Las grietas de vivir

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El Nuevo Día / GDA

Carlos Cipriani López

DESDE QUE OBTUVO el premio Clarín de Novela 2005 con Las viudas de los jueves, Claudia Piñeiro se convirtió en un auténtico best-seller de las letras argentinas. Antes solo había publicado Tuya, un eficaz policial negro contado desde un punto de vista femenino. La equilibrada mezcla entre capacidad literaria y olfato para seguir temas sociales y éticos que obsesionan al lector de su país siguió presente en Elena sabe y Las grietas de Jara, su más reciente novela. En una visita a la última Feria del Libro de Montevideo, Piñeiro contó sus pasos anteriores, sus hábitos de escritura y la relación que mantiene con sus personajes.

-Por reportajes que te hicieron en Argentina, se sabe que naciste en 1960, que te recibiste de Contadora Pública muy joven, a los 23 años, y que ejerciste la profesión durante una década, hasta que te ganó la angustia, y un día te descubriste en crisis, llorando. Pero eso, seguramente, no pasó del día a la noche. Hubo un proceso.

-Fue un proceso, ¡claro! Porque la gente por ahí piensa que dejé todo un día y me dediqué a escribir. Y no es así la vida. Yo era bachiller, y no sabía nada de Contabilidad, quería estudiar Sociología. Pero el año en que debía decidir eso se cerró la carrera por la dictadura militar. Entonces me quedé así, como sin saber qué estudiar. Mi mamá había empezado la carrera de Contador y no se recibió. Mi papá, también. Y mi hermano y yo, al final, terminamos siendo contadores. Nadie nos dijo que debíamos serlo, pero hay que ser algo. Y ahí fuimos.

-Pero egresaste con las mejores calificaciones. No fue recibirse por recibirse.

-Sí, estudié en la Universidad de Buenos Aires, di exámenes libres de todas las materias de un año para adelantarme. Y después terminé la carrera en cuatro años y tuve el mejor promedio de la UBA. Te cuento esto para decirte solo que me encanta estudiar. Y cuando trabajé, bueno, también lo hice con gusto. Como soy obsesiva, si tengo que hacer algo, lo voy a hacer. Pero lo que a mí me gustaba era escribir. Entonces, en todo ese tiempo de trabajo como contadora, lo que hice también fue ir a formarme con escritores, en talleres. Lo hacía sin saber que podía ser mi nueva profesión. Cuando estaba por cumplir los 30 años, tuve que viajar a San Pablo, a hacer una auditoría, a tomar un inventario de tornillos a una empresa. En el avión, re-deprimida, leyendo Ámbito Financiero (que es el diario que leen los contadores) vi un recuadro chiquito que anunciaba un concurso de novela de la editorial Tusquets. Ahí dije: "¡Bueno, se terminó! Cuando vuelva, pido licencia, y escribo una novela para ese concurso". No sé, ¿viste esas cosas que te aparecen...? Cuando volví, pedí la licencia, fui a buscar las bases y me encontré con que eran las del concurso de La Sonrisa Vertical, aquella serie de literatura erótica que tenía Tusquets. Y bueno, fue lo primero que escribí: literatura erótica. No estaba pensado que yo iba a escribir eso, pero así fue. Quedé entre las diez finalistas. En ese momento, yo revisaba lo que escribía con Enrique Medina, el autor de Las tumbas.

-Medina ha sido polifacético, además de escritor ha trabajado en cine, en televisión. En cuanto a esa novela que le llevaste, ¿fue un lector "personal" o en régimen de taller?

-Las dos cosas; vos llevabas los materiales, los leías, y él opinaba sobre lo que escribías. Pero como en general se opinaba sobre cuentos, aquella primera novela mía se la di para que la leyera por separado. Cuando la novela quedó entre los diez finalistas, fue como el primer impulso para decir: "bueno, ahora sí, hago un esfuerzo y me dedico a esto, a lo mejor tengo alguna posibilidad". Más adelante vi otro aviso, de un trabajo en una editorial que manejaba Oscar Blotta, que tenía varias revistas, entre ellas Emmanuelle, que fue bastante paradigmática en Buenos Aires, porque era una revista feminista entre comillas. Ahora ya no sería feminista, pero en ese momento en que estaban las revistas muy femeninas, del bricolage y la moda, sí lo era. Al final mandé una carta diciendo que era contadora, pero que pensaba en trabajar escribiendo. Desde ese momento sí, hice el cambio de una carrera a otra. Y empecé a estudiar también para ser guionista.

-¿De televisión?

-Sí, trabajé muchos años de guionista. Me permitió mantenerme.

-¿Qué trabajo destacarías?

-Uno que me gustó mucho hacer fue "Cuatro amigas", un unitario de Belatti y Segade, donde trabajaban Inés Estévez, Bertuccelli, Busnelli, y Paola Krum. Era una especie de "Sex and the city" vernáculo que me obligaba a tratar de ser cuatro veces inteligente (para cada uno de los personajes) y cada vez con un estilo diferente. Al terminar el capítulo quedaba agotada y sólo quería hablar de pavadas o de nada.

POLICIALES Y SOCIALES.

-Antes de ser guionista y contadora, ¿qué lugar ocupaba la literatura en tu vida? ¿Eras una lectora ocasional o compulsiva? ¿Una lectora de género, de novela negra o policiales?

-No, bulímica y caótica.

-Eso pasa en general, ¿no? ¿Pero qué leías?

-Me pasa que si yo sé que hay gente que lee mucho y bien, voy y la consulto. Puedo leer cualquier cosa, no sólo de género policial. Es una búsqueda errática. Pero bueno, en la época en que trabajaba de contadora me gustaba leer a Puig, a Carver o Cheever. Iba de un lado para otro. Puig no tiene nada que ver con Carver o Cheever.

-¿No te influyó Patricia Highsmith?

-Patricia Highsmith me interesa mucho, por el manejo del suspenso, la tensión que provoca.

-A veces tiene un humor perverso.

-Sí, es irónica, un poco perversa; vos decís: ¿cómo te podés reír de esto?

-Reírte por ejemplo de las mujeres, como en sus relatos misóginos.

-Claro. Mirá, ayer se presentó Las grietas de Jara en Buenos Aires. Lo hizo Guillermo Martínez, y él me dijo que si la escena en que Pablo Simó (el protagonista) tiene sexo con su mujer hubiese sido descripta por un hombre, lo hubieran tildado de misógino. Pero como yo soy mujer, me puedo reír de eso, ¿o no? Ja, ja, ja.

-Y también podés ser misógina.

-También puedo serlo, ¡claro! Pero no soy, no soy. Todo el policial negro me interesa, Chandler, por ejemplo.

-En Uruguay, hasta no hace mucho, era impensable una literatura policial local. Hoy eso cambió pero no hay todavía una tradición, como en Argentina. ¿Te gusta por ejemplo la obra de Soriano?

-En Argentina hay como dos bandos; pero a mí me gusta Soriano, la literatura popular en general. Soriano era un tipo popular. La gente estaba esperando que saliera un libro de él. Hay otros autores policiales argentinos que me gustan: Juan Martini y Leonardo Oyola. También Rodolfo Walsh escribió policiales. De alguna manera, Pablo De Santis también. Y Guillermo Martínez o Ernesto Mallo, con su novela La aguja en el pajar.

-¿Tus heroínas en la literatura?

-No se me ocurre... ¿seré misógina nomás? (risas) Capaz que Madame Bovary. O Nora, de Casa de muñecas de Ibsen, mujeres un poco diferentes a las de su época.

-¿La literatura policial te acompaña también en los viajes?

-A Montevideo vine leyendo a Simenon, que es policial pero cuenta muchas más cosas.

-¿Qué libro trajiste?

-Los sótanos de Majestic.

-Simenon tiene dos áreas: ese tipo de novela con un crimen que debe resolver Maigret, y la novela social.

-La novela social es lo que más me gusta. En todas mis novelas, aunque sea a través de una familia, cuento algo de la sociedad. Si pongo a un personaje a moverse por Buenos Aires no puedo soslayar el momento social.

-Tu primera novela, Tuya, es un policial neto.

-Es la más policial, sí

-Las grietas de Jara, tu cuarta novela, también es un policial, pero donde se ahonda mucho en las relaciones de familia. ¿Cuáles son los pasos para consagrar una estructura de ese tipo?

