Dos sobre Silvina Ocampo

La hermana irreverente

Luchó por tener vida propia, detrás de la omnipotente hermana Victoria. Si no lo consiguió, al menos logró inventarla.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Silvina Ocampo

SER LA menor de seis hermanas y no haber tenido hijos propios pueden haber sido dos de las condiciones que acentuaron en Silvina Ocampo (Buenos Aires, 1903-1993) la instalación en ciertos rasgos de la niñez, que asumió a su vez de forma ambigua. Quizás también por eso, para investigarse e inventarse, escribió relatos de infancia que buena parte de la crítica consideró autobiográficos, cosa no desmentida y hasta propiciada por ella en entrevistas y en testimonios homologables a las ficciones. Sin embargo, dijo en un reportaje a María Moreno: "Yo no tengo autobiografía. Tendré que inventarla". Una forma de ese ejercicio pudo hacerlo a través de muchos de sus cuentos sobre niñas que encarnan o descubren la crueldad, la perversión y la hipocresía, mediante el giro irracional, absurdo, onírico —tan a menudo llamado "fantástico"— de la anécdota.

Aunque deslumbrada con la visión infantil del mundo o con la niña que fue, Silvina —así, a secas, como suele ser llamada para distinguirla de su dominante hermana Victoria— pudo eludir la tentación nostálgica y el lugar común de identificar niñez e inocencia. Insistió en declarar su invisibilidad a causa de las poderosas personalidades que la rodearon y de un supuesto desinterés familiar, que también usó cómodamente —y que le hizo decir, por ejemplo, "fui el etcétera de mi familia"—, pero cultivó en la intimidad un encastillado egocentrismo. Se decía reacia a las entrevistas y era famosa por olvidar sus citas con los periodistas o rechazarlos con impertinencias, y aun así en las que dio se desborda en repreguntas, ocurrencias ingeniosas y golpes de efecto, hace gala de fórmulas que desconciertan y despliegues de seducción que dan al conjunto un sello personalísimo, al punto de configurar un género dentro de su obra. A todas estas facetas contradictorias, en sus brillos y en sus oscuridades, pueden acceder los lectores interesados en la inclasificable obra y en la compleja personalidad de Silvina, gracias a una reciente biografía escrita por Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1973), La hermana menor. Un retrato de Silvina Ocampo. Se trata, además, de un libro que explora sin tapujos los aspectos más turbios de la escritora, lo que se ha dicho y comentado sobre su sexualidad, su matrimonio, sus relaciones fraternas y amistosas, intentando buscar respaldos firmes o dejando asentada la debilidad de las fuentes o los posibles orígenes de las tergiversaciones.

A su vez, como ejemplo de su definitiva consagración más allá del dorado triunvirato de la fama que protagonizó, mirada siempre junto a Bioy Casares y Borges, y cuya autonomía se afirmó tantas veces como se puso en duda, la Editorial Lumen viene publicando la obra, incorporando en la "Colección Silvina Ocampo" los textos que dejó inéditos. El volumen más reciente, El dibujo del tiempo, reúne textos autobiográficos, prólogos y entrevistas de distintas épocas.

OLIGARQUÍA Y LITERATURA.

