LITERATURA DE IRLANDA

Kavanagh, Behan y O'Brien: tres borrachos talentosos

Un libro de Anthony Cronin aborda las vidas de estos tres autores irlandeses, dominadas por borracheras patéticas, cursis y autodestructivas.

Patrick Kavanagh
Patrick Kavanagh. Con estatua propia en el Grand Canal de Dublin

Si hubiera leído antes los libros de los tres autores irlandeses protagonistas de este libro/crónica de Anthony Cronin (Irlanda 1923-2016), titulado Más que muertos (LOM, 2018), de seguro tendría un vínculo afectivo, una admiración, un culto que me impidiera los desoladores sentimientos que me provocan sus historias.

Vidas rotas, primero por el momento histórico que les toca, la Segunda Guerra Mundial, que los toma, ¡los arrasa!, entre sus 20 y sus 40 años: sus mejores obras son de un momento en que el mundo está en otra cosa. Cada uno vivió su propia tragedia, su propio naufragio en el que el alcohol era central. En los tres, Brendan Behan (1923-1964), Patrick Kavanagh (1904-1967) y Flann O’Brien (1911-1966), un alcoholismo desenfrenado, patético, cursi y autodestructivo. Lo que quedan son vidas perdidas, sufridas y una consistente y terca e inmodificable capacidad para no ser felices. Para no tener sosiego.

Tal vez, con el que más trató Cronin fue con Brendan Behan. Muy jóvenes son compañeros de viaje por Europa. Donde dice viaje léase larga e interminable borrachera. Y así lo ve: “fuera como fuera, y detrás de todas las fanfarronadas y bromas, lo cierto para mí es esto: cuando lo conocí Brendan tenía una conciencia mucho más compleja de sí mismo, de sus timideces, fracasos y complicaciones que las que él elegía presentar (...). Sabía que era complicado y elegía arreglárselas con las complicaciones de la mejor manera posible: confesión irónica, autodenigración, sorpresa burlona, combinadas, claro, con una ferocidad satírica sobre las pretensiones del resto de la gente. Desafortunadamente, muy poco de eso aparece más tarde en cualesquiera de sus obras o de sus supuestas obras”.

Cuando estaban de jóvenes aprendices de borracho, en París, “me hizo una pregunta: ingenua pero esclarecedora. Si se me diera la opción entre ser un gran escritor, pobre y no reconocido, o ser alguien elogiado y festejado, pero que supiera internamente que era un fracaso, e incluso un fraude, ¿qué elegiría? (…) Dije que pensaba que sería mejor ser del primer tipo. Al cabo de una larga pausa, dijo en voz baja que no estaba tan seguro”.

Más adelante, Cronin informa sobre Brendan que “cuando finalmente el éxito lo alcanzó, una de las tragedias de su vida fue saber que quienes ahora lo trataban no lo conocían en absoluto. Repetía cada vez más sus viejas rutinas, y estaba cada vez más cansado, desesperado y confundido, por lo que necesitaba cantidades cada vez más grandes de alcohol para poder llevarlas a cabo”.

JUNTO AL GRAND CANAL

El segundo de los escritores es Patrick Kavanagh. En nota de pie de página cuenta el traductor que se trata de “uno de los más populares e influyentes poetas irlandeses de la primera mitad del siglo xx, al punto de tener su propia estatua, sentado en un banco, a orillas del Grand Canal en Dublín”. Para Cronin, Kavanagh era “un hombre de genio(…) [que] tenía una historia literaria no ortodoxa, problemática y más bien desgraciada. Nacido en una granja en Monaghan, había empezado a escribir poesía a fines de la década del veinte y principios de los treinta. Descubierto por el director del New Statesman, había sido llevado a Dublín como un genio primitivo de la Irlanda campesina. En verdad sus primeros poemas son más bien georgianos y algunos de ellos tratan temas bucólicos de manera literaria, el tipo de textos que uno podría esperar de un campesino altamente sensible y que a pesar de su genio floreciente, ha contado con unos modelos de escritura bastante limitados. Pero a sus simpatizantes les venía bien y Kavanagh vivía algo así como una prolongada luna de miel con el Dublín literario. Kavanagh se sentaba en el Palace Bar (…). En cuanto a los que los rodeaban él era justo lo que deseaban: era enorme, grosero y, en gran medida, iletrado”.

A Kavanagh, “el whiskey lo fue dominando bajo su látigo. En unos pocos años, su horario de irse a la cama bajó a no más allá de la ocho o nueve en punto y, antes de su muerte, la ebriedad, bajo una u otra forma, se había convertido en su estado habitual. (…). También poco a poco empezó a ingerir todas las noches gran cantidad de barbitúricos por lo que estaba sujeto a toda la gama de delirios y trastornos que pueden llegar a producir la combinación del alcohol y las drogas”.

LEVANTARSE AL ALBA

El tercer protagonista de Más que muertos vivió al menos tres vidas, según Cronin, cada una con su propio nombre. Nació llamándose Brian O’Nolan y con ese nombre hizo una “carrera brillante” en la universidad, donde fue chico prodigio; con ese mismo nombre fue empleado público casi toda su vida. Durante la II Guerra publicó su primera novela, En nadar dos pájaros, “un libro de asombroso virtuosismo que trabaja sobre la forma novela de un modo totalmente nihilista”, dice Cronin. Sus novelas están firmadas por Flann O’Brien, —y esto es lo bueno— merecieron el entusiasmo de Joyce, de Beckett, de Graham Greene y fueron olvidadas antes de empezar a ser recordadas. Siguieron el mismo destino que Moby Dick, que fue “descubierto” años después de publicado. La tercera vida del funcionario nacido O’Nolan, y del novelista llamado O’Brien, es el columnista de prensa Myles na gCopaleen: acababa de cumplir treinta cuando, con ese nombre, comenzó a publicar una columna diaria en el Irish Times. “De todas las cosas notables de esa columna, la más increíble era el nivel de la prosa afilada e incisiva que su autor fue capaz de mantener”, lo infla Cronin, para luego desinflarlo así: “su humor se convirtió en moneda corriente de sus conciudadanos; el tono de su columna, en su manera de reaccionar ante una personalidad, ante buena parte de los asuntos públicos e, incluso, en cierta forma ante la literatura. Y por una curiosa e inevitable inversión, él pasó a ser su creación. Continuó haciendo de una manera mecánica su columna”. En otras palabras, dejó de esforzarse, se automatizó, se descuidó; y, despiadado, Cronin comenta: “aquellos que se acostumbran a hacer las cosas con descuido tarde o temprano se vuelven incapaces de hacer ninguna otra cosa, en ningún medio”.

También O’Brien era un borrachín incurable: “como muchos alcohólicos inveterados, se iba a dormir temprano y por la somnolencia, los pensamientos mañaneros y el tembleque general, se levantaba al alba”. Cuenta Cronin que O’Brien ignoraba las horas de cierre de los bares: “a él lo que le importaba era la hora de apertura. Creo que era un verdadero alcohólico, mucho más que Behan o Kavanagh”, concluye Cronin. Y aclara que no era un desarrapado, ni un patán; acaso modelado por la apariencia que debe guardar un empleado público —que lo era— o un periodista bienpensante y exitoso, “era todo lo contrario de un bohemio, un hombrecito silencioso al que le gustaba el buen servicio en los pubs de antes, que estaba respetablemente casado y que tenía su propia casa en los suburbios”.

La ventaja que tiene esta edición es que el traductor, Jorge Fondebrider, se ocupó de anotar muy detallada y sensatamente el texto, de modo que el lector ignorante, como yo, nunca está perdido. (Nota: el libro no tiene aún distribución en Uruguay)

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