de la obra cumbre de Miguel de Cervantes, y base de la novela moderna tal como la conocemos hoy.

El filólogo y académico de la RAE no ha querido hacer una edición para eruditos, a pesar de ser él mismo un reputado cervantista y encabezar un equipo con más de 50 expertos. Dividida en dos tomos que superan las 1.600 páginas cada uno, la edición recién aparecida en España rinde homenaje al cuarto centenario de la Segunda parte de Don Quijote de la Mancha (1615). Publicada por la Biblioteca Clásica de la Real Academia Española, el Instituto Cervantes y Espasa/Círculo de Lectores, tiene su origen en la edición crítica de 1998, también dirigida por Francisco Rico, que alcanzó sucesivas reediciones corregidas y aumentadas, sobre todo la de 2005, que se publicó con motivo de los 400 años de la primera edición de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, impresa a fines de 1604, pero con fecha de 1605 en la portada.

La novísima edición aparecida en junio mantiene el criterio seguido en las anteriores de Rico: además de diez estudios monográficos, el primer tomo contiene las dos partes del Quijote con notas a pie de página, abundantes pero acotadas y sujetas al sentido literal del texto, mientras que el segundo tomo, subtitulado Volumen complementario, las amplía y enriquece considerablemente en varias secciones, particularmente en Notas complementarias y Aparato crítico, pero sobre todo en Lecturas del "Quijote" , que se abre a interpretaciones literarias encargadas a prestigiosos hispanistas de todo el mundo, así como a historiadores (Roger Chartier), ensayistas (Alberto Manguel), y autores de ficción como Javier Marías y Javier Cercas. Cada uno de ellos escribe un comentario crítico para el segmento que se le encomienda: una sección (portada, prólogo, versos preliminares) o capítulo de la obra. Esto implica nada menos que 57 Lecturas del Quijote para su primera parte y 77 para la segunda, lo que da "una óptima idea de la inagotable riqueza del libro y de la multiplicidad de enfoques a que se presta", en palabras de Francisco Rico.

En la nutrida sección de Apéndices hay estudios accesibles a cualquier lector, entre los que figuran La lengua del "Quijote": rasgos generales (Juan Gutiérrez Cuadrado), Motivos y tópicos caballerescos (Mari Carmen Marín Pina) y Monedas, pesos y medidas (Bernat Hernández). En el anexo de ilustraciones destacan los mapas que reflejan la ruta del Quijote; dibujos de ropa, armas, muebles, instrumentos musicales y objetos cotidianos de la época, y los planos de la bien conservada casa en Esquivias de Alonso Quijada de Salazar (1560-1604), hidalgo contemporáneo del personaje novelesco.

Particularmente atractivo es el apartado La biblioteca de Don Quijote, que reproduce páginas interiores de los libros mencionados en el escrutinio realizado por el cura y el barbero. En Imágenes del "Quijote", el lector puede apreciar las representaciones que han realizado de Sancho y su señor desde un artista anónimo de 1618 -para una traducción francesa- hasta las contemporáneas versiones de Dalí (1946), José Segrelles (1966), Eberhard Schlotter (1979-1982) y Antonio Saura (1987).

"Para escribir un buen libro no considero imprescindible conocer París ni haber leído el Quijote. Cervantes cuando lo escribió aún no lo había leído", decía Miguel Delibes. Del mismo modo podría afirmarse que para leer el Quijote no es imprescindible la edición de Francisco Rico, pero leerlo en ella permitirá apreciar muchísimo mejor una novela que requería, con urgencia, un aparato crítico y de notas que acercara su lengua y su contexto a las nuevas generaciones.

LAS MÁSCARAS DE CERVANTES

"El Cervantes de carne y hueso, muerto hace casi cuatro siglos, nos es inasequible por definición; es una sombra que no podemos alcanzar", comprueba Jean Canavaggio en su estudio Vida y literatura: Cervantes en el "Quijote " . Luego de advertir la casi completa falta de escritos íntimos del autor, el cervantista francés postula que en la novela es posible descubrir "el doble de aquel sujeto desaparecido", que se deja entrever en las muestras dispersas de un autobiografismo episódico. La primera de ellas está en el prólogo de la primera parte, donde el escritor se representa "suspenso, con el papel delante, la pluma en la oreja, el codo en el bufete y la mano en la mejilla, pensando lo que diría...".

Pero es Cide Hamete Benengeli, autor del manuscrito árabe hecho traducir por el segundo narrador del Quijote, la que Canavaggio considera "la más fascinante de las máscaras inventadas por Cervantes para disimularse y excitar así nuestra curiosidad". En una etimología propuesta por Bencheneb y Marcilly, este nombre contiene una notable carga autobiográfica: Cide: "señor"; Hamete: "que más alaba al Señor"; Ben-engeli: "hijo del Evangelio", es decir, no del Corán, y, por lo tanto, cristiano. En la España del siglo XVI, quizá un converso.

Miguel de Cervantes (Alcalá de Henares, 1547 - Madrid, 1616) adoptó Saavedra como segundo apellido hacia 1586. Su madre se llamaba Leonor de Cortinas. El apelativo Saavedra no lo llevó ninguno de sus antepasados directos y lo tomó probablemente de un pariente lejano. Se ha visto en la incorporación de este apellido una conducta compensatoria: a falta de poder deshacerse, por razones desconocidas, del patronímico paterno, Miguel lo habría doblado en el plano social y simbólico.

