La memoria urbana en un libro

Mariano Arana, el que mira Montevideo desde la vereda

Como Lewis Mumford, Mariano Arana camina por Montevideo y dice lo que le gusta y lo que le disgusta. El registro de eso está en un libro escrito por Horacio Cavallo, con fotos de Carlos Contrera.

Barrio Jardín
Barrio Jardín, 21 de setiembre frente al Club Sporting (foto Carlos Contrera)

El libro Arana, Pasión por Montevideo es un trabajo que se aleja de lo académico para adentrarse en un terreno ciudadano, un lugar donde prevalece la mirada de la gente de a pie. Es, de hecho, un libro que se hizo caminando, ya que el narrador y poeta Horacio Cavallo, junto al fotógrafo Carlos Contrera, acompañaron a Mariano Arana en una recorrida por algunos barrios y lugares emblemáticos de la capital del Uruguay. Así, grabador y cámara en mano, ambos fueron registrando lo que el arquitecto tenía para decir sobre la Ciudad Vieja, el fallido proyecto de Buquebús para la ex Compañía del Gas, sobre la plaza Casavalle, la plaza Gomensoro o el edificio Plaza Alemania de Rafael Viñoly, en la rambla casi Carlos María Morales. A favor y en contra, con gusto y con disgusto. A sus 86 años parece decidido a expresar sin filtro lo que siente por su ciudad, pensando una urbe que es la polis de un millón y medio de seres humanos, muchos de los cuales ignoran total o parcialmente la historia de sus edificios más emblemáticos. Es decir, carecen de memoria urbana.

Arana fue senador, ministro, intendente de Montevideo, edil; también fue docente, cantó en coros, y ha sido un protagonista clave en lo que hace a la recuperación de esa memoria urbana. Es reconocido por figuras de la arquitectura fuera de fronteras como Graciela Silvestri (Harvard, Cambridge), quien lo señaló como un articulador clave en la comprensión de la historia edilicia montevideana, sobre todo por el rol que jugaron las vanguardias. En un ensayo para El País Cultural, Silvestri destacó que Arana supo definir el mundo de la arquitectura uruguaya de entreguerras como “el de una modernidad sin vanguardia, abierta a múltiples voces, sin raíces ni abolengo” (en el Especial Eladio Dieste, 30/7/2004).

Del Clínicas al Parque Rodó

Vive la ciudad como propia, y se enoja. Tras pasar frente al Hospital de Clínicas, el edificio pensado por el arquitecto Surraco para que el sol llegue siempre a todas las habitaciones, prescindiendo del aire acondicionado, Arana se queja: “Yo no sé qué pasa ahora respecto a antes, que si no tenés aire acondicionado no podés respirar”. Sí, el aire natural es más sano, pero lo de Surraco también tenía un componente ético ajustado a la realidad de un país sin tantos recursos como Estados Unidos, por ejemplo, que podía poner aire acondicionado a cualquier cosa, señaló el propio Surraco.

Del Clínicas llegaron al Instituto de Higiene, ubicado frente a la Tribuna Olímpica del Estadio Centenario. Dice Arana: “Es de las cosas más importantes que conozco de la modernidad en toda América Latina. En 1991 fue declarado Monumento Histórico Nacional. El interior me deja pasmado por su congruencia y su refinamiento. Este edificio, junto al Instituto de Traumatología y el Hospital de Clínicas, constituían el grupo de edificaciones que motivaron el concurso en el que resultó ganador el arquitecto Carlos Surraco. En particular el Instituto de Higiene es, por lo que conozco, uno de los edificios más destacados de la renovación arquitectónica del continente (...). Mirás los detalles, y te das cuenta que es un creador que sabía de verdad. Por ejemplo, observá cómo está resuelta la escalera al llegar al borde y el pilar éste que hace como que lo divide al medio”.

Luego, con las cien viviendas del barrio Reus Sur, que pondera, y las seiscientas viviendas del barrio Reus Norte, conocido como Villa Muñoz o “barrio de los judíos”, y cuya evolución hoy le disgusta. Las del norte “fueron reservadas a través de contactos por correo que se hacían con familiares de judíos que venían de Europa por razones económicas o huyendo de la persecución nazi. Lamentablemente muchas de estas viviendas se han ido convirtiendo poco a poco en comercios y depósitos. Es una pena porque van degradando las unidades que estaban pensadas para viviendas”.

También se enoja con la propuesta de Buquebús para la Compañía del Gas con el fin de construir un puerto y una terminal. “Felizmente, la propuesta se desechó porque la faja costera desde la línea de edificación hasta el borde del río fue declarada monumento nacional”.