Los relatos de Silvina abren en general dos bandos que separan fuertes de débiles, dominantes de dominados, y en los que, en el escenario privilegiado de la casa patriarcal, en que transcurren buena parte de las historias, los niños se alinean con los criados y los pobres. Según sus reiteradas declaraciones, siempre se sintió atraída por la libertad de "los de abajo", por la forma de vida menos atada a las convenciones y según ella más espontánea y auténtica del personal subalterno respecto a la de sus familiares adultos. Con esos "otros" —que imaginaba "simples" mediante un recorte antojadizo y artificioso de sus vidas, de sus expectativas y frustraciones— compartió los momentos más trascendentes y recordables, en el cuarto de costura o en la sala de planchar. En el servicio doméstico también creyó ver una escala de sujeciones en relación a la confianza y cercanía de los patrones y la asimilación de sus valores. De acuerdo a estas jerarquías, la figura de la institutriz solterona y rígida ocupó el lugar más alto y a la vez el más alienado. Uno de los textos autobiográficos recogidos en El dibujo del tiempo está dedicado a una de ellas que cumplió largamente el estereotipo, la temida Catalina Iparraguirre, tan odiosa como digna de compasión (y que puede identificarse trasladada a textos ficcionales de la autora). A la ridícula señorita Mariquirena, maestra particular de castellano, le corresponde, por su parte, en esos recuerdos, el dudoso honor de contribuir a la pérdida de una porción de la inocencia y la fe infantil. La empatía y la comprensión, sin embargo, amparan a un empleado de la casa borracho, pero bondadoso e inofensivo, y hasta disimulan el abuso sexual de otro bajo la categoría de rito iniciático, vivido y revivido en el recuerdo y en las recreaciones de la ficción con una culposa fascinación. Los mendigos atrajeron, a su vez, a Silvina, en sus actitudes de sumisión y de aceptación indiscriminada de las condiciones que ella ponía para la "limosna", lo que implica un nada ingenuo ejercicio de poder.

IRREVERENCIA Y CREACIÓN.

Tomando en cuenta los textos autobiográficos, los testimonios y entrevistas, y la reconstrucción de la biógrafa, se advierte que el desparpajo y el gusto por desconcertar fueron gestos distintivos de la escritora. El desentendimiento de las formas, de las reglas de cortesía o etiqueta y de las obligaciones sociales pudo basarse en la libertad que le dio haberse sentido invisible en un entorno familiar numeroso, tanto como el gozar de la seguridad y el amparo de su clase de origen: vínculos, poder y dinero toleraban cualquier capricho y le permitieron vivir sin trabajar y sin hacer concesiones.

Un polo firme de poder para la consagración literaria, en la época en que Silvina dejó la pintura y se decidió a publicar, estaba encarnado en su hermana mayor, en torno a quien orbitaba el "grupo de Sur". A su modo, Victoria había asumido la obligación viril que le dio la primogenitura: llegar tan lejos como hubiera podido llegar un hombre, estar a la altura de todos los desafíos que imponía el sistema dominante para consolidar el triunfo, ser una escritora y una intelectual de su tiempo, liderar, dirigir, intervenir. Cuando su hermana menor publica el primer libro de cuentos (Viaje olvidado, 1937), la omnipotente Victoria no pudo ceder a la tentación de reseñarlo en la revista Sur. Quiso ser condescendiente y fue rezongona; quiso mostrar que enfrentaba el riesgo de la cercanía eludiendo el elogio, y fue injusta y prepotente, reclamando una prosa que se ajustara al ideal estético del grupo. Reprobó el poco trabajo del lenguaje, el estilo desmañado, aclamando que para "sacarle la lengua a la gramática" había que dominar antes las formas convencionales. Silvina acusó el golpe —que nunca olvidó— e incluso intentó amoldar su escritura al "deber ser" marcado por la reseña pionera de Victoria, lo que dio como resultado Autobiografía de Irene (1948), que algunos consideran su obra más artificiosa y menos arriesgada. A partir de entonces, su tarea narrativa —paralela a la poesía que cultivó como actividad casi escindida— significó el hallazgo permanente de la expresión original e irreverente, desarrollando cualidades que ya estaban en el inicio, y "sacándole la lengua" a toda clasificación.

Al igual que Victoria, Silvina desarticuló los discursos del poder masculino, pero de un modo diferente, buscando atajos, eligiendo las "tretas del débil", poniéndose en el lugar de la que no sabe, amparándose en la tutela de Bioy, mimetizándose con otros para disimular su voz, escudándose en la minusvalía infantil para decir lo obsceno, para afirmar sus deseos y odios más violentos.

LA HERMANA MENOR. Un retrato de Silvina Ocampo, de Mariana Enríquez. Edición de Leila Guerriero. Universidad Diego Portales, 2014. Santiago, 212 págs.

EL DIBUJO DEL TIEMPO. Recuerdos, prólogos, entrevistas, de Silvina Ocampo. Lumen, 2014. Buenos Aires, 398 págs. Distribuye Random House Mondadori.

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