Relatos de Edith Pearlman

Larga caminata por las calles de cualquier ciudad

Pequeños cuentos con el aliento de extensas novelas.

Edith Pearlman. Foto David Shankbone
Edith Pearlman. Foto David Shankbone

A sus 82 años, Edith Pearlman (Providence, Rhode Island, 1936) es otro de esos curiosos casos, como así ocurrió con Lucia Berlin, James Salter o Cynthia Ozick, en los que la fama golpea a la puerta de un gran escritor después de décadas de labor prácticamente anónima. Autora de unos doscientos cincuenta cuentos, muchos fueron publicados en revistas, otros en The New York Times, y finalmente editados por sellos independientes en libros de escasa circulación. En 2011 algo más de treinta relatos fueron antologados en el volumen Visión binocular, con un inmediato éxito de público y de crítica (entre otros galardones obtuvo el National Book Critics Circle Award). La traducción al castellano también demoró su tiempo, y recién este año aparecieron en España el antes mencionado (Anagrama) y una segunda recopilación, Miel del desierto (Alianza de Novelas, sin distribución en nuestro país).

Los especialistas han comparado esta obra con las de John Updike y Alice Munro, y los puntos de contacto resultan elocuentes tanto en su calidad como en ciertos mecanismos narrativos. Pero Pearlman no disimula su pertenencia a la extensa y brillante tradición de la literatura judía en Estados Unidos, que amalgama nombres esenciales como los de Isaac Bashevis Singer, Saul Bellow, Philip Roth, E.L. Doctorow y la citada Ozick. A diferencia de lo que ocurre con Singer, los personajes de Pearlman parecen haber perdido casi todo arraigo religioso. Alejadas de Bellow y de Roth, sus criaturas no se distinguen por una condición de tinte picaresco, apoyadas en vagabundeos emocionales y desobediencia frente a algunos dispositivos litúrgicos. Y a diferencia de Doctorow y de Ozick, tampoco registran una mirada crítica o heterodoxa ante lo que justamente les da identidad como nación en tierra ajena. Pero en todos los casos, y siempre como inapelable conciencia histórica, los sobrevuela y une la ominosa sombra del Holocausto.

Algunos de estos relatos se ambientan en la ficticia Godolphin, una zona de clase media alta ubicada a las afueras de Boston, donde se dan cita profesionales, egresados de Harvard, docentes, todos de sólida cultura y de estudiada y añeja estirpe. Otros tienen lugar en tierras más o menos lejanas: algún difuso país centroamericano, Polonia, Francia, Israel, aunque a todos los articulan el origen común del judaísmo, los azares de una diáspora que da comienzo en la primera mitad del siglo XX, y la presencia mayoritaria de mujeres no solo en tanto voz narradora, sino como ejemplo de una forma de interpretar el mundo solo atribuible a una manifiesta sensibilidad femenina.

LA PALABRA FELICIDAD

Se trata entonces, y más allá de su extracción social, de personas corrientes inmersas en situaciones corrientes. La gastroenteróloga jubilada que se muda a una zona apartada para enfrentarse al avance del cáncer y de la muerte (“Independencia”), la niña que espía a sus vecinos sin saber a ciencia cierta qué une a la pareja que vive en un edificio cercano (“Visión binocular”), la pareja de ancianos que empieza a cometer pequeños hurtos y luego dona lo robado, en un intento por recuperar sus lejanos años juveniles (“Fechorías”), las hermanas mellizas que observan perplejas el avance de la enfermedad de su padre y la extraña relación que une a su madre con una tía (“Educación en casa”), la exiliada polaca que ocupa el Ministerio de Sanidad de un remoto país, recorre algunas de sus poblaciones más desamparadas y anhela jubilarse y radicarse en Jerusalén (“Vaquita”): todo acontece con morosa serenidad hasta que de pronto una palabra, un gesto asordinado, una conducta fortuita, parecen desacomodar todas las piezas de un mundo que hasta entonces funcionaba con cierto orden, con cierta predictibilidad.

Es este un universo donde los detalles, una ventana, una calle, un objeto en apariencia trivial, cobran la misma importancia que tenían para Flannery O’Connor (“para el escritor de ficción, el juicio debe partir de los detalles que ve y de la manera en que los ve… Al decir que la ficción procede por el uso de detalles, no me refiero a la simple y mecánica acumulación. El detalle tiene que estar controlado por algún propósito general, y cada detalle tiene que estar al servicio del escritor”) o para Raymond Carver (“Es posible, en un poema o en una historia corta, escribir sobre objetos cotidianos utilizando un lenguaje coloquial y dotar a la vez a esos objetos —una silla, persianas, un tenedor, una piedra, un anillo— de un inmenso, incluso asombroso poder…”).

La destreza de Pearlman para incorporar pequeñas cosas a sus relatos es exquisita. Así, en “Si el amor lo fuera todo”, una mujer joven viaja al Londres de la Segunda Guerra para encargarse de un grupo de refugiados, entre los que destaca “una niña (que) tenía el pelo color luz de lámpara”. O en “Educación en casa”, cuando la narradora evoca el hogar de su infancia y confiesa que “Siempre que veo la palabra ‘felicidad’ pienso en aquel rincón”. O en “Una mujercita”, cuando un hombre mayor recuerda la imagen de una carnicería italiana con cerdos faenados en el escaparate: “Allí colgados para que todo el mundo pudiera verlos, cabeza abajo, como Mussolini”.

SOÑAR DESPIERTA

Cada uno de estos cuentos tiene el aliento de una novela. No son breves, casi siempre están generosamente poblados y el tiempo puede resultar equívoco: un solo episodio logra cobijar la síntesis de toda una vida, un instante parece develar un pasado y un porvenir capaces de abarcar largas décadas. Unos pocos días de unas cortas vacaciones pueden encerrar las claves de una existencia, como pasa en “Yayuski”, acaso la mejor pieza del libro, en la que dos primos adolescentes despiertan al sexo en un grupo familiar marcado por las distancias, y en el que se entremezclan la prohibición, el deseo y la muerte.

Consultada acerca del origen de sus historias, Pearlman declaró en una reciente entrevista que ellas surgen de “la memoria, la experiencia, la observación, el sueño, la invención y el pretexto. (…) Hago muchas miradas silenciosas: en largas caminatas por las calles de la ciudad aquí y en el extranjero; en parques y restaurantes y hospitales; en refugios para personas sin hogar y baños públicos. Hablo (pero principalmente escucho) a todos: íntimos, parientes, amigos, conocidos y extraños. Yo leo. Yo sueño despierta”.

“Para mí”, sostuvo más adelante, “una historia corta es una conversación entre el escritor y el lector. Como solo el escritor puede hablar, debe cuidar de respetar al lector, evitar decirle qué pensar, decir lo menos posible e implicar el resto con metáforas, elipsis, diálogos alusivos, pausas. Luego, el lector toma parte activa en la conversación, proporcionando lo que el escritor solo sugirió. En general, la prosa sobreexcitada empuja al lector a un lado y destruye el equilibrio de la conversación”.

VISIÓN BINOCULAR, de Edith Pearlman, Anagrama, 2018. Barcelona, 505 págs. Tr. de Amado Diéguez Rodríguez. Distribuye Gussi.

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