Caminando por la rambla, se detienen detrás del Cementerio Central en la estación de bombeo del saneamiento. El fotógrafo Contrera le pregunta a Arana, señalando la torre sobre la estación, si por su carácter art déco pretendió ser un homenaje a la torre del Estadio

Llegan enseguida al nuevo edificio de Rafael Viñoly, el Plaza Alemania, un gigante de vidrio de alto impacto. Es consciente que en el barrio existieron voces a favor y en contra del emprendimiento. “Es de gran calidad” señala, “sin desbordes formales y una asombrosa tecnología. Igualmente valiosas son las plazoletas curvas diseñadas por Viñoly”.

Plaza Alemania
En el Plaza Alemania (foto Carlos Contrera)

Desde lejos ven la Facultad de Ingeniería, obra de Julio Vilamajó “el inclasificable —el único arquitecto que Eladio Dieste menciona” señaló Silvestri. Aunque dicha Facultad es considerada una obra arquitectónica excepcional, no cuenta con la aprobación ciudadana que suele dedicarle epítetos tales como “feo”, “horrible”, “espantoso”, o también dejar paso a un más moderado “no lo entiendo”. Y sí, quien dice eso sospecha que hay más, que es un edificio que merece ser “entendido” en su complejidad, en sus resoluciones geniales, sus detalles y espacios. Aunque sea “feo”.

De camino al Parque Rodó pondera la solución arquitectónica para el sitio que hoy ocupa McDonald’s, frente a la rambla; luego pasan por el Barrio Jardín de Eugenio Baroffio, en 21 de setiembre y Bulevar Artigas, con sus pasajes peatonales y calles sinuosas. “Esas pequeñas casas medio abigarradas frente al Sporting presentan una atractiva volumetría y una ornamentación cuidada. Se caracterizan por una modernidad elaborada, bastante opuesta a esa tajante racionalidad que promovieron en las décadas de 1920 y 1930 Le Corbusier y no pocos alemanes”. Son de Gonzalo Vázquez Barrière, socio de Rafael Ruano, construidas allá por 1912, pero de una modernidad perenne.

Llegan, entonces, al “mágico” castillito del Parque Rodó, que ha sido recién reciclado. Arana recuerda que allí conoció a Juan Carlos Onetti cuando era funcionario municipal. “Una vez me regaló un libro que le habían donado en Estados Unidos, era un libro sobre el genial arquitecto Frank Lloyd Wright. Me dijo, ‘es como un retorno al vientre materno, por todo lo que se concentra alrededor de la chimenea’. Onetti se refería a una de las tantas modalidades del viejo Wright, que vivió más de noventa años”.

Wright, el genio, leído y explicado por otro genio, Onetti.

Graffitis

Arana, el que prefiere la vereda, no va solo. Sus compañeros de ruta Cavallo y Contrera interactúan, cuestionan, aportan. El fotógrafo suele adelantarse de forma intuitiva y tomar las fotos adecuadas para no perderse lo que viene después, el momento lento de la reflexión. Por ejemplo con los graffitis, que generan en Arana sentimientos contradictorios, pues intenta separar las realizaciones de calidad plástica de aquellas otras que intervienen mal el espacio público, que ensucian, agreden una fachada. Que nunca la jerarquizan. Claro que esa cuestión, la de definir qué es calidad artística y qué no, y que ha preocupado al ser humano desde que tiene espíritu crítico, se instala. Y Arana, frente a cada expresión mural que enfrenta —expresiones que han llegado para instalarse— prefiere la duda.

Se detienen en la ex Cárcel de Miguelete, hoy convertida en espacio de artes y museo con el Espacio de Arte Contemporáneo y el Museo de Historia Natural. Pero le preocupan los muros exteriores, altos, todavía ominosos, que encerraban una cárcel de estructura en panóptico, habitual en países europeos donde desde un edificio central de observación se controlaban los distintos corredores que alineaban las celdas. A pesar de que los jardines interiores y exteriores han sido tratados con esmero, la contundencia de los muros persiste, y los encargados de desestructurarlos, de “romperlos” simbólicamente, son los graffiteros.

“Incluso valoro algunas pinturas medio tenebrosas”, explica, “como esa calavera florida, que tiene calidad pictórica y resignifica al edificio y al barrio”. Siguen recorriendo lo que Cavallo llama “museo popular a cielo abierto”, y se detienen en una frase sobre un dibujo de una planta de marihuana: “No más paragua”. Arana no entiende, y Contrera le explica que se refiere a la marihuana paraguaya, conocida por “su mala calidad y pegue”, dice. Siguen, y se sorprenden ante un trabajo de Vicente, Cobre Art. El arquitecto comenta que ojalá él pudiera pintar aunque fuera la mitad de lo bien que pinta Vicente.

