Poeta sin pelos en la lengua

Hoski, una estética de la sinceridad

José Luis Gadea, más conocido como Hoski, dispara contra los poetas neobarrosos, contra cierta academia, y habla de los riesgos de los slams de poesía.

Hoski
Hoski por Ombú

Hoski es el seudónimo de José Luis Gadea (Montevideo, 1988), escritor activo, performer inquieto y músico entusiasta que se mueve en la escena cultural uruguaya. Tal vez se podría decir al revés, que José Luis Gadea es su verdadero seudónimo ya que como tal no ha firmado ninguno de sus libros.

—¿Un poco cansado de la nota en busca del personaje Hoski?
—Un poco sí. Desde la adolescencia tuve una cuestión arborescente respecto a la escritura, por eso cuando me decís lo del personaje me tiene embolado no solo porque forma parte de un período, sino también de un proyecto particular de ese período que fue Poemas de la pija (2015). Un momento en el que hice cosas pero al mismo tiempo estaba escribiendo cuentos, editando a los pibes de “En el camino de los perros” y yendo a leer a los liceos. La praxis como escritor no es solamente sentarse a escribir sino convertirse en una especie de emisor público.

—Cumplir una función en el sistema.
—Claro. Sumado a mi actividad como docente y “activista cultural”, por decirlo de alguna manera.

—“Activista” y no “agitador”.
—Activista implica una actitud política. Con el paso del tiempo uno se plantea algunas cosas, dónde estás parado, a quién le escribís. Y ya tengo 30 años.

—Lo decís como si fuesen 50, como un “ta, ya me calmé”.
—Es que calmado no estoy. Solo que quiero dar batalla en otros lugares.

—Como tus Poemas de la pija, que fueron un tanto incomprendidos, ¿no?
—Es que son pocos los que pueden disfrutar de lo soez junto con el goce literario. Cuando hablo de eso me acusan de posmo pero en Uruguay hay una resaca muy pedorra de neoclasicismo moral en el arte. Es un problema grande porque esos tipos son los que no pueden entender o generar diálogo con un plancha o con los gurises en las aulas. Gente así se define como formalista: hay que aspirar a la belleza y lo que vos hacés es una grosería. Les pasa eso porque no ven el trabajo formal, sino la materia, como si un griego dijera que algo es mejor porque es de bronce y descarta lo que está hecho en piedra.

—Esa discusión ya la tuviste, de otra forma, por el tema de lo erótico en tu literatura.
—Sí. Una vez me invitaron a una mesa donde una profesora se leyó toda mi obra para pegarme. Tenía al lado a Hugo Achugar, Roberto Echavarren y Alicia Torres. A Echavarren le dije que yo no hacía literatura erótica, que lo que hago es invertir el plano del velo para generar metáfora o vuelo metafísico. Y él dijo que académicamente eso era incorrecto. O sea, si no es académicamente correcto para él es como si no existiera.

—Hubo polémica.
—Hubo sí. A la literatura neobarrosa hay que prenderla fuego, hacer una pira.

—Pero estarías condenando a Marosa, a Pizarnik, a Perlongher y a otros.
—Y sí. Pero no condeno a Marosa, condeno la lectura que se hace de ella para seguir agrandando académicos de letras o del Ministerio de Educación y Cultura, que son todos de esa línea. Dejemos de repetir esos constructos. Como construyeron un aparato teórico que excede a la obra, te etiquetan a vos como posmo o porno porque no terminan de entender lo que hacés y su aparato no se aplica. Hoy estoy más interesado en lo que tienen para decir los artistas sobre su propia obra que lo que dicen los académicos sobre ella.

Mundos contables

—Hablando de la obra, cuando leí Ningún lugar pensé que, en vez de cuentos estaba leyendo una novela, dada la relación que mantienen entre sí los textos.
—Puede leerse así. Cuando escribí Hacia Ítaca (2011) ya estaba haciendo autoficción pero jugando con el viaje Levreriano, el narrador en primera persona con detalles fantásticos que alteran un realismo sucio. Luego cuando escribí el cuento “Valpo” (2013) no estaba seguro de lo que estaba haciendo. Ahí se inaugura una estética de la sinceridad que no deja de ser ficción.

—En los primeros cuentos hay mucho vínculo con lo sexual, baños, travestis, etc., pero hacia el final te mesurás.
—Siempre me pareció que esos mundos tenían cosas estéticamente interesantes para decir. En principio no había un interés político. No puedo considerarme un escritor queer, por ejemplo. Sí me interesaba mostrar ese mundo con una especie de realismo radical, en tanto que en una sala de chat pasan cosas que son increíbles. La experiencia en esos lugares (o no lugares) me pareció contable. Además, como a nivel creativo no tengo un lugar en el que me paro fijo, algo de eso se traslada a la sexualidad del personaje.

—La verdad siempre está en tela de juicio para tu narrador, por eso es difícil para el lector tenerle confianza.
—Sí, y también para las mujeres que salen conmigo.

—¿Hacen una lectura biográfica?
—No de mi literatura, sino de mí. Porque ser muchas cosas al mismo tiempo genera problemas en todos lados.

—Estar en “ningún lugar” genera incomodidad ante otro que tiene la voluntad de fijar.
—Sí. Eso también es muy Pessoa. El peligro de querer ser todo es terminar siendo nada.

—Un peligro.
—Y la depresión.

—Pessoa está muy presente en Ningún lugar. En determinado momento el narrador dice: “El Hosky ha sido un invento para expandirme fuera de mí”. Eso lo dice Hoski sobre Hoski.
—O sobre José Luis Gadea.

—Claro, José Luis es un huésped, un sujeto retraído por el otro bardero que vino a decir lo suyo. ¿Queda algo de José Luis?
—José Luis es lo que está en las sombras. El narrador lo corrige moralmente al mostrar todas sus cagadas, por eso en Ningún lugar el personaje va hacia el encuentro de sí mismo en el último cuento. El juego de los heterónimos es un juego de semiosis, una cosa conduce a otra y conduce a otra y conduce a otra. El problema de los heterónimos para Pessoa tiene que ver con no poder encontrar la sustancia de identidad que encontraba Descartes. ¿Dónde me encuentro? Me encuentro en ese acto de semiosis, me encuentro en el acto de creación, de búsqueda, de sed. También tiene que ver con las cosas que viví en el período en que narro. Son historias bizarras.

—Como “La princesa de Lezica”. ¿Pasó lo que se narra ahí?
—Pasó sí. Al tiempo ella me escribió, pero eso sí que no lo puedo contar.

Poética y política

—Hace unos años se hablaba del descrédito de la poesía y la capacidad de la palabra para incidir en la realidad, ¿te parece que ha cambiado esa percepción?
—Ahora hay un empuje muy fuerte de los movimientos sociales, del feminismo, del LGTB en la producción literaria. Pero pienso que en la oposición entre lo sociológico y lo estético es difícil que esos discursos sean trabajados desde lo estético. ¿Qué dicen los autonomistas radicales e ingenuos? Que “Benedetti es una basura porque habla de lo político”. Las estéticas de corte comprometido tienen sus propios códigos y hay que trabajarlos. Hay que ver qué hace la poesía feminista hoy y cómo, más allá de lo político. Esto, más que como lector, lo pienso como profesor y crítico.

—¿Hay discurso político que cuide lo estético hoy?
—Los espacios de circulación son diferentes. Lo que se está dando ahora es un campo fértil donde los poetas orales están pujando. En algunos casos sigue existiendo la predominancia de lo político frente a lo estético y eso se ve en el papel. Es verdad que cuando uno no leyó a los que lo precedieron o no tiene una formación académica puede decir cosas que de otro modo no diría y puede hacer hallazgos que tampoco ocurrirían. También está ese mito de que hay que leer poesía para escribirla y en buena medida es verdad. Pero también es cierto que el autor cuando empieza a escribir hay muchas cosas que encuentra porque no leyó nada. Por ejemplo, de los 26 autores que integran el libro En el camino de los perros. Antología crítica... solo hay 2 que hacen el IPA en Literatura. El resto no y ese dato habla mucho de la complejidad del tema.

—Hay mucho respeto al canon tal vez.
—Hay un libro, creo que de Pozuelo Ybancos, que trabajábamos con mucha admiración en el IPA en un curso de literatura española o teoría literaria. El tipo empieza diciendo: “Sin ánimo de ser como ese joven que luego de pintada la pared escribe su nombre con un graffiti, quisiera yo agregar algunas cosas a lo que ha dicho Dámaso Alonso...”. Andá a cagar. Citalo si querés, pero si vas a pegarle, pegale. Igual a los españoles les encanta eso, hacen la cosa más transgresora y vanguardista del mundo pero tienen que citar al Quijote o a Quevedo.

