Un clásico renovado

Las lágrimas de Troya en versión moderna

Theodor Kaliffatides reescribe la Ilíada y el asedio a Troya en una novela con nazis y griegos de la Segunda Guerra Mundial.

Thedor Kaliffatides
Thedor Kaliffatides (foto Florence Montmare)

La versión más difundida dice que las grandes obras son inmortales pero incluso las más celebradas extravían sus motivos en el tiempo. Los estudios literarios intentan reparar esa pérdida pero no salvan el derecho a interpretar, que es el tributo que cobra el lector sobre la prolongada vida de los clásicos. Profundizar o simplificar, tergiversar, enfatizar, decidir, descubrir nuevos mundos o ver en ellos el propio. Cada lector traza con sus operaciones de lectura el camino de su conversación con los libros y Theodor Kallifatides ha querido ver en la Ilíada un manifiesto contra la guerra. La ha vuelto a contar en una novela ambientada en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, mientras los aviones ingleses bombardean una aldea griega ocupada por los nazis.

Corre el año 1945 y el narrador de la historia es un niño enamorado de la maestra, que entretiene a sus alumnos con el relato homérico durante los duros días de la ocupación alemana. Dos pilotos nazis flirtean con ella, la obligada convivencia desdibuja la condición de los soldados, los libertadores matan y los enemigos defienden, y hay otras secuencias breves que apenas anotan la vida en el pueblo, biográficas en su mayoría porque Kallifatides nació en Malaoi, Grecia, en 1938, y en 1964 emigró a Suecia, donde ejerció como traductor. Escribió en sueco poemarios, ensayos, testimonios de viaje, obras de teatro, guiones de cine, y escribió en griego un libro breve que lo dio a conocer internacionalmente cuando cumplía ochenta años, Otra vida por vivir, conjunto de reflexiones sobre la crisis griega y sus vínculos con la identidad, el lenguaje, las migraciones y los desafíos de la modernidad europea.

Una prosa sencilla con propósitos tan deliberados como reconocibles son las señas de esta versión de la Ilíada que ocupa el centro del texto. Día a día la maestra cuenta a los niños las crueldades del asedio de Troya, la pelea de Aquiles con Agamenón por la posesión de Briseida, la furia de los combates, los esfuerzos de los troyanos por defender a sus mujeres y a sus niños, la muerte de Patroclo y la de Héctor, más el resumen del final de la guerra que Homero no contó. Despojado su relato de cualquier referencia a la participación de los dioses en el inicio y desarrollo de la contienda, todas las alternativas del argumento quedan reducidas a una crónica de guerra que sustrae a los guerreros la condición de héroes, reproduce la patética crueldad de las heridas infligidas y altera no pocas secuencias.

Patroclo es el amigo de Aquiles pero el protagonismo amoroso lo encarna una fiel y piadosa Briseida; más que como causa, Helena emerge junto a las mujeres troyanas como una víctima de la guerra y otras modificaciones de similar tenor —los enemigos no se alaban antes de combatir sino que se denigran, como en las guerras modernas— acaban por teñirlo todo de una pátina feminista que condena el estúpido orgullo y sed de venganza de los hombres, insensibles a los padecimientos de las mujeres y los niños. La intención es clara, y así la asumió explícitamente Kallifatides en un reportaje con La vanguardia de Barcelona, a poco de presentar el libro.

El autor ha visto en la Ilíada el primer manifiesto antibelicista y lo ató a su experiencia durante la ocupación alemana, con especial énfasis en la mirada femenina. “Quería demostrar que el alma del hombre es inmensa y que nosotros tenemos la posibilidad de tomar el camino del bien y del mal al mismo tiempo — declaró a El País de Madrid—. Aquiles y Héctor son como el capitán alemán y la profesora, son los mismos humanos, el mismo tipo de existencia, con la diferencia de tres mil años. Pero también quería mostrar, como Homero dijo, que la guerra es la fuente de todas las lágrimas”.

Con esta filantropía ligera Theodor Kallifatides ha querido reintroducir el relato homérico en el siglo XXI, contando con la aprobación de un progresismo que repudia, no sin motivos, las lágrimas de la guerra. Pero pese a las buenas intenciones la manipulación es demasiado gruesa para salir airosa. Aquí y allá ha quitado todo lo que molestara el reflejo de la modernidad sobre el siglo IX a.C., cuando el poema épico quedó establecido, y lo utilizó de espejo para condenar sus propias miserias. Cercenado el decisivo protagonismo de los dioses del Olimpo, eliminada la épica, la conciencia trágica y las condiciones históricas de los antiguos aqueos, su guerra de Troya, en la voz de la maestra, traza un itinerario de muerte y daño masivo sin justificación que no resiste la comparación con la complejidad del relato clásico sobre la trama de los conflictos y la guerra. Su mayor limitación no es esa, sin embargo. La mayor es que ni su asedio de Troya ni las breves descripciones de la ocupación alemana, logran conmover.

EL ASEDIO DE TROYA, de Theodor Kallifatides. Galaxia Gutenberg, 2020. Barcelona, 171 págs.

Helena

Los aqueos resistían igual que resisten las rocas ante las aguas furiosas, sobre todo cuando vieron volar en lo alto, a su derecha, un águila dorada, lo cual era muy buena señal. Ambos ejércitos prorrumpieron en estridentes gritos de guerra, vocearon insultos. Áyax se burló de Héctor por no apearse de su carro y Héctor dijo que Áyax era un pobre fanfarrón cuyo sebo pronto sería pasto de los perros, se enardecieron y se abalanzaron el uno contra el otro, escudo contra escudo, espada contra espada, lanza contra lanza, y el tumulto llenaba el cielo que se extendía sobre ellos.
Pero en el interior de la ciudad, tras las bellas murallas, las mujeres lloraban al recibir los cuerpos lacerados de sus maridos. Madres y esposas y hermanas y, en mitad de ellas, Helena, la razón de aquella guerra. (fragmento de El asedio de Troya)

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados