200 AÑOS DEL AUTOR NORTEAMERICANO (1819-1891)

Herman Melville, aún fresco en la imaginación

Era muy famoso cuando publicó Moby Dick, pero a partir de esa novela Melville se hundió en vida. A 200 años de su nacimiento, un repaso de su atribulada vida.

Herman Melville. Dibujo de Ombú
Dibujo de Ombú

Con su primer libro Herman Melville se convirtió de inmediato en un escritor de éxito. Cinco años después, en 1851, cuando publicó su obra maestra, Moby Dick, la crítica lo hundió; permaneció en el olvido cuarenta años, hasta su muerte. Pero su obra siguió viva en las profundidades y cuando emergió, cien años después de su nacimiento, se adueñó del planeta.

MENTALIDAD PURITANA

A mediados de noviembre de 1851, en un restaurante cerca de Pittsfield, a 200 kilómetros al norte de Nueva York, dos de los más famosos escritores del país, vecinos de la zona, cenaban en un reservado. Uno de ellos, Nathaniel Hawthorne, hacía algunos meses había encantado y escandalizado al público con su novela La letra escarlata, que ponía a dos siglos de distancia los mismos prejuicios que la sociedad del momento sostenía, pero que el libro obligaba a rechazar. El otro, Herman Melville, había invitado a su amigo para regalarle un ejemplar de su novela recién salida de la imprenta, Moby Dick, o la ballena, que en su primera página decía: “Como muestra de mi admiración por su genio, dedico este libro a Nathaniel Hawthorne”.

Melville era tan famoso que cuando se casó con Elizabeth, cuatro años antes, debieron hacer la ceremonia en la casa de su suegro —antiguo senador del Estado y juez de la Corte Suprema del Massachusetts— para evitar la aglomeración de admiradores. Sus libros Taipi y Omú, basados en sus experiencias de viajes por las islas del Pacífico sur, eran leídos en todos los países de habla inglesa. Su tercera novela, Mardi, no había sido bien recibida por la crítica, pero poco antes de la publicación de Moby Dick había publicado dos nuevas novelas de aventuras, con menos filosofía e introspección irónica, con la intención, a medias lograda, de recuperar lectores: Redburn, sobre su experiencia en un mercante que hacía la línea Nueva York – Liverpool, en el que trabajó cuando tenía veinte años, y Chaqueta Blanca, a partir de su pasaje como marinero por la armada de Estados Unidos, a los 23.

Melville había hecho su fama como autor de novelas marineras, muy del gusto de la época, en parte debido a que Estados Unidos, una nación joven, veía con más expectativa los mares y su potencial como campo de pesca, que los vastos y hostiles territorios interiores en disputa con México (la guerra terminó a principios de 1848, y como resultado, los Estados de Texas y California pasaron a poder de Estados Unidos). Ahora, su sexta novela, también ambientada en los océanos del mundo, le daba la oportunidad de mostrar no sólo su dominio de la técnica narrativa, sino profundidades filosóficas y psicológicas que estaban inaugurando una nueva era de las letras norteamericanas.

Las aventuras marineras de conquistas de territorios lejanos, las historias de esforzados luchadores contra Leviatán —y la denominación bíblica era muy adecuada para la mentalidad puritana y fervorosa de los grupos protestantes que predominaban en el país— eran muy bien recibidas por los lectores. Eran comunes las crónicas de viajes por mares lejanos, que, siguiendo la tradición de la novela pionera de Defoe, eran presentadas como crónicas, aunque no siempre lo fueran. Taipi, la primera novela de Melville, es resultado de lecturas como la crónica de los viajes de juventud de Richard Henry Dana, publicada en 1840; la historia de “Mocha-Dick”, un cachalote albino que se avistaba cerca de la isla de Mocha, al sur de Concepción, en la costa chilena, escrita por Jeremiah Reynolds y publicada en 1839; y sobre todo la crónica del naufragio del Essex, un ballenero de Nantucket, provocado por una ballena blanca en 1819 (quizá la misma Mocha-Dick de Reynolds), escrita por el primer oficial Owen Chase y publicada en 1821.

Esta última historia tiene un lugar importante en la literatura estadounidense. La antropofagia a la que se vieron obligados los náufragos, que echaban suertes para decidir quién moriría para alimentar a los otros, inspiró también el espeluznante relato de Edgar Allan Poe, La historia de Arthur Gordon Pym, publicada en 1838. Melville leyó esa historia durante sus meses como ballenero; la mantuvo bajo la superficie durante la escritura de sus primeros libros y la hizo emerger, incontenible y poderosa, en Moby Dick.

Pero Herman no esperaba que pasara lo que pasó. Las reseñas de su gran novela fueron malas. De los 3.000 libros que se publicaron en Estados Unidos se vendieron apenas la mitad. A partir de la salida de Mardi su público lector había decaído, lo cual, debido a su tren de vida, lo había comprometido con adelantos de sus editores que las ventas no lograban cubrir. Algunas reseñas hablaban de falta de respeto a la religión, y reprobaban el tono satírico y la burla al orden y las buenas costumbres. Sus propios editores, los hermanos Harper, que publicaban una revista de autopromoción, publicaron una reseña de la novela con un elogio demasiado tibio, debido al temor ante una sociedad religiosa y todavía puritana.

La cena con Hawthorne, aquella noche de 1851, fue probablemente la última en la que el escritor vivió con felicidad una ocasión relacionada con su profesión de escritor.

Uno de los problemas que tenemos hoy, casi 170 años después de la aparición de su obra maestra, lo manifestó con mucha precisión Willard Thorp en un prólogo de 1938, cuando hacía menos de veinte años que la suerte crítica de Melville había comenzado a cambiar para bien; en su texto se refiere a Pierre o las ambigüedades, la novela que Melville publicó inmediatamente después de Moby Dick: “Pierre es aún hoy un libro difícil. Para nuestra generación, que lee con facilidad a Meredith y a James y a Woolf, y que cree entender el Ulises de Joyce y El arco iris de Lawrence, los métodos de Melville no son demasiado confusos, como eran para la generación anterior. Nuestra dificultad no es entender el sentido de la historia sino saber cuánto de lo que creemos ver fue colocado allí por Melville y cuánto leemos del texto por haber vivido la Era Freudiana”.

De alguna manera, los críticos de su tiempo tenían razón: Melville estaba fuera de época y producía una literatura inquietante. Ismael, el narrador de Moby Dick, está acosado por una inquietud extraña que no puede calmar ningún dios, y que lo empuja a pensar en el suicidio: “En un arrogante gesto filosófico, Catón se arrojó sobre su espada; yo, tranquilamente, tomo un barco”. La aventura marina ya no es la conquista del planeta para gloria de la nación, sino un escape del ambiente sofocante de una comunidad hipócrita que empuja el alma al abismo.

La ironía, rasgo característico de Melville, es muy desestabilizadora para quienes están ansiosos por embanderarse con certezas. Cuando publicó su Pierre, manifestó los rasgos más autodestructivos de su personalidad —y él no eligió, como Ismael, recorrer la parte acuosa del mundo, sino que se encaminó directamente a “la pistola y la bala” del suicidio crítico.

Hasta la publicación de Moby Dick, Melville había firmado contratos por un 50% de los beneficios; el contrato por Pierre estableció una baja al 20%. Ante la propuesta de la baja de porcentaje, Melville entregó el manuscrito de Pierre a Evert Duyckinck, crítico del Literary World que había hecho una horrible reseña de Moby Dick, a pesar de lo cual el escritor aún respetaba. Al parecer la respuesta, luego de la lectura del manuscrito, fue muy negativa. Duyckinck se negó a recomendar el libro a otros editores, y en una semana Melville descargó su furia agregando capítulos a su manuscrito en los que el crítico era vapuleado. El libro se resintió de esos agregados, perdió integridad y para peor, lo enemistó definitivamente con la crítica, ya que Duyckinck no fue el único que se sintió aludido.

Las reseñas de Pierre pidieron literalmente el infierno para Melville. Se lo acusó de blasfemo (la blasfemia era entonces un delito, e irónicamente su suegro había sido el último juez del país en condenar a alguien por blasfemia, en 1838). Los hechos de la trama y las motivaciones del inocente héroe son extraños —Pierre abandona a su prometida para casarse con su hermana (de él) pero luego la ex prometida va a vivir con ellos, y las habituales digresiones melvilleanas, que en Moby Dick tenían que ver con el mundo de las ballenas, que después de todo es el tema del libro, aquí resultan notablemente más digresivas, lo cual a algunos nos encanta y a otros les repugna.

