El retorno de un libro inolvidable, renovado

Julio Verne y sus 20 mil leguas de imaginación

Un clásico de Julio Verne, 20 mil leguas de viaje submarino, que ha tenido mil versiones y adaptaciones. Ahora se suma otra en libro ilustrado.

Julio Verne
Julio Verne

Muchos años atrás, hubo una generación de lectores que se extasiaba con la lectura de varios de los clásicos. Entre ellos estaban los escritos por el gran escritor francés Julio Verne con sus aventuras memorables, que dejaban una marca indeleble entre miles de jóvenes y adolescentes, incluso los uruguayos.

Uno de los libros más recordados de Verne es Veinte mil leguas de viaje submarino, tan mundialmente conocido que no precisa de mayores presentaciones. La novela se publicó por primera vez en París en 1870, no sin cierta polémica. La crítica y los lectores tardaron poco en calificarla de una obra fundamental, la que luego sería adaptada en formato de series y películas, con sus respectivas versiones que se irían sucediendo una tras otra, desde el cine mudo hasta la animación. También en el formato libro sobrevivió, pese a que hoy el mundo guarda muy poco de aquel del siglo diecinueve. Y se renueva: la editorial Alfaguara acaba de publicar una edición de colección —igual que con otros clásicos—, con tapa dura e ilustraciones.

Un monstruo marino

Aunque en el imaginario popular se suele asociar las Veinte mil… con el capitán Nemo, no es éste el protagonista principal. Este rol le cabe a Pierre Aronnax, naturalista francés y narrador de la historia, un hombre bien distinto del capitán Nemo. Aunque tienen un lazo en común: el amor por los inmensos mares.

El mundo de la navegación marítima de entonces estaba en plena efervescencia. Era el año 1867 y las potencias del mundo competían para construir el más avanzado de los submarinos, detalle que ni aparece en el libro pero es bien tangible, y tiene su cuota parte para entender la trama. Dicha efervescencia es por otro motivo importante: se vienen sucediendo una serie de incidentes con barcos que surcan el Pacífico norte, y que son atacados una y otra vez por no se sabe qué misterio de la naturaleza. Unos especulan que es un monstruo marino, otros menos se la juegan a que es un buque misterioso. Pero lo que sea, es de temer. Para averiguar de qué se trata, mandan a esas aguas a una tripulación de expertos.

Entre ellos está el señor Aronnax, un aristócrata de su tiempo, también conocedor de la física, la hidráulica, la botánica, la química, la zoología y tantas otras áreas del saber. Está siempre junto a su criado llamado Consejo, un flamenco clasificador de animales, pero, sobre todo, un muchacho leal capaz de dar la vida y algo más por el bien del amo.

Junto a ellos dos está el bueno de Ned Land, un arponero canadiense enérgico, de apetito voraz; lo que le falta de conocimiento le sobra en maestría para cazar tiburones y ballenas. En realidad, es el puro azar el que une a Aronnax y Consejo junto con Ned Land. Juntos, incluso, terminarán mojándose en las mismas aguas, las del Mar de Japón.

La gran aventura

Es un milagro, pero estos personajes no se hunden en el mar. Todavía no saben que están a las puertas de lo que ellos creían que era el temible narval, el gran monstruo que estragaba a todo aquel que osase derrumbarle. Se trata, en efecto, de una nave tan misteriosa como invencible (en ningún momento se la menciona como submarino). Al principio conocerán a algún tripulante anónimo que les da de comer, y con el cual no habrá idioma ni vínculo posible… hasta que aparece el mandamás del barco: el capitán Nemo.

La cuestión para los tres inesperados visitantes no tiene mucha alternativa. Así lo plantea el capitán: o permanecen a bordo del Nautilus, o los despide y se hunden en medio del océano. Sin alternativa posible, el señor Aronnax decide que se quedan, luego de consultar a los otros dos; la opción, aunque obligada, no es tan mala, pues aunque siguen prisioneros, están a bordo de una embarcación de lujo en la que cada uno a su modo guardará experiencias inolvidables que le trasmitirá al lector.

El autor hace gala de una imaginación desaforada, la que va desglosando a lo largo de cuarenta y siete capítulos titulados, en los que siempre guarda una sorpresa, incluido el cierre de la historia. A una hazaña se sucede otra, ya sea en las profundidades del mar o en los bordes de la tierra. Y así, en un ejercicio mucho más de imaginación que de interpretación, el viaje se pasea entre indios salvajes y semidesnudos de Nueva Guinea, ataques de cetáceos hambrientos, cacerías submarinas en islas de mar, tumbas marinas “a salvo de tiburones y de hombres”, misterios de pesquería en la recóndita Ceilán (hoy Sri Lanka), las bíblicas costas de Arabia, un túnel misterioso bajo el canal de Suez... Luego por el Mediterráneo, “El mar azul por excelencia, el gran mar de los hebreos, el mar por antonomasia de los griegos, el Mare Nostrum de los romanos…”.

Prisioneros

Entre aventura y aventura, entre una lucha y la siguiente, Verne hace gala de su dote poética para cantarle a las plantas y a los animales de mar, a los cefalópodos y a los tetrápodos, y a las medusas, las ballenas y los pingüinos, solo por nombrar tres de entre cientos. El lector podrá recurrir al diccionario tres, cuatro veces, pero luego se dará cuenta que es inútil; en cambio, lo que sí podrá consultar es el glosario al final, con algunos términos de la jerga náutica.

El viaje sigue por el Océano Atlántico hacia la Antártida (que todavía no se llamaba así) y el Polo Sur, el cual descubre el capitán Nemo incluso antes que en la realidad lo hiciera Roald Amundsen en 1911. Como sea, luego el periplo retoma las costas de América, cuando el Nautilus pasa a ochenta kilómetros de Uruguay.

Mientras tanto, una mezcla de sensaciones se apodera de los protagonistas: el arponero Ned Land está hastiado y quiere escapar a cualquier pedazo de tierra a la vista, el señor Aronnax, de corazón blando, se encuentra en la disyuntiva de seguir embelesado de los mares o complacer a su compañero; en tanto, Consejo hará lo que dicte su amo. Claro que en medio está el capitán Nemo, que aunque se vuelve taciturno y huraño, se mantiene inflexible: el que llega al Nautilus, ya nunca lo abandona.

Solo quedará, pues, conocer el misterio de la Atlántida submarina, seguir hacia el Caribe, llegar hasta Canadá, dejarse arrastrar por la Corriente del Golfo, bordear la costa europea de norte a sur y de sur a norte, hasta sacudirse con la bravura del maelström frente a Noruega… pero para entenderlo, habrá que leer el libro.

VEINTE MIL LEGUAS DE VIAJE SUBMARINO, de Julio Verne. Ilustraciones de Samuel Castaño. Traducción de Antoni Pascual. Alfaguara, 2018. Barcelona, 518 páginas.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados