BIOGRAFÍA DE LEONARDO DA VINCI

Medio milenio del genio italiano

El libro de Walter Isaacson es un extenso recorrido por muchas de las facetas de Leonardo Da Vinci. 

Walter Isaacson
El escritor frente a su obra.

En este 2019, muchos lectores uruguayos se sorprenden por haber vivido ya diez años sin Mario Benedetti o Idea Vilariño. Pero al pensar en una figura universal como Leonardo Da Vinci, y en aniversarios más rotundos como el medio milenio de su muerte, el asombro es el opuesto: hemos pasado en compañía del genio muchos más años que los de su vida física. Y mientras que sobre la posteridad de nuestros grandes difuntos recientes solo podemos conjeturar, allí está Leonardo da Vinci, con sus quinientos años de vigencia, despertando a la vez admiración e intriga, no solo por su obra sino también por su personalidad. Una nueva biografía del pintor realizada por el investigador Walter Isaacson revisa algunas facetas del genial florentino, a menudo opacadas por la belleza pictórica de La Gioconda o La última cena.

El pintor, el ingeniero

Leonardo buscó toda su vida un mecenas comprensivo, generoso y tolerante que supiese apreciar su genialidad múltiple, y lo encontró, ya muy anciano, en Francisco I, Rey de Francia, a quien sirvió desde 1516 hasta la muerte. Pero en 1582, cuando la República de Florencia lo envió como componente cultural de una embajada al Ducado de Milán, Leonardo ofreció por carta al hombre fuerte milanés, Ludovico Sforza, sus servicios como arquitecto, ingeniero civil y militar, organizador de fiestas y representaciones y, por último, como pintor.

Leonardo sería luego todo esto y más, pero al ofrecerse a Sforza tenía detrás tan solo unos muy interesantes aportes en cuadros del taller de Andrea del Verrochio, de quien había sido discípulo, una genial pero inconclusa Adoración de los Magos y el retrato de una bella joven florentina, Ginevra de Benci. Casi todo lo que Leonardo ofrecía eran proyectos. El fruto tangible de su estadía de dieciocho años en Milán serían muchas memorables escenografías y montajes teatrales de los que se conservan algunos planos y dibujos, así como fábulas que leía en las veladas de la corte ducal, y proyectos de arquitectura e ingeniería civil y militar. También improvisaba canciones, acompañándose con la “lira de braccio”, y fue célebre el modelo en arcilla de un caballo de siete metros de altura, previo al molde para esculpir en bronce la estatua ecuestre del padre de Ludovico Sforza -nunca terminada, porque el bronce se utilizó para fundir cañones. El fruto pictórico del período fue una serie de retratos entre los que destaca el de Cecilia Gallerani, amante de Ludovico, titulado La dama del armiño.

Leonardo Da Vinci por Ombú
Leonardo Da Vinci por Ombú

Desde sus inicios en Florencia, Leonardo estaría marcado por una multiplicidad de inquietudes y talentos, que enriquecieron muchísimo su obra pictórica, pero tuvieron también mucho que ver en que buena parte de ella quedase inconclusa.

Artes, ciencias y técnicas

En nuestros tiempos de conocimiento cada vez más especializado, maravilla pensar en aquellos hombres del renacimiento capaces de cultivar múltiples intereses con alto nivel de destaque. Leonardo no fue el único ejemplo de esta amplitud renacentista, pero sí el más completo y variado.

Ya desde sus años de aprendizaje en el taller de Verrocchio fue de una ejemplar ambición artística: quería que su pintura fuese dinámica, que trasmitiese la ilusión del movimiento, pero también que los gestos de los personajes retratados comunicasen sus emociones. Para ello, estudió la perspectiva con sus conocimientos geométricos, pero también la óptica, pues para hacer que la gente viera lo que representaban sus cuadros necesitaba entender cómo vemos los seres humanos. Tanto para entender el funcionamiento del ojo, como para comprender el funcionamiento de los músculos, debió estudiar anatomía, realizando disecciones de cadáveres. Dejó excelentes dibujos en sus cuadernos (sobreviven alrededor de 7 mil páginas de un total de 21 mil).