Una nueva interpretación propone Luce López-Baralt, quien a partir de la voz árabe dialectal Shaibedraa ("brazo defectuoso"), deduce que este habría sido un insulto burlón a su manquedad, apodo que habría recibido durante su cautiverio en Argel. El cruce entre el apellido gallego Saavedra y el Shaibedraa argelino sería, pues, la síntesis de un conflicto emocional en la reivindicación de una identidad ambigua. "Sea lo que fuere, con el triunfo del Quijote la posteridad ha consagrado, definitivamente, el doble apellido de Cervantes Saavedra, en un desquite de todos los fracasos experimentados por el que lo forjó", concluye Canavaggio.

LECTORES ILUSTRES

Sobre el Prólogo de 1605, Alberto Manguel demuestra que Cervantes subvierte las reglas de esta clase de textos. En él se queja de incapacidad y falta de inspiración, incorpora a un "anónimo amigo" que le ayuda a diseñar el texto y se presenta a sí mismo como "padrastro" del libro (pues su verdadero padre es un árabe). El tradicional "lugar apacible" de composición es sustituido por la confesión de que su obra se "engendró" en una cárcel, posiblemente en 1597. Al final, Cervantes pone en ridículo los prólogos clásicos, demostrando que, por su estilo pomposo, lleno de referencias trilladas y citas apócrifas, puede componerlos cualquiera.

Roger Chartier, al analizar el capítulo VI de la Primera parte, ve en el "donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo" un procedimiento comparable con los actos públicos de la Inquisición, incluidos la censura y el rito del auto de fe. Sin embargo, Chartier no se atreve a establecer si se trata de una burla simplemente graciosa, una crítica indirecta al Tribunal del Santo Oficio o la manifestación de la ambivalencia de Cervantes ante la necesidad del control de los libros y el rechazo de su exceso.

Llama la atención a Javier Marías en el capítulo XXXII ("Que trata de lo que sucedió en la venta a toda la cuadrilla de Don Quijote") la discusión que entablan los personajes acerca de la ficción y la realidad. El máximo defensor de la primera es el ventero, quien no cree que los portentos que se cuentan en las novelas de caballerías sean disparates, estando el libro que los contiene "impreso con licencia de los señores del Consejo Real, como si ellos fueran gente que habían de imprimir tanta mentira junta". Marías especula que hay un elemento sibilinamente uniformador en la narración: "una vez que algo es narrado, una vez que es contado, resulta ya secundario que se trate de hechos reales o ficticios. La narración nivela las cosas, y difumina toda frontera entre realidad y ficción".

Javier Cercas comenta el Prólogo y Dedicatoria de la Segunda parte del Quijote. El autor de Soldados de Salamina -quien en esa novela recordaba cómo le había surgido la idea de escribirla luego de una conversación con Roberto Bolaño- reafirma que la obra maestra de Cervantes contiene en germen todas las posibilidades del género: la Primera parte se ocupa de la realidad o de la relación entre Don Quijote y Sancho con la realidad, y en esa medida es moderna, mientras que la Segunda parte es posmoderna porque se ocupa ante todo de la representación de la realidad, es decir de los textos, y la relación de Don Quijote y Sancho con aquellos que los representan: la Primera parte del Quijote y el Quijote falso de Avellaneda. A Cercas le parece una gran paradoja de la literatura que la continuación del libro haya sido propiciada por la publicación de un apócrifo, y que pueda leerse, de comienzo a fin, como una elaborada respuesta contra Avellaneda, teñida de una ironía sin amargura desde su prólogo.

LA INDUMENTARIA

Es "impensable" que Cervantes imaginara a Don Quijote con una armadura gótica, dice la estudiosa Carmen Bernis. Por más que el autor proporcionara a su héroe armas anacrónicas que sorprendían a cuantos se tropezaban con él en su primera salida, no podía conocer en detalle las que usaban los caballeros medievales. El arnés o conjunto de armas que el caballero acomodaba a su cuerpo con correas y hebillas sería como los que se usaban en la primera mitad del siglo XVI, que tenían aún falda de mallas. La lanza que guardaba en su astillero (percha donde se ponen astas, picas o lanzas) no era tampoco una gruesa lanza de guerra, sino una lanza vieja, rota fácilmente por un mozo de mulas. La adarga antigua era un escudo de cuero que en la Edad Media habían usado principalmente los musulmanes. En tiempos de Cervantes lo utilizaban los jinetes encargados de defender las costas de los ataques de los corsarios, empleando tácticas parecidas a las que se habían seguido en la Reconquista.

En la indumentaria de Sancho destaca el sayo, alguna vez usado por señores y plebeyos, pero que ya en el siglo XVII era una prenda de los villanos. De forma sencilla, por lo general corto, tenía mangas independientes, sujetas a los hombros con un cordón, para facilitar los movimientos. Los calzones o greguescos del improvisado escudero no eran cerrados en las rodillas, sino abiertos por abajo, y atados a la cintura por una lazada corrediza. "La caperuza de los villanos era el tocado de confección más sencilla de cuantos existían: un simple casquete, sin ala y sin vuelta, terminado en punta", escribe Carmen Bernis.(© El Mercurio GDA)

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