Con Estrellita Brodsky

La madrina inesperada

Coleccionista y promotora de Torres-García, de la diáspora oriental.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Estrellita Brodsky

POR LA forma en la que habla y se viste podría haber dejado Montevideo hace dos días, pero Estrellita Brodsky es la mitad de la que posiblemente sea el power couple más influyente del arte en Nueva York. Su marido, Daniel Brodsky, es el presidente del Directorio del Metropolitan Museum of Art (Met) de Nueva York. Ella está en el comité de adquisiciones del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA), y del Tate de Londres. Ambos son, además, grandes coleccionistas, y han financiado las posiciones curatoriales recientes del Met, en arquitectura y arte latinoamericano, que llevan sus nombres. Según cuentan en el ambiente, Estrellita fue un estímulo determinante en la muestra de Torres-García del MoMA (que incluye obra de su colección privada), y en un castellano perfecto, entre rioplatense y neutro, conversó sobre el arte uruguayo en la Gran Manzana.

—¿Cómo es la conexión uruguaya?

—Mi mamá nació en una familia muy instalada en el Uruguay, eran cinco hermanos. Su abuelo había sido el presidente Juan Idiarte Borda, a quien asesinaron. Mi papá nació en Europa pero se fue solo a Venezuela. Encontró allí una sociedad mucho más abierta y quiso mucho a su país adoptivo. Pero cuando se casaron Uruguay estaba muy desarrollado y mi mamá no quiso ni pensar en mudarse a Venezuela. Como mi papá no quiso venir a Uruguay, se establecieron en Nueva York. Allí nacimos las tres hermanas, pero siempre con un pie en cada mundo, visitando seguido Montevideo y Caracas porque las conexiones familiares y culturales eran muy fuertes. La gente en EE.UU. no entendía nada….

—¿Por qué?

—Uruguay era la pequeña Suiza, y Venezuela en los ´50 y ´60 era el boom total del Modernismo y la esperanza, algo totalmente distinto de lo que la mayor parte de la gente asociaba a América Latina. En esa época no había en EE.UU. dónde estudiar arte latinoamericano, que era lo que a mi me gustó desde siempre. Hice cursos de literatura latinoamericana y luego mi maestría en arte europeo. Cuando mis hijos fueron más grandes fui a trabajar al Museo del Barrio, que en ese momento se estaba ampliando, para hacerlo más inclusivo del arte de toda latinoamérica. Ayudé a armar una exposición sobre el arte de los taínos, los precolombinos del Caribe que nadie tenía idea de su existencia. Me di cuenta de que necesitaban recursos, me hice parte de su directorio y luego su co-presidenta. Cuando los chicos fueron más grandes lo dejé para dedicarme a mi pasión, el estudio del arte latinoamericano, y completé mi doctorado en la Universidad de Nueva York.

—¿Y por qué el MoMA se decidió finalmente a hacer la muestra de Torres García?

—No puedo hablar por el museo. Es muy complicada la manera en la que llegan a tomar sus decisiones, pero sin duda es un reconocimiento merecido. Poco a poco, o mejor dicho poco a largo, la colección latinoamericana se ha ido ampliando y se fue tomando cada vez más conciencia del rol de Torres-García, no solo en Uruguay y latinoamérica, sino en el plano internacional.

—¿Pero no es un escándalo que esto no se haya hecho décadas atrás?

—Quien sabe, hay tantos maestros... pienso en Mondrian por ejemplo, y no se cuando fue su última gran exposición. Todo no se puede, y hay que valorar este momento tan especial.

—¿Esta muestra afectará al arte uruguayo más allá de Torres-García?

—Va a ser un comienzo. Conociendo a Luis (Pérez-Oramas) se que va a ser un trabajo de enorme profundidad y que va a abrir el discurso.

—¿Algún artista uruguayo del momento que le interese?

—Me dicen que en la Bienal de Venecia, donde Marco Maggi estuvo como representante, Uruguay tuvo uno de los pabellones más interesantes, con un trabajo como se debe.

—¿Qué le parece el catálogo online de la obra de Torres-García?

—Es fundamental. Cuando yo hice mi doctorado lo más difícil resultaba encontrar información sobre las distintas obras, y esto está ahora disponible online. Con un nivel de investigación increíble. A los historiadores del arte les gusta poner todo en categorías muy claras, y esto va a demostrar lo difícil que es, como bien dijeron en su presentación. Porque Torres-García fue un artista sumamente prolífico, y así las obras estarán bien documentadas, se podrá saber de dónde vienen.