Siguen, entonces, hacia la periferia de la ciudad, detrás del Cerrito de la Victoria, a esos barrios que los habitantes del sur de Avenida Italia suelen conocer por las noticias policiales, pero que casi nunca pisan. Se dirigen —en auto, y siempre Arana conduciendo— hacia la plaza Casavalle reinaugurada en 2013. Está ubicada en Aparicio Saravia y Martirené. Los cambios fueron bien percibidos por los vecinos, que integraron el espacio como un bien público a ser disfrutado. Hay canchas para los más deportistas, espacios verdes, bancos, luz. En tiempos de Covid-19, se puede ver a través de la computadora con las fotos esféricas de Google Maps. Basta digitar en el buscador del mapa de Montevideo “Aparicio Saravia y Martirené”.

“Lamentablemente perdí una foto de una de estas casas” dice Arana, mientras mira las construcciones precarias que más han sentido la influencia de esta intervención en Casavalle. “Todas las casas o la mayoría tienen generalmente un pequeño retiro. En una de ellas había un parrillerito que le daba cierta privacidad. No bien apareció este espacio (la plaza) alguien, con mucho deseo de dignificar su casita por el nuevo entorno, pintó las chapas de rojo y con un pincel fino, con pintura blanca y mano tembleque, procuró imitar el ladrillo visto en aquella lata oxidada. ¡Imitaba el ladrillo en la chapa! No sabés lo que me apena haber perdido esa foto, porque era una prueba de cómo la gente valora lo que a veces ciertos pelucones de la izquierda desprecian”.

Nombres, obras

El libro Arana, Pasión por Montevideo es también un buen inventario de obras, arquitectos y artistas, de calles y nombres. Si bien ayudarán al lector libros como las Guías Elarqa de Arquitectura, que siguen barrio a barrio las obras de valor patrimonial, Arana siempre mira más allá para aportar nombres poco conocidos. Por ejemplo tras ingresar al Cementerio del Buceo y destacar obras art nouveau de Leonardo Bistolfi (“un portentoso escultor”), o las esculturas de Juan Manuel Ferrari en determinado panteón, o de Juan Zorrilla de San Martín, Eduardo Yepes... La tranquilidad del cementerio ayuda a la percepción lenta, al registro pausado de los efectos plásticos. No ocurre lo mismo en Bulevar Artigas y 21 de setiembre, con el ruido y la vorágine del tránsito, cuando se para ante una obra de Octavio Podestá, ‘Las Gavias’. Es una escultura ubicada en el cantero central de Bulevar Artigas. De hierro crudo expuesto al óxido y todavía elegante, fue encargada y colocada allí por el Director de Cultura de la Intendencia de Montevideo, Thomas Lowy, allá por 1990. Cerca está el jardín del Museo Nacional de Artes Visuales, obra de Leandro Silva Delgado, o los trabajos de otros escultores desperdigados por todo el Parque Rodó. Por ejemplo, “esa estupenda escultura de ‘El labrador’ que está mirando al horizonte (obra de) Antonio Pena, que trabajó mucho con Julio Vilamajó. En 1936 ambos se presentaron a un concurso que terminaron ganando y consistió en un homenaje que le hacía Uruguay a la Argentina: el monumento a la ‘Confraternidad argentino-uruguaya’. Se inauguró en 1937, en el bajo, en Leandro Alem”.

Y siguen caminando por las veredas de la ciudad. Como Lewis Mumford en la recopilación/libro de sus notas críticas sobre arquitectura que publicó en The New Yorker durante más de 30 años. Lo titularon Sidewalk critic, o sea, “crítico de vereda” (Princeton Architectural Press, 1998). Mumford, que ya era una autoridad mundial en arquitectura y urbanismo, y que no era arquitecto (su formación era en letras norteamericanas) caminaba con sus conciudadanos por las veredas de Nueva York como uno más, elevando la mirada para entender su ciudad.

ARANA, PASIÓN POR MONTEVIDEO, de Horacio Cavallo y Carlos Contrera. Banda Oriental, 2020. Montevideo, 144 págs.

Plazas convocantes

“La plaza Gomensoro es una preciosidad de diseño. Sospecho que puede haber actuado acá el arquitecto Juan A. Scasso, que era funcionario municipal. Estas plazas con dos niveles son muy convocantes”. Mariano Arana en Arana, Pasión por Montevideo.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados