SOBRE AUTORES Y EDITORES

Juego de escondidas

Jonathan Gallasi se tiró a escritor y despega con una primera novela, Musa.

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Libros

PRIMERA novela de Jonathan Galassi (Seattle, 1949), Musa se vende como una incisiva mirada al patio trasero del negocio del libro, el mundillo de los escritores y los editores. La particularidad que por un lado legitima y por el otro podría desacreditar esa mirada es que su autor es editor y presidente de una de las más prestigiosas firmas: Farrar, Straus and Giroux. Qué lo llevo a cruzar la línea y colocarse del lado de la creación es un dato que uno espera, como lector, que la narración le revele. Por si acaso no lo hiciera, Galassi escribe un prólogo explicativo (de esos que ningún editor recomienda escribir y que frenan la obtención de premios en los concursos) que comienza así: "Esta es una historia de amor. Es sobre los buenos viejos tiempos, cuando los hombres eran hombres y las mujeres eran mujeres y los libros eran libros, con las tapas pegadas o incluso cosidas, con cubiertas de papel o de tela, con sobrecubiertas preciosas o no tan preciosas y un maravilloso olor a polvo, a moho; cuando los libros amueblaban muchas habitaciones y su contenido, las palabras mágicas, su poesía y su prosa, eran licores, perfume, sexo y gloria para quienes los amaban". Y sigue en términos similares durante dos páginas, contándonos de qué irá la novela, rematando con un elogio cáustico del amor, y previniéndonos (no se sabe si del amor o de la novela).

Sin embargo, Galassi suda el oficio de editar: entre sus autores figuran Jonathan Franzen, Jeffrey Eugenides, Michael Cunningham; y que conoce el de escribir, al menos en la rama poética, donde además de traductor de Giacomo Leopardi y Eugenio Montale es autor de tres poemarios. Si se añade que Michiko Kakutani, la atemorizante crítica de The New York Times, le da para arriba a este debut, el crédito se renueva.

UN DIVERTIMENTO.

Musa es un vistazo a la era pre-digital del negocio editorial, cuando los autores eran menos una entrada rápida al consultorio de Wikipedia y más seres de carne y hueso envueltos en lejanía y misterio. La novela gira en torno a Paul Dukach, un joven editor gay vinculado a dos empresas rivales: la que dirige Homer Stern, P&S, y la que lleva adelante Sterling Wainwright, Impetu Editions. Dukach trabaja para la primera si bien le hubiera gustado trabajar para Sterling, ya que con éste publica su autora preferida y a la que ha investigado ampliamente, la poeta estadounidense Ida Perkins. Ese es el nombre que vertebra la novela.

En general a las ficciones no se les piden referentes reales, más bien lo contrario. Sin embargo, cuando la historia versa sobre libros y autores y a menos que sea muy manifiesto el carácter ficcional, se fantasea con que las referencias existan, sobre todo si están insertas en un mapa reconocible. No importa que Antonio Machado creara hace mucho a Juan de Mairena, que Borges nos haya adiestrado en bibliotecas enteras de literatura apócrifa, o que Bolaño haya escrito una antología alucinante y falsa de literatura nazi en América Latina. Por eso cuando llega Galassi hablando de la excelsa poeta estadounidense Ida Perkins y coloca al final de su novela una extensa bibliografía de ella, uno va y la googlea, a ver qué se perdió. E Ida Perkins no existe. Es tan real como la Cesárea Tinajero de Los detectives salvajes, otra vez de Bolaño, que no aparecía pero era el motor de una búsqueda magnífica. En consecuencia, podría decirse, es muy real.

Pero no. Ida Perkins, pese a que aparece retratada con pelos, señales y misterios revelados y a que el autor hace recaer en ella su amor por el oficio, no deja de ser —al igual que el resto de los habitantes de Musa— más un cúmulo de informaciones bien dosificadas que un verdadero personaje.

Galassi hace incesantes genealogías y descripciones de cada uno, les atribuye historias, romances, antepasados, trabajos, etc., pero no los vemos vivir. Leemos que "han" vivido, y cada una de esas vidas va encajando en un puzzle que es, en definitiva, lo que se rescata de la novela: un universo caótico de nombres —reales unos, inventados otros— que conforma eso que conocemos por mundo literario. Ahí están los editores desesperados por encontrar a un Autor o por inventarlo, los que compran libros a entusiasmados agentes en la efervescencia alcohólica de las Ferias internacionales y luego descubren que son horrendos, los que dejan pasar las oportunidades que les hubieran cambiado la vida, los que se hacen millonarios por un autor, etc. Y están los escritores que llegan y ganan el Nobel, los que están a las puertas pero nunca les suena el teléfono, los que van a la Feria de Frankfurt y los que no, los que prometen un libro y no lo terminan más, los desbordados por su ego, los mediocres. Galassi los observa a todos en un plano general, y sólo profundiza un poco a través de esa suerte de doble alter ego parcial que son Dukach y Perkins. Ahí se mete él mismo como editor/novelista y como poeta (y en esto último consigue tocar más fibras que en todo lo otro).

EXCESO.

Hay algo de desbordante e inaprehensible en Musa, que por un lado tiene que ver con la cantidad de personajes que maneja o alude, y por otro con perderse en excesivos guiños privados de los que el lector común queda afuera. En ese sentido, es más un libro para escritores, y específicamente para gente del ambiente editorial que pueda rastrear las flechas, tanto si son sarcasmos como si son homenajes.

Mientras cuenta cómo Dukach va creciendo en el negocio, cómo atraviesa amores y los pierde y cómo intenta y consigue conocer personalmente a su "musa" Ida Perkins (y, cosa rara, no se decepciona de ella), Galassi despliega todo un marco de nombres de verdad —Pound, Auden, Dos Passos, Malraux, Updike, etc.— y muchos otros ficticios pero que aluden a escritores reales. Él mismo define a Ida como un compendio de "Walt, Emily, Herman, Tom, Wallace, Hilda y Gertrude", así, con nombres de pila nomás, para indicar su hiperbólica estatura. Por otro lado, reseñistas de la primera hora han señalado que Elliot Blossom esconde a Harold Bloom, Pepita Erskine a Susan Sontag, Elspeth Adams a Elizabeth Bishop, y así se puede seguir con casi todos, sin que la aclaración logre desbrozar la maleza fundamental de la novela, que es que más allá de decirnos lo fascinante y jodido que es el mundo de los libros por dentro y cuántos intereses se mueven en sus intestinos, Musa no deja pasar la luz ni el aire para que su historia tenga vida y atrape por sí misma.

De algún modo, es un poco la consecuencia de armarse como un roman à clef o novela en clave, un ejercicio donde los escritores suelen caminar por la cornisa, sin develar del todo pero dejando cabos fáciles de atar, sin atacar directamente pero clavando cuchillos por la espalda. En este juego de escondidas que a todas luces Galassi disfrutó escribiendo, no sabemos hasta qué punto se empleó a fondo. Es seguro que puso en el lugar que quiso a mucho escritor y editor, que fue generoso en agradecimientos y que tal vez cometió alguna pequeña venganza, pero es cierto también que no filtró ni creó un mundo sostenible (a menos que ahí estuviera su gran estrategia de fondo, que no parece). Ese es su hándicap en este debut nostálgico y bienpensante donde uno sospecha que con menos información hubiera dicho más y con más claridad habría ganado en misterio.

MUSA, de Jonathan Galassi. Anagrama, 2016. Barcelona, 235 págs. Tr. de Jaime Zulaika. Distribuye Gussi.

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