PETER STUYVESANT, jefe de los Nuevos Países Bajos, la colonia que la Compañía de las Indias Orientales holandesa tenía en Norteamérica, leyó la carta que le enviaba el mensajero británico y comprendió que no tenía escapatoria. "En nombre de su Majestad, exijo a la ciudad, situada en la isla habitualmente conocida con el nombre de Manhatoes, con todos los fuertes que le corresponden, que se rinda a la obediencia de su Majestad". Cuatro cañoneras inglesas apostadas a la entrada del puerto bloqueaban el paso entre la isla y el río. Los barcos estaban a distancia de tiro y los cañones apuntaban directo al centro del pequeño poblado. Aunque amenazantes, los ingleses querían evitar un enfrentamiento, y propusieron una rendición negociada. Stuyvesant sabía que no tenía con qué hacer frente a la flota inglesa, y aún así, no quería rendirse. Morir combatiendo era una opción más digna.
La propuesta inglesa mantenía la estructura socioeconómica de la colonia, e incluso garantizaba la participación de sus habitantes en los asuntos públicos. Los ingleses eran conscientes de que para continuar con su desarrollo, la isla debía seguir con el sistema político que lo había posibilitado. Enterados de la oferta británica, los colonos le dieron la espalda a su jefe. No tenían inconveniente en morir por su colonia, pero no estaban dispuestos a hacerlo por una Compañía que había ignorado sistemáticamente sus reclamos y los había dejado librados a su suerte.
Stuyvesant se dio cuenta de que estaba solo y firmó la rendición a regañadientes. "Cuando Stuyvesant declaró la rendición de la colonia de Manhattan, empezó a gestarse el mito fundacional de América", escribe el historiador y periodista Russell Shorto en su libro Manhattan. La historia secreta de Nueva York. El "mito fundacional" es el de los Estados Unidos como país de raíces inglesas, que con el tiempo fue absorbiendo y asimilando las distintas culturas que lo poblaron. "Pero no es cierto. Circunscribir los orígenes a las trece colonias inglesas supone omitir otra colonia europea, establecida en Manhattan antes de que existiese Nueva York, y cuya historia no se había borrado en modo alguno cuando los ingleses la conquistaron", afirma.
Con puntería de gran novelista, Shorto narra la historia de esa "otra colonia europea" que la historia oficial, la de los vencedores, se empeñó en borrar, y lo hace a través de los hombres que ayudaron a forjarla. A partir de documentos holandeses del s. XVII, Shorto da vida a un verdadero thriller político en el que reivindica la influencia holandesa en la conformación de los rasgos más característicos de la ciudad de Nueva York, que con el tiempo alcanzarían al resto de la sociedad estadounidense.
Multipremiado, traducido a varias lenguas, éxito de crítica, best-seller en Estados Unidos y a la espera de su adaptación al cine, Manhattan es una obra que fascinará por igual a los especialistas como al lector ávido de una historia bien contada.
MANNA-HATA.
El navegante inglés Henry Hudson era codiciado por todas las potencias marítimas cuando en 1609 fue contratado por la Compañía de las Indias Orientales holandesa. El objetivo: hallar una ruta de acceso a Asia a través del nordeste europeo. Pero Hudson tenía otros planes. Estaba obsesionado con un río que nacía al norte de los asentamientos ingleses en Virginia, Norteamérica, a través del cual, según los nuevos mapas, se podía acceder al continente asiático. Hudson partió hacia el norte pero, aprovechando un temporal, se dejó arrastrar hacia el oeste y navegó más de cinco mil kilómetros en dirección contraria a la que lo habían enviado.
Una vez atravesado el océano descubrió el río que estaba buscando -que hoy lleva su nombre-, y también, con decepción, que por allí no se llegaba a Asia. Desde su óptica, el viaje había sido un fracaso, pero de vuelta en Europa su bitácora interesó a los holandeses. Allí podía leerse sobre un puerto natural y un río de buena navegación, que parecía adentrarse en lo profundo del continente. Hudson detalló además el encuentro con la escasa población indígena de la zona, "unas gentes encantadoras" que comerciaban pieles y cueros en abundancia, y que vivían "en la mejor tierra de cultivo que he visto en mi vida". Es probable que no supiera que esa tierra era una isla, pero sí que la misma estaba "al lado del río que se llama Manna-hata", como anotó uno de sus ayudantes.
Holanda era entonces un país progresista y tolerante; una unión de provincias que desconfiaba de las monarquías y estaba habitada por un gran número de intelectuales y religiosos provenientes de todos los rincones del continente. "Los holandeses destacaban por su relativa aceptación de lo foráneo, de las diferencias religiosas, de lo poco común", apunta Shorto. Prácticamente lo opuesto de Inglaterra. El hecho de que Hudson hubiera llegado a Manhattan navegando bajo bandera holandesa y no inglesa, es determinante para entender ese "transvase de conceptos holandeses a una región fundamental de los futuros Estados Unidos, desde donde definirían el carácter norteamericano". A esos inmigrantes refugiados, más algunos holandeses aventureros, la Compañía logró convencerlos de "aventurarse a viajar al más allá, a una absoluta e implacable inmensidad inexplorada". Se les prometieron tierras, y "una mujer para cada varón", a cambio de seis años de servicio, y en 1624 partieron hacia el nuevo mundo. Serían los primeros habitantes de los Nuevos Países Bajos.
EL PALADÍN DEL PUEBLO.
Quizás el mayor logro de Shorto sea la reivindicación de Adriaen Van der Donck, una figura capital en el desarrollo de la colonia holandesa en Norteamérica que la historia oficial condenó al anonimato. Formado como abogado en la Universidad de Leiden cuando ésta era el epicentro académico de Europa, Van der Donck se impregnó de autores que sostenían que "la forma republicana de gobierno era moralmente superior a la monarquía", y la fortaleza de los Estados radicaba en la libertad de culto y la reflexiónintelectual. Cuando en 1641 arribó a Manhattan, la colonia era una "rudimentaria ciudad", compuesta en su mayoría por "una variopinta colección de perdedores (…) intrascendentes e inestables, que esperaban a que los vientos del destino los trasladasen a otra parte del mapa".
En ese período, la situación de los Nuevos Países Bajos condice con la versión de la colonia holandesa como "un conjunto intrascendente de donnadies hasta que los ingleses tomaron el poder y empezaron a desarrollar un próspero asentamiento". Pero la situación estaba cambiando. Un año antes, los Nuevos Países Bajos habían sido declarados zona de mercado libre por la Compañía y Nueva Ámsterdam sería el puerto principal. En pocos años se constituyó una clase comerciante "extraordinariamente activa" que arraigó en el lugar y lo convirtió, a finales de la década de 1640, en "el núcleo del transporte marítimo norteamericano". A mediados del s. XVII Manhattan ya era la tierra de las oportunidades.
La Compañía de las Indias se caracterizaba por formar avanzadas militares y comerciales sin establecer colonias permanentes. Los territorios no tenían ninguna estructura política y sus habitantes no eran ciudadanos, sino empleados de la Compañía. Pero, como señala Shorto, "los Nuevos Países Bajos se resistían a ser un mero puesto comercial", sino que "ansiaba convertirse en una localidad de pleno derecho". Ese anhelo nunca llegó a cristalizar, aunque con Van der Donck estuvo cerca de serlo.
HACERSE ESCUCHAR.
Pese a los pocos años que llevaba en la colonia, Van der Donck estaba convencido de que esa isla y ese continente eran ideales para instalar "una nueva sociedad, una prolongación de Europa". La primera carta que redactó en nombre de los habitantes de Nueva Ámsterdam estuvo dirigida a la Compañía. La misiva sugería la destitución del entonces jefe de la colonia, el despótico Willem Kieft, y la instalación de un sistema en el que "los vecinos puedan elegir (...) a un administrador", y estén "autorizados para enviar a sus representantes y dar sus votos sobre los asuntos públicos".
Un par de años después viajaría a La Haya a entrevistarse con los representantes de los Estados Generales, el órgano gubernamental holandés. Había estado recopilando información entre los colonos, escuchando sus planteos y necesidades. Ya conocía a los indígenas, con quienes había convivido; estudió sus hábitos y costumbres; analizó sus tratados y sus contratos, para saberlo todo sobre el "gobierno y la política pública" de las tribus vecinas. Van der Donck se había enfrentado al sucesor de Kieft, Peter Stuyvesant, quien lo acusó de "crimen de lesa majestad", lo encerró en una cárcel, y lo liberó casi de inmediato a causa de la presión de los colonos, para quienes el abogado se había convertido en "el paladín del pueblo". Cuando en octubre de 1649 desembarcó en Holanda, Van der Donck llevaba bajo el brazo la Reconvención de los Nuevos Países Bajos, "el que acaso sea el documento más famoso surgido de la colonia asentada en Manhattan". Una "queja formal", a decir de Shorto, que el abogado se aprestaba a presentar ante el gobierno, "y que, con el tiempo, consolidaría la estructura de Manhattan en el derecho holandés, y en última instancia, conferiría a la ciudad de Nueva York una forma y un carácter únicos".
CAPITULACIÓN.
El 2 de febrero de 1653, casi tres años después de la comparecencia de Van der Donck en La Haya, Nueva Ámsterdam adquirió rango de ciudad. La estructura del novel municipio permitió la participación en los asuntos de la colonia de poderosos comerciantes, lo que redundó en un nuevo impulso económico, de mayor duración que el ocurrido más de una década atrás. El puerto recobró la vitalidad y, como había ocurrido entonces, cada barco que arribaba dejaba en tierra una muestra de lo más variado de la cultura europea. Para muestra baste un elocuente dato: la cuarta parte de los casamientos que se celebraron en esa época en la iglesia de Nueva Ámsterdam, eran de carácter intercultural, una cifra altísima para esos tiempos. Como apunta Shorto, "este es el momento de la historia en que Manhattan se convirtió en Manhattan". La isla ya era un crisol de nacionalidades. "Estos cimientos sobre los que se construyó la ciudad de Nueva York, tras extenderse en todas las direcciones, teñirían y modelarían el continente y el carácter estadounidenses".
Paradójicamente, Van der Donck no estuvo presente aquel 2 de febrero, y apenas sería testigo del desarrollo de la colonia del que era el gran artífice intelectual. A poco de exponer ante los Estados Generales, Holanda e Inglaterra entraron nuevamente en guerra, y la Compañía de las Indias resurgió de la decadencia en la que estaba sumida. Si bien sus consejeros no pudieron revertir la orden de los Estados Generales, se encargaron de que su principal enemigo no saliera de Holanda. Los capitanes de los barcos que partían hacia América tenían prohibido aceptarlo a bordo. Le permitieron volver a fines de 1653, con la condición de que no ejerciera como abogado. Moriría tres años después de su regreso, en el marco de un conflicto menor entre la colonia y algunas tribus de la zona.
El reinicio del conflicto entre ingleses y holandeses significaría también el fin de Nueva Ámsterdam. Los políticos, mercaderes y la familia real inglesa eran conscientes de la importancia estratégica de la isla de Manhattan. Cuando a principios de 1664, el rey Carlos decidió regalar a su hermano Jacobo Estuardo -Duque de York- las tierras de Nueva Inglaterra, éste puso manos a la obra. Pocos meses después, cuatro cañoneras inglesas apuntaban hacia el centro de Nueva Ámsterdam.
Los llamados Artículos de Capitulación son una muestra de que los ingleses estaban al tanto del sistema político que imperaba en la colonia holandesa. Jacobo prometió que Nueva Ámsterdam tendría más privilegios que las demás colonias inglesas, y que los "holandeses disfrutarán de libertad de conciencia". Los dirigentes políticos continuarían en sus cargos si juraban lealtad al rey, y de allí en adelante, "la ciudad de Manhattan elegirá diputados, y tales diputados tendrán voz libre en todos los asuntos públicos". Como afirma Shorto, los ingleses habían comprendido que "la isla ya no era una colonia holandesa, pero tampoco inglesa. Tenía una trayectoria propia".
MANHATTAN. LA HISTORIA SECRETA DE NUEVA YORK, de Russell Shorto. Duomo/Océano, 2011. Barcelona, 515 págs. Distribuye Océano.
El precio justo
LA IDEA DE QUE el centro del comercio mundial, una isla repleta de propiedades inmobiliarias valoradas en billones de dólares, supuestamente se comprase a unos infelices de la Edad de Piedra a cambio de objetos domésticos valorados en veinticuatro dólares es demasiado deliciosa para dejarla escapar", escribe el autor sobre la legendaria transacción mediante la cual en 1626, los holandeses compraron la isla de Manhattan a los indígenas. No es que la compra no haya ocurrido, pero Shorto ubica el negocio en su contexto adecuado, desestimando cualquier intento de señalar a los indígenas como unos seres ingenuos, timados por los europeos. El autor revela cómo en la concepción de la propiedad de la tierra que tenían los indígenas no estaba contemplado que ésta fuera cedida definitivamente. La misma se arrendaba, y los negocios incluían tratados y alianzas entre las partes. De hecho los indígenas permanecían en dichas tierras. En este caso en particular, compartieron su territorio para obtener la protección de los holandeses. Shorto llega además a la conclusión de que lo que pagaron los holandeses por la isla de Manhattan, era lo que acostumbraba pagarse por la tierra en aquel tiempo y lugar.