-Cuando empiezo una novela siempre tengo una imagen, la dejo macerar en la cabeza un tiempito. Esa imagen da lugar a situaciones que van armando el comienzo de la historia. Después me obligo a pensar hacia dónde va todo, y cuál puede ser el final. Recién ahí me pongo a escribir. Pero en casi todos los casos el final se modifica un poco. Creo que fue Marguerite Duras quien dijo que uno escribe para ver de qué va a escribir. Por eso a veces no podés ir exactamente al lugar donde tenías pensado llegar a priori. De todos modos, por una cuestión obsesiva, intento definir hacia dónde voy.

-El final es una cosa. Y otra, que antes del final elegido consideres necesario incluir una "vuelta de tuerca", como en Las grietas de Jara.

-Sí, claro. En Tuya también hay varias "vueltas de tuerca" en el medio. Creo que eso, para bien o para mal, proviene de mi formación como guionista. Cuando un publicista escribe ficción, tiene los vicios de la publicidad. Y cuando un periodista escribe, lo mismo. El oficio de guionista tiene ciertas normas que hay que cumplir. En la estructura de un guión estás todo el tiempo pensando en cuál va a ser el final del bloque, cuál va a ser el final del capítulo.

-Ahora que en Uruguay se conmemora el centenario de Onetti, se siguen discutiendo los alcances de la novela Los adioses. Y eso porque contiene una "vuelta de tuerca" poco antes del final.

-También los finales de las novelas pueden dar lugar a distintas interpretaciones, si son "abiertos". Después de Las viudas de los jueves yo aprendí que puede haber distintas lecturas. La novela vendió 150 mil ejemplares. No sé cuánta gente la leyó, pero sí que no todo el mundo va a entender que pasó lo que yo imagino que pasó después de la última página.

recuerdos de burZaco.

-¿Qué pasó con el final de tu segunda novela, Elena sabe, que no es un policial?

-Cambió muchísimo el final que yo imaginaba. Porque esa novela es la transformación de un personaje en un viaje.

-Es una novela muy íntima, con estilo "duro", y muy reflexiva sobre la condición de la mujer., la maternidad, el aborto, etc.

-Sí, esa novela está muy centrada en el cuerpo de la protagonista. Eso me obligó a buscar un lenguaje diferente. Yo no podía escribir Elena sabe con el lenguaje que usé en Las viudas de los jueves. Tenía que encontrar un lenguaje que acompañara a ese cuerpo. En la búsqueda, salió una novela bien distinta a las otras. Probablemente es la más personal de mis novelas. Hay gente a la que le parece que es la más difícil, tal vez porque toca temas dolorosos. Me parece que es la más genuina, como escritora.

-Naciste en Buenos Aires, en Burzaco. Es el paisaje de Elena sabe. ¿Cómo incidió en tu obra lo que viviste allí?

-Burzaco es un barrio del Gran Buenos Aires, de la zona sur, que es de las más pobres. El recorrido que hace Elena es en realidad el que hacía yo todos los días en el tren de la línea Roca. Hoy, aunque vivo en otro lugar, me sigo sintiendo de allí. Mis amigos siguen estando ahí. Parece mentira cómo los lugares donde nacés marcan ciertas cosas. Cuando empecé la novela, después ya no, revisaba lo que iba escribiendo con Guillermo Saccomano (escritor argentino autor de Bajo Bandera y 77). Y él me decía: ¿por qué vas a poner que la hija se muere ahorcada en un campanario, que es una cosa tan rara? Pero resulta que en Burzaco, en mi infancia, yo vi bajar a tres muertos del campanario de la iglesia. Si en Burzaco te querías suicidar, o te colgabas del campanario o te tirabas abajo del Roca, el tren. Para quienes vivieron en Burzaco, es como un código de historias compartidas, intransferibles. Ahí viví hasta los 26 años.

-¿Qué otras cosas de la infancia, qué lecturas por ejemplo, te han quedado también grabadas?

-Lo primero que me quedó grabado de chiquita, que tenía que leer en el colegio, fue Chico Carlo, de Juana de Ibarbourou. Y de más grande, me impactó mucho Relato de un náufrago, de García Márquez. Creo que por la soledad del personaje. Ya más en la adolescencia, Cortázar, que es lo que les pasa a casi todos los pibes. "Casa tomada" y "Final del juego".

-Beatriz Sarlo fue un poco dura en su crítica a Elena sabe.

-Te diría: es como ella hace las críticas. Que tome un libro mío y lo lea, eso me parece interesante. Hay cosas que dice que tiene razón, y otras que no.

-¿En qué no tiene razón?

-Ella se pregunta por qué la protagonista siempre anda con un pañuelo, por qué no se me ocurrió otra cosa. Bueno, mi mamá tenía Parkinson y el pañuelo de mi mamá estaba presente todo el tiempo. Para mí era fundamental en el personaje, yo lo veía así, con el pañuelo lleno de baba todo el tiempo. Ahora, ella (Sarlo) no tiene por qué saber todo eso.

CUESTIÓN DE ESTATUS.

-Tus novelas no son de compromiso político, en el sentido que se hablaba en los años sesenta y setenta. De todos modos, Las viudas de los jueves contiene referencias políticas.

-Es la más política de todas. En Buenos Aires el noventa por ciento cree que es una novela sobre los countries. Para mí es una novela de los años Noventa, del menemismo básicamente. No pongo fechas, pero hay datos del año en que apareció muerto un periodista en Pinamar. Todos nosotros sabemos que es Cabezas. Pero hubo muchos otros hechos políticos de corrupción. Una característica de los personajes de la novela es que no se dan cuenta de la crisis hasta que sucede.

-¿Cuando hablás de un country te referís a los barrios privados?

-Sí, no sé cómo les llaman acá.

-Igual, pero no está consagrado el nombre porque recién están surgiendo. Por lo pronto, no hay ninguna novela sobre la vida en los barrios privados.

-Hum... Preparate...

-Las viudas de los jueves no pone en cuestión la propiedad privada, pero habla de lo que puede llegar a hacerse para cuidar las apariencias.

-Sí, el ser por el tener. Los personajes son porque tienen. Si tu vida se va con eso, terminás haciendo cualquier cosa para defenderlo.

-Y ese estatus, en esos feudos, se comparte con poca gente.

-Sí, con pares, y con pares que no vayan a envidiar lo que tenés y quieran sacártelo. Mirá, cuando esa novela quedó finalista del Premio Clarín, yo me preguntaba si a Rosa Montero o a José Saramago, que integraban el jurado, podría interesarles una historia que transcurre en un mundo cerrado. Y justo, por ese época, salió una nota de Rosa Montero en El País de Madrid que se titulaba "Encerrados en el castillo", y donde confesaba cómo se sentía ella en España con respecto a la situación de los ilegales expulsados. Rosa Montero explicaba sentirse encerrada en un castillo, alrededor del cual se quieren levantar murallas, porque no se puede repartir lo que hay adentro y arriesgarse a quedar sin algo. Es un poco lo mismo que plantea la novela. Hay una tendencia mundial a solucionar los problemas de algunos con el encierro. Se van poniendo muros por todos lados.

-¿Cómo recibiste la adaptación al cine de Las viudas de los jueves, la película de Marcelo Piñeyro que acaba de estrenarse?

-Mirá, tengo amigos que han sufrido porque le han cambiado un diálogo en una escena que por ahí estuvieron pensando tres días. A mí eso no me pasa. Puedo desprenderme de mi texto para que otro con eso haga algo, un hecho artístico. Piñeyro tenía que tomar decisiones que yo no podía. Como sacar personajes, condensar, mezclar un personaje con otro.

-¿Pero ves tu novela en la película?

-Veo mi novela, pero veo un recorte. No está toda la novela. Lo que más le interesó a Piñeyro fue lo que de Cheever tiene la novela, esos personajes que lo pierden todo, su decadencia hasta la crisis final. En eso coincide con lo que más me interesó también. Por eso me dejó tan contenta el guión que hizo y la película que hizo.

EL TEATRO Y LOS NIÑOS.

-¿Cuánto tiempo te lleva escribir una novela? Porque además escribís para niños, y teatro. ¿Compartís los tiempos de escritura de esas áreas distintas?

-Para mí, una novela es un proceso de mucho tiempo, me lleva tres años. Cuando termino una novela quiero volver a escribir. Pero embarcarse en una nueva novela es agobiante. En este sentido, escribir para chicos es como descarburizar el cerebro, limpiarlo. Después de haber estudiado dramaturgia en la Escuela Municipal, también empecé a escribir obras de teatro, que me llevan menos tiempo que una novela. Y además me sacan del ostracismo del escritor, porque todo termina llevando a trabajar en equipo. Eso me ayuda a relajarme un poco.

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