Pero en casi todos los casos, cuando investigaba para resolver un problema complejo, terminaba al poco tiempo indagando por el gusto de investigar. Aunque su intención no fuese pintar un corazón en ninguno de sus cuadros, en sus disecciones llegó a descubrir cómo funciona la válvula aórtica, o que la arteriosclerosis es un proceso asociado a la edad. De una cosa llegaba a la otra: muchos de sus diseños de “máquinas voladoras” derivaron de sus diseños de artefactos teatrales que fingiesen el vuelo. Porque en Leonardo se aunaban altísimas dotes de observador, enorme curiosidad, una imaginación capaz de combinar elementos de lo más diversos y el desparpajo de los niños para atreverse a preguntar lo que sea.

El genio voluble

A lo largo de quinientos años muchos han sostenido que este saltar de una cosa a la otra perjudicó la carrera de Leonardo como pintor. Es discutible: cuando comenzó a pintar La Gioconda, célebre por su sonrisa, estaba estudiando los músculos de la cara, y en especial los de los labios.

Es cierto que muchas de sus pinturas más célebres (La adoración de los magos, el mural de la Batalla de Anghiari en el Palacio Vecchio de la Plaza de la Señoría de Florencia, que hoy sólo conocemos por copias que distintos maestros fueron tomando de los cartones preparatorios para el trabajo definitivo) quedaron inconclusas. Pero no es menos cierto que esos cuadros inconclusos alcanzaron belleza suficiente como para influir en grandes pintores por siglos. Debe anotarse que el carácter inacabado de estas obras se debe al rigor de Leonardo: quería obras perfectas, no simplemente buenas, y si algún problema técnico le impedía lograrlo, abandonaba el trabajo para retomarlo sólo cuando hallaba una solución. Para el pintor, la misma Gioconda estaba inconclusa, y la siguió retocando hasta poco antes de morir.

En el terreno teórico la cosa es distinta. Muchas veces Leonardo se propuso sistematizar en tratados sus descubrimientos sobre la pintura y diversos campos científicos y técnicos. Nunca los redactó ni publicó, a tal punto que muchos de sus hallazgos se han ido redescubriendo siglos después.

El bastardo

Hijo natural de Piero Fruosino di Antonio, dirigente y embajador de la República de Florencia, notario, su bastardía -Da Vinci no es apellido, sino el lugar de su nacimiento- le trajo ventajas y desventajas. Al ser ilegítimo no pudo aspirar a la conveniente y segura profesión de su padre, pero por el temperamento que demostró en su vida es difícil imaginarlo en la burocrática tarea de documentar contratos y redactar testamentos.

El trato recibido de su padre -y de su familia paterna- fue bastante bueno. Piero le consiguió un buen marido a Catalina, la madre de Leonardo. El propio Leonardo fue muy querido por su abuelo Antonio, su abuela Lucia y su joven tío Francesco, que lo haría su heredero. Albiera, primera esposa de su padre, fue una joven y cariñosa madrastra, aunque murió pronto.

Piero colocó a su joven hijo en el taller de Verrochio, y le fue consiguiendo encargos de cuadros y murales por varios años. De trabajo en trabajo, los contratos que el padre redactaba iban sumando cláusulas, en el vano empeño de que el hijo concluyese las pinturas. Casi siempre fue inútil.Leonardo llevó sin demasiado conflicto su condición de bastardo, como varias otras peculiaridades.

Vegano anticipado

Pese a ofrecerse a Ludovico Sforza como eficaz ingeniero militar -y dar pruebas de poder serlo años después, durante su breve servicio a César Borgia- Leonardo no comía carne por considerar cruel matar animales para consumirlos. Este rasgo, unido a su homosexualidad asumida sin complejos -a diferencia de la de su rival, el también florentino Miguel Ángel Buonarotti- y su espiritualidad por completo desligada del dogma católico, lo acercan a la mentalidad promedial de hoy día, tanto o más que sus anticipaciones científicas y tecnológicas.

Salai

Que no tuviese remordimientos por su sexualidad no implica que ésta no le causara complicaciones. Tuvo en su juventud dos acusaciones de sodomía de las que fue sobreseído. Fue afortunado de residir en Milán mientras dominaba en Florencia el fanático sacerdote dominico Fray Girolamo Savonarola (entre 1494 y 1497). Pero un amor lo hizo sufrir, el de su criado y aprendiz Gian Giacomo Caprotti da Oreno, llamado Salai (diablillo). Entró al servicio del Maestro en 1490. Desde el principio al final de su relación que duró un cuarto de siglo, lo describen bien estas palabras de Leonardo: “ladrón, embustero, obstinado, glotón”. Con los años devino un guapo mozo y la relación con su mentor tomó un cariz erótico.