ENTENDER EL ARTE A FONDO

El encuentro con Estrellita es en un suntuoso hotel sobre Hyde Park. Entre las turistas rusas, árabes y europeas que ocupan con todos los brillos imaginables el bar, ella se destaca por un simple pantalón beige con camisa blanca y la preocupación eterna en Londres de no haber traído el impermeable. Es tremendamente simpática y cuenta que conoce desde hace mucho al argentino Julio Le Park, ya que sobre su obra se basó su doctorado, pero aclara que entonces “yo era muy joven y ahora yo soy muy grande pero él sigue igual”. Pero aunque estuvo por un par de días con el artista argentino en París para organizar una muestra de su obra en Miami, en Londres está apenas por una noche y no hay tiempo que perder: tiene una reunión cumbre del poderosísimo comité de compras del Tate, institución para la cual también financió el puesto de curador de arte latinoamericano, y le gusta estar muy alerta. “Los coleccionistas latinoamericanos sí conocen mucho a los artistas de sus países que a veces no son tan evidentes para los curadores no especializados de los museos grandes, y para mi es una gran experiencia de aprendizaje”, subraya.

—Usted es una mezcla rara de coleccionista, mecenas, curadora y académica. Con tantos sombreros, ¿cómo elige una obra para comprar para sí, o para un museo?

—En todos mis diferentes sombreros, en esta cosa casi esquizofrénica que tengo, siempre pienso que es importante entender el arte a fondo. Obviamente me tiene que gustar primero la obra, me tiene que decir algo, y en eso juega la intuición. De hecho, muchas veces discutí con otros curadores porque no les convencía cuando yo insistía con la compra de alguien poco conocido, y cinco años después se había convertido en un artista muy importante. Pero hay que comprar pensando en que uno se va a quedar un largo tiempo con esa obra, y no en si se va a valorizar o no. Al principio yo no compraba artistas vivos porque uno nunca sabe a dónde van. Pero siempre estudié bien de dónde vienen y cómo surge su obra, es la parte de investigación que hay que sumar a la intuición.

—¿Sus hijos heredaron la pasión?

—Mi marido, como presidente del directorio del Met, tiene un trabajo enorme. Tengo dos hijos varones que trabajan en desarrollos inmobiliarios con él, y una hija abogada que trabaja con el tema de derechos humanos en las cárceles, pero a todos les encanta el arte. A los 12 años, para Navidad o los cumpleaños, les dejábamos que eligieran alguna obrita como regalo. Hoy me las están pidiendo en préstamo los grandes museos, así que ¡parece que compramos muy bien!

—¿Qué obra se le escapó?

—Lo que más he querido tener, lo que me fascina, es un gran Goya, un Velázquez, un Zurbarán. Obras de espíritu tan moderno, tan intensas. De cualquier manera están bien para un museo, pero no sé si sería fácil vivir con ellas. Sí se me escaparon cosas más pequeñas. Un retrato precioso de Picasso de Marie Therese Walter, muy voluptuosa; un Torres-García en madera blanca…

—¿Nuevos proyectos?

—Ahora abrí un espacio sin fines de lucro en Chelsea para presentar en la ciudad otra visión del arte Latinoamericano. Muchas veces pasa que una exposición viaja a Los Ángeles, por ejemplo, y es una lástima que vuelva sin mostrarse por Nueva York. Este año arrancamos con Paulo Bruski, un artista brasileño conceptual que hace unos libros maravillosos. En Los Angeles tuve una muy buena curaduría, invitamos al equipo y al artista, que dio una excelente charla a los alumnos de posgrado del Instituto de Bellas Artes de la Universidad de Nueva York. Lo que estoy armando es un pequeño vehículo para difundir ideas, y me gustaría hacer algo con artistas uruguayos también.

—¿Y cuándo vuelven por Uruguay?

—Mi bisabuela tenía una casa en La Barra antes del puente, fue muy pionera, y yo tenía un recuerdo maravilloso de niña. Luego fui de joven con mi hermana y no teníamos donde quedarnos; terminamos en un cuarto de hotel en un sótano sin ventana. Cuando salimos a la superficie listas para ir a la playa, hacía un frío monumental, todo el mundo estaba con abrigos y paraguas…. Fue bastante distinto a lo que recordaba. Por suerte más adelante volví a Punta del Este con mis hijos y la pasamos muy bien, así que repetiremos.

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