DEPRESIÓN Y ALCOHOL

Luego del fracaso de Moby Dick y la pena capital a su firma como autor de novelas que provocó Pierre, Melville publicó relatos en revistas y antes de 1860 incluso dos nuevas novelas, pero su fortuna como escritor profesional estaba sellada. Hacia el final de la década decidió aprovechar sus dotes de argumentador, y comenzó a vivir de dar conferencias sobre arte romano, más turísticas que artísticas. Todavía tuvo medios para viajar, probablemente con el apoyo de su hermano Allan, a quien compró su casa de Manhattan y vendió la granja de Pittsfield. La situación económica, sin embargo, no hacía más que empeorar, y el fracaso profesional comenzó a afectar su ánimo. Tenía arranques de violencia contra su esposa, estaba deprimido y bebía demasiado, al punto que la familia de su mujer, preocupada, decidió secuestrarla para alejarla de su marido, cosa a la que ella se resistió y nunca se llevó a cabo. En cambio, luchó para que le consiguieran un puesto en la aduana de Nueva York. La muerte de su padre en 1861, y la de algunos otros parientes le dieron acceso a algunos legados que reconstruyeron el equilibrio económico.

Pero los infortunios no cesaron hasta su muerte. En 1867 su hijo mayor, entonces de 18 años, amaneció muerto en su dormitorio, con una pistola en la mano. Se había suicidado, aunque es posible que se tratara de un accidente ocasionado por la fascinación por las armas que su vocación militar le había provocado.

A esa altura Melville sólo escribía poesía. En 1876 publicó uno de los poemas más largos escritos por un estadounidense, “Clarel: un poema y un peregrinaje a Tierra Santa”, 16.000 versos basados en su propio viaje a medio Oriente en 1856.

Luego de su jubilación en 1885 tuvo cierto reconocimiento cuando un revival de la literatura de aventuras marinas surgió en Inglaterra (aunque no en su propio país) y fue solicitado para conferencias y tertulias, pero esas alegrías fueron eclipsadas por la muerte de su segundo hijo, Stanwix, de 36 años. Al final de su vida retomó la prosa, y comenzó una novela, Billy Budd, que la muerte dejó sin terminar.

Herman Melville se propuso una meta ambiciosa, y la cumplió con creces. Fue pionero de las letras estadounidenses, y forma, junto con Poe, Whitman, Hawthorne, Dickinson, James y Twain un comando de notables escritores, fundadores, inspiradores de generaciones que ayudaron a romper los límites asfixiantes de una cultura puritana. Todos ellos son perfectamente legibles hoy, y buena parte de su obra aún está activa, además de su valor histórico en la cadena cultural que ayudaron a construir.

En el caso de Melville, su gran novela Moby Dick, llena de aventuras, ironía y conocimiento, es un faro a veces enceguecedor para los escritores de todas las lenguas, y un mundo del que el lector sale cambiado —o no sale—. Su otro texto que apabulla por la penetración y profundidad, dentro de una facilidad mozartiana, es Bartleby el escribiente.

Siempre que se usa el lenguaje verbal, se habla simultáneamente de varias cosas. La coexistencia de sentidos es inevitable, porque el lenguaje es estructuralmente algo desplazado, un aparato de comparaciones, algo que se pone en lugar de otra cosa. Moby Dick puede leerse como una alegoría, pero la larga tradición de adjudicarle a Ahab y a su manía cazadora estos o aquellos sentidos, y a la ballena blanca tales o cuales significados parece, a veces, un poco inocente. Si un libro tan desmesurado y unos personajes tan extremos, feroces, tiernos y salvajes pueden seguir arraigándose en la imaginación de los lectores de hoy es porque la proliferación de sentidos del texto trasciende la sencilla metáfora y se ancla en las profundidades más esenciales de la mente.

A los treinta años Melville había escrito la más grande obra narrativa de su lengua y había vislumbrado el éxito. Durante los siguientes cuarenta años fue hostigado por una comunidad que no lo quería como uno de sus miembros. No está mal, además de leer sus libros, recordar las circunstancias de su vida injustamente marginada, aunque cada época se las arregla para ser perversa, a su propia manera, con quienes de todas formas alimentan el futuro.

Moby Dick

Circula en librerías locales la edición de Penguin Clásicos de “Moby Dick”. Hay también una edición de “Moby Dick” de Losada traducida por Pablo Ingberg, y otra en manga de Herder. Del “Bartleby” hay ediciones en Siruela y Valdemar. La mejor traducción de “Moby Dick” es de Enrique Pezzoni y la publicó Sudamericana hace muchos años. Linda excusa para recorrer librerías de viejo.

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