Una biografía exhaustiva y polémica

Joan Miró, el hombre y sus secretos

El pintor catalán, ya un artista universal, ha sido muy reservado respecto a su intimidad.

Joan Miró
Escultura Dona i Ocell en el Parc Joan Miró, Barcelona

Promocionada como la definitiva biografía del artista catalán, este grueso volumen bucea entre archivos y testimonios inéditos con el propósito de ofrecer al lector un muestrario exhaustivo de la vida y obra de uno de los pintores más eclécticos del arte español de la primera mitad del siglo XX. Con varias décadas de antelación, otros investigadores también se habían sumado a la búsqueda del “hombre detrás del artista”, pero al parecer nunca resultó ser una empresa sencilla. El etnógrafo Michel Leiris en 1925 y el escritor Raymond Queneau en 1954 coincidían en el enigma que se ocultaba detrás del pintor. Entre otros biógrafos circunstanciales, el que más se le pudo acercar fue el dramaturgo Jacques Dupin, pero no llegó a exhumar las motivaciones ni otros aspectos vivenciales debido a la discreción con la cual Miró tutelaba su intimidad. En efecto, renuente a exponer aspectos reservados de su vida, este artista siempre fue cauto a la hora de develar por escrito algún testimonio que diera cuenta de su periplo como ciudadano pedestre. “Tenía la boca cosida como sólo en apariencia parece tenerla la imagen de la Virgen románica del ábside de Sant Climent de Taüll, que tanto fascinó al artista”. (…) “Es el único gran artista del siglo XX que no tenía una biografía”, señala el periodista Josep Massot (Palma de Mallorca, 1956), autor de Joan Miró; El niño que hablaba con los árboles.

Profunda investigación

La directora de la Fundació Joan Miró, Rosa María Malet, en 1992, y el periodista Lluís Permanyer, en 2003, habían escrito varios perfiles sobre su quehacer, pero Massot recopiló estudios dispersos editados en Europa y América, además de contar con los testimonios de allegados y los documentos de origen diverso que le permitieron armar un mosaico mayor. Este trabajo reconstruye la vida de Miró desde sus años de infante y luego se centra en los años 1893 a 1947 para completarse con un extenso epílogo que registra los sucesos más destacados hasta la fecha de su muerte en 1983. Uno de los capítulos más relevantes tiene que ver con la consideración que hace Massot acerca de las prematuras vinculaciones de Miró con los surrealistas. El pintor se muda a París en 1920 y rompe con el novecentismo mediterráneo siguiendo los consejos de Picasso, quien antes le había advertido que “en Catalunya hacen falta pasión y heroísmo”. En la capital francesa, los pintores André Masson y Paul Klee, los poetas André Breton, Antonin Artaud, Robert Desnos y Michel Leiris, serán referentes ineludibles y le ayudarán a configurar un nuevo lenguaje sostenido sobre las premisas del surrealismo. Para entonces ya había tomado nota del compatriota Gaudí y, cuando regresó a Barcelona después de la depresión de 1929, formó parte de un grupo de intelectuales comandado por el arquitecto Josep Lluís Sert con el objetivo de modernizar la cultura catalana y el paisaje urbano.

En algo más de ochocientas páginas Massot exprime la historia del catalán mediante centenares de cartas, el relevamiento de once mil obras (entre grabados, esculturas, cerámicas y pinturas) y decenas de entrevistas cometidas por distintos interesados. Sus padres, sus amores, sus colegas, sus amigos, sus rupturas aparentes con los estilos pictóricos de las vanguardias, la Guerra, sus reconocimientos, el dinero y sus ciudades (de París a Osaka) desfilan en una embriagadora hilera de sesenta historias reunidas en cuatro grandes capítulos (“El niño que hablaba con los árboles”, “El color de mis sueños”, “Los años de guerra” y “Los años finales”). Para Massot, Miró “era un gamberro, un rebelde que aunaba dos personalidades: el salvaje con sus demonios interiores y el burgués”. (…) “Sus amigos estaban desesperados porque no hablaba mucho. Se arma de reglas y hábitos que le embridan sus demonios. Es el artista más salvaje del siglo XX. Buscó la depuración y la verdad interior”.

Sus viajes y sus contactos con galerías de todo el planeta no explican que lo hayan convertido definitivamente en un artista universal. Para Massot, el catalán tenía “la voluntad de convertirse en un pintor universal sin perder sus raíces”. Sin embargo, es probable que Miró haya sido un artista universal antes de conocer a Salvador Dalí o de exponer en Chicago. Una conjetura que no se desprende del exceso de información reunida en esta biografía.

El legado artístico

Respecto a su pintura propiamente dicha, el texto viene acompañado de cuarenta imágenes en color que apenas funcionan como ornamentación para un trabajo que, más allá del estudio de un derrotero específico, no acerca al lector a otra cosa que a un abultado compendio de datos irrelevantes: “Joan Miró nació el lunes 20 de abril de 1893, a las nueve de la noche, con el sol en Sagitario, tres días antes de la luna llena en Géminis.” ¿Qué tan útil es, para el lector, para la historia del arte, para el estudio de la estética, conocer la cantidad de días desde su nacimiento hasta la puesta de la luna en Géminis, o el nombre del director del colegio San Antonio al cual asistía siendo un niño? Lo esencial en un artista es su legado artístico, no necesariamente su persona. Es preciso separar una cosa de la otra, sobre todo en estos tiempos, en los cuales los procederes de la vida privada de un hacedor se arrojan a la hoguera junto a su producción simbólica.

En los últimos cuatro años los pintores William Waterhouse, Gustave Courbet, Auguste Rodin, Pablo Picasso y Balthus, han sido algunos de los muchos creadores (entre políticos, actores, periodistas y hombres de ciencia) señalados como pasibles de ser censurados debido a sus comportamientos en la esfera de lo privado. Aunque todas las conductas reñidas con la moral y la ética deben ser evaluadas y condenadas en los estamentos legales correspondientes, muchos espectadores intentan desplazar la vida íntima de un acusado hacia sus creaciones artísticas. Trabajos inmensos como esta biografía voluntariosa que produjo Massot, coagulan la obra del artista con su vida; pero en verdad nada de lo detallado sirve para condenar o para celebrar una cosa por encima de la otra. Si bien es cierto que el autor no escudriñó la vida de Miró con el propósito de exponer miserias privadas para regocijo de moralistas acusadores, el agobio de citas, nombres, cifras y fechas que se despliegan acaba por sofocar al lector. Este mecanismo altera precisamente los fines que dieron motivo a esta investigación: por un lado, se desnuda al “hombre” Joan Miró, pero por otro lado se oculta al “artista” del mismo nombre.

JOAN MIRÓ, EL NIÑO QUE HABLABA CON LOS ÁRBOLES, de Josep Massot. Galaxia Gutenberg, 2019. Barcelona, 832 págs.

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