Novela de Eduardo Lago

El juego es cosa seria

No se sabe si es literatura, ensayo crítico, pastiche o un conglomerado hípermoderno. Pero provoca a base de desfachatez e inteligencia.

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Foto: Diana O´Higgins

CADA TANTO, en medio del ya interminable velorio del género novelístico, aparece un escritor que se planta delante del cajón, asegura que no está muerto y comienza a reír. Esa desfachatez o inteligencia suele provenir del mundo anglosajón, donde tipos como Thomas Pynchon o David Foster Wallace se lanzan con obras demoledoras (El arco iris de la gravedadLa broma infinita, respectivamente) que pocos leen y casi nadie entiende, pero en torno a las cuales crece con el tiempo un murmullo de aceptación unánime. Sobre todo de la crítica, esa especie que exige ser deslumbrada con la novedad. Dentro de la literatura escrita en idioma español hay algunos nombres insoslayables: Roberto Bolaño con un par de obras maestras (Los detectives salvajes, 2666), César Aira con un goteo persistente de novelas breves que van formando mosaico, y Enrique Vila-Matas con por lo menos dos obras inclasificables, Bartleby y compañía y El mal de Montano, con las que justifica sus declaraciones de que el camino de la novela es el acercamiento al ensayo.

Eduardo Lago, académico español que reside en EE.UU., integra junto a Vila-Matas y otros señores la llamada Orden del Finnegans, grupo singular que viaja a Dublín cada año para homenajear a un libro. Obviamente Ulises (1922) de James Joyce, que es donde el via crucis novelístico hace crisis: muerte, entierro y resurrección. Lago tiene también, o sufre o goza como escritor ese "mal de Montano" del que habla Vila-Matas. La compulsión obsesiva de sus narradores y personajes de llevarlo todo a la literatura, enfermar y morir de ella. Así es en su segunda novela, Siempre supe que volvería a verte, Aurora Lee (algo que también, se asegura, ocurre en la primera, Llámame Brooklyn, 2006).

El centro del asunto es una novela inconclusa de Vladímir Nabókov (El original de Laura) que dos escritores —más negros literarios que escritores en sí, y portadores de uno o más nombres falsos— deben interpretar. Benjamín Hallux/David Mitchell y Stanley Marlowe son los personajes que a través de emails y charlas telefónicas buscan desentrañar las fichas de esa novela inacabada que el hijo de Nabókov publicó en 2009. Y llamarlos "personajes" es generoso. Son voces escritas, donde uno le puede pedir a otro que "baje" en la página y en vez de seguir el diálogo normalmente lo siga a través de notas al pie. Casi al final, cuando la novela de Nabókov ya fue expurgada por Marlowe —¿el negro, el intérprete, el crítico?— y éste desaparece, Hallux recibe un trabajo diferente de Marlowe. En esa coda, menos de una cuarta parte de la novela, Lago nos cuenta una historia al modo "tradicional", o dicho de otro modo, un culebrón de nuestros días. ¿Nos da un respiro? Sí, quizá. Es un placer leer, después de todo, la historia lineal del hijo de Paul Auster envuelto en un asunto demencial de drogas y asesinato brutal, historia que ya había sido narrada por la esposa de Auster, Siri Hutsvedt (Todo cuanto amé, 2003). Pero ese placer no se puede separar del otro: saber, como ya sabían Macedonio Fernández y Cervantes, que todos son seres de papel aunque estén en la más jurada de las autobiografías, y que una vez sabido eso no es posible leer inocentemente.

Siempre supe… es novela para armar y leer cien veces o no tocar nunca más. Metaliteratura, intertextualidad, pastiche, ensayo crítico, un conglomerado hipermoderno en el que se puede vivir como en cualquier otro. Se la puede explicar (medianamente), pero la experiencia de leerla, sufrirla y entenderla es intransferible. Un camino a seguir es tomársela con humor, saber que cada nombre que aparece ahí es alusivo y no es casual (que un dealer se llame Gordon Carver —y ese es fácil: Gordon Lish + Raymond Carver), y al mismo tiempo, que esa permanente referencialidad al mundo de la literatura no tiene mayor sentido que el de jugar, rizar el rizo, guiñarle el ojo al entendido, remover basura y diamantes. También es verdad —y todo jugador lo sabe— que el juego es la cosa más seria que hay.

SIEMPRE SUPE QUE VOLVERÍA A VERTE, AURORA LEE, de Eduardo Lago. Malpaso, 2013. Barcelona, 286 págs. Distribuye Océano.

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