—Tal vez hay un nuevo público que quiere las cosas más depuradas, breves.
—Hay un problema grande que afecta a la oralidad y a la escritura que es el problema de la curaduría. Ha empezado a transformarse en gestión cultural y la gestión cultural no está pensando principios estéticos. También hay poca gente formada en curaduría.

—¿Específicamente en los slams?
—En los slams lo que pasa es que hay que entender cómo funciona el contexto. En Uruguay, su aparición permitió la aparición de otros ciclos en torno al slam e hizo que se encontrara mucha gente que de otro modo no se hubiese encontrado. Además, fue el espacio habitado por muchos que venimos de la poesía oral, que tenemos un trabajo de puesta en voz que ya tiene años. El riesgo del slam es que se te formatee el formato. Que te genere un formato de poeta slamer, digamos.

Caminos creativos

—¿Cómo fue el proceso entre el Hoski autor y el Hoski coordinador de un libro que antologa poetas ultrajóvenes?
—Lo que pasó fue que luego de conocer a los poetas Santiago Pereira y a Miguel Avero entramos en un problema que es bien de poetas: el de la recepción. Nos interesaba la poesía oral. Pero, ¿qué pasa con editar y llegar al público? No es fácil y nos sentíamos decepcionados. Ahí empieza la idea de Miguel de ir a los liceos a leer (proyecto Orientación poesía), cosa que le tiré para atrás pero que hice porque ellos iban. Ahí te das cuenta que los pibes escriben y que se generan contactos. Luego empezamos un taller donde presentábamos estéticas contemporáneas y la función ahí ya no era la de escritor sino la del pedagogo. En 2015, Miguel tira la idea de editarlos, iniciativa que también le tiro para atrás. Así, él edita a Micaela Ciganda, Federico Machado y Carolina Silva Rodé como parte del proyecto. Nos dimos cuenta que tampoco era solo una función de difusión, sino de crítica y edición, porque hay cosas que son editables si se las trabaja. Tuve que salir de mi lugar de autor, hacer a un lado mi estética o los juicios literarios que aplico a ella y dedicarme a pensar en otras escrituras. Ese desdoblamiento parece algo obvio pero no lo es.

—Al tener las redes sociales, la oralidad y otras vías disponibles para publicar o difundir, ¿pensás que a los más jóvenes les interesa tanto como a los de tu generación el tema de publicar y tener una carrera literaria?
—Muy poco en realidad.

—El libro, contrario a lo que se piensa, parece no ser un lugar al que aspirar entonces.
—Hay autores que sí. Pero eso que vos decís es más un fenómeno de los poetas. Son pocos los poetas que editan libro. Voy a aventurar una hipótesis: la construcción de la identidad de escritor, en los poetas es más problemática que en los narradores. Porque el narrador trabaja con una materia que es más objetivable y le permite salir bastante del yo. En cambio el poeta trabaja con un material donde el yo está ligado a la identidad del escritor y, a su vez, la exposición del texto está ligada a la exposición del yo.

—Se juega la ropa.
—Sí, por ejemplo, muchos de los pibes que nosotros corregimos para el proyecto luego no quieren salir editados. O al principio les pinta pero luego se retraen. Somos híper cuidadosos con eso, pero pasa.

—Pensando en Ningún lugar y tu propia narrativa, ¿no sentís que te exponés igual siendo narrador?
—Sí. Construir una estética de la sinceridad implica mentir, por eso en algún momento cito la idea de Onetti: “hay que mentir para decir toda la verdad”. Yo digo hay que invertirlo, hay que decir toda la verdad para mentir. La única forma de encontrar al yo es en la mentira, en la ficción, en el hacer creer. Pero ta, yo soy un bicho raro.

Mucha poesía

José Luis Gadea, Hoski, publicó en poesía “Poemas de amor” (2010), y “Poemas de la pija” (2015). En narrativa las novelas “Hacia Ítaca” (2011, Yaugurú) y “Ningún Lugar” (2018, Estuario). Fundador y editor de un colectivo de poetas jóvenes, de quienes publicó la antología “En el camino de los perros, Antología crítica de poesía uruguaya ultrajoven” (2018, Estuario).

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