Salai aparece dibujado muchas veces en los cuadernos de Leonardo. Se afirma que fue su modelo para la andrógina pintura de san Juan Bautista, que ha escandalizado por varios siglos a algunos espectadores pacatos. Esta anotación de 1508 pinta las tribulaciones de su mentor: “Salai: quiero la paz y no la guerra. No más guerra, me rindo”.

Cuando el genio partió a Francia para servir al Rey Francisco I, se separaron. Salai residió en un viñedo de Leonardo, vecino a Florencia. Lo visitó varias veces en Francia, y en todas las visitas sustrajo alguna cosa. No llegó a ser gran artista. Murió violentamente en 1524.

El poder

En su juventud, y por su modo caótico de trabajar, Leonardo no logró la protección de los Médicis, familia rica y culta que controlaba Florencia. Recién la conseguiría en 1513 cuando Giovanni de Médici fue nombrado Papa con el nombre de León X, y encargó a su hermano Juliano el embellecimiento de Roma. Pero esta relación no sería fructífera: era muy difícil que Leonardo tuviese los pinceles en las manos por largo tiempo.

Su protector más duradero fue Ludovico Sforza, “il Moro”, hombre fuerte y luego duque de Milán, a quien sirvió entre 1482 y 1500. Cuando Sforza fue expulsado de Milán por los franceses no dudó en entrar al servicio del Rey Luis XII y del gobernador francés del ducado, Carlos de Amboise.

Entre 1502 y 1503 sirvió como ingeniero militar a César Borgia, hijo del Papa Alejandro VI. De ese período quedan algunos planos precisos, detallados y fáciles de leer, que junto con la llave de rueda, diseñada en sus tiempos de Milán -que haría posible las armas de chispa, más eficaces que las de mecha- serían su principal aporte a las artes militares. De esos días sacó un profundo horror por la guerra, y también la amistad con un joven embajador e intelectual florentino: Nicolás Maquiavelo.

Sólo sería feliz con su último patrono, el cultísimo Rey Francisco I de Francia, con quien desarrollaría dentro de lo posible dada su diferencia de rango, una amistad intelectual. Un bello cuadro de Dominique Ingres (1780-1867) muestra a Leonardo muriendo en brazos del soberano que lo admiraba.

Lecciones prácticas

Repensar a Leonardo obliga a repensar la educación de nuestros jóvenes. Se les debe fomentar la curiosidad, la observación y la imaginación. Impulsar a hacer y hacerse preguntas. Se los debe apartar del flujo de imágenes audiovisuales para que puedan imaginar. Con cuidado, se les debe dejar experimentar y, al menos por un tiempo, pasar de una cosa a la otra, hasta que hallen sus caminos. Debe fomentarse el humanismo y la amplitud, evitando las especializaciones apresuradas. Deben entender el espíritu del Hombre de Vitruvio en el que Leonardo aunó su talento de dibujante, conocimientos geométricos y filosofía.

Claro que las carencias de Leonardo también enseñan. Buen geómetra intuitivo, estar flojo en álgebra y aritmética lo perjudicó. Debe insistirse para que los jóvenes académicos formalicen y publiquen sus hallazgos. Y para que guarden sus notas en cuadernos y libretas (que se pierden menos que los tweets, comentarios de redes sociales y correos electrónicos).

Esta biografía es un libro sólido y didáctico pero pretencioso. El subtítulo “la biografía”, hijo sin duda del marketing, defrauda más de lo que alienta. Isaacson muestra su oficio de investigador y docente riguroso y ameno -ya evidenciado en sus trabajos sobre Einstein y Steve Jobs- y el volumen cuenta con excelentes infografías, imágenes y notas, aunque sin aportar demasiadas novedades sobre el personaje estudiado. Sin embargo, las citas de los cuadernos manuscritos de Leonardo son abundantes, oportunas y reveladoras.

LEONARDO DA VINCI (LA BIOGRAFÍA), de Walter Isaacson. Debate, 2018. Barcelona, 584 págs. Walter Isaacson es profesor en la Universidad Tulane, Presidente de la CNN y Editor de la revista Time. Además de esta biografía sobre Leonardo da Vinci, escribió y publicó biografías sobre Einstein, Steve Jobs, Benjamin Franklin y Henry Kissinger.

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