Con Enrique Estrázulas

"Hay lectores buenos, que pueden ver cosas"

El autor de la muy traducida Pepe Corvina (1974), habló en extenso sobre su obra y sus lecturas, pero también sobre Perón, Hitler, Mussolini y Luis Alberto de Herrera.

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Foto Inés Guimaraens

TRAS ALGUNAS gestiones, recibe amable y así se mantendrá. Enrique Estrázulas (Montevideo, 1942) es poeta, novelista, periodista, ensayista y dramaturgo. Ha sido diplomático. Su novela más conocida, Pepe Corvina (1974), tiene numerosas traducciones. El objetivo es grabarlo para el ciclo Los poetas dicen leyendo de su último libro Claroscuros (2013), y de paso charlar sobre el conjunto de su obra.

Pero no será un entrevistado fácil. Responderá con amplitud, salvo cuando no quiera entrar en un tema. Por ejemplo, sobre su novela Tango para intelectuales (1990) dirá que ya no le gusta, que no tiene el libro y no desea hablar sobre él. No habrá cómo seguir por ese rumbo.

En determinado momento, charlando sobre las dificultades para hallarlo, le confieso haber creído por instantes que estaba tratando de reportear a un ermitaño, pero que ese pensamiento no lo voy a poner en la nota. Ríe y me dice que lo escriba.

VOLVER

—Ha viajado mucho, y se nota en su obra, pero parece que siempre pensando en volver.

—Anduve por ahí, sí. Por Buenos Aires, por Roma, por París. Fui embajador en Cuba.

—En Tango para intelectuales escribe que otras ciudades le han gustado mucho, pero siempre pensando en volver acá.

—Posiblemente. Sobre todo a Montevideo.

—Pero parece, más en concreto, que en su poesía y narrativa está volviendo a la Punta Carretas de la infancia.

—Yo recuerdo que en Roma extrañaba mucho. Luego me acostumbré. Después en París también. París es, digamos, una ciudad más triste que Roma. Más atractiva, tal vez. En todos lados extrañé. Pero también disfruté las ciudades. Después disfruté también Cuba, en lo que se refiere a otra cosa. Cuba es una isla que está llena de playas, de calor, de mulatas. Pero el clima no da eso que daría, por ejemplo, una isla como la Martinica.

JOVEN POETA VIEJO

—Sus primeros libros, El sótano y otros poemas (1965), Fueye (1968), y Caja de tiempo (1971), son de antes de cumplir los treinta, pero trasuntan la nostalgia propia de un hombre maduro.

—Eso es lo que me decía Onetti. Es un libro de un hombre que tiene más de cuarenta años, me dijo hablando de mi primer libro, El sótano y otros poemas.

—Nostalgia tanguera con lenguaje culto. ¿Fue buscado o le salió solo?

—Era mi lenguaje interior de esos años. No pensé ni en Cadícamo, ni en Manzi ni en ningún otro de los grandes autores del tango. Que son letristas, no poetas. Han escrito letras, que luego, en muchos casos, valen como poemas por sí solas, incluso separadas de la música.

—Y lo suyo es lo opuesto.

—Lo opuesto, puede ser, sí. Yo recuerdo una nota de Onetti, del año 69, por ahí, en Marcha, en que me pone por los cuernos de la luna, medio en serio y medio en joda. Hacía esas cosas. Dice de mí que con el paso del tiempo íbamos a saber que teníamos un poeta extraordinario, y que ignoraba a quién copiaba yo, pero que le parecía que venía de Vallejo y de Gardel.

—Vallejo se nota, aunque usted, sin caer en la obviedad, es más llano.

—Sí, es más difícil Vallejo. Sí, puede ser. Pero creo que me salió solo. Yo no tuve una influencia que notara. La de Gardel, puede ser. Y la de Vallejo es posible. Creo que son todas cosas posibles, pero no puedo decir como dice el propio Onetti, "copio a Faulkner desde que empecé a escribir". Que era una broma.

LOS CUENTOS, LAS NOVELAS

—Bajo muchos pasajes de su narrativa se nota la escritura en verso. ¿Se le cuela el poeta al narrador?

—Bueno, hay un cuento que se llama "Aprendiz de barro", dedicado a José Sasía, que evidentemente está todo hecho en endecasílabos.

—También son poéticas las imágenes que muestra, por ejemplo lo del elefante, en la novela Lucifer ha llorado (1980). ¿Trató de deslindar géneros?

—No, me importó un comino. La novela tenía que salir como yo la sintiera.

—Es un poco la continuación de Pepe Corvina, al menos por dos personajes.

—En parte sí. Pero la gente no se da cuenta. Hay muy buenos lectores, pero hay otros que no tienen una fuerza natural como para comprender la literatura. El caso de Pepe Corvina, que algunos la consideran un clásico, y es una novela mucho más fácil de leer, más entretenida que Lucifer ha llorado.

Pepe Corvina es su novela más célebre. ¿Es la mejor?

—En su momento me pareció que era. Después opté por Lucifer ha llorado. Y más tarde por una novela que muy pocos han leído que se llama Espérame, Manón (2008). Creo que es una novela importante.

—Se nota desde Pepe Corvina un volver a hechos y paisajes de infancia, con esos caserones en decadencia.

—Lo que pasa es que hay lectores que son buenos, realmente buenos lectores, que pueden ver cosas. Y aparecen generalmente en Pepe Corvina porque no son lectores, cómo decirlo, de cualquier novela. Existen esos lectores. Son los que la convirtieron en best seller tanto acá como en el exterior. Pero hay los que empezaron a leerla y no la entendieron.

—Insisto: lo veo volviendo a su paisaje de infancia.

—¿Entonces por qué Pepe Corvina tuvo tanto éxito en París, por ejemplo? Hasta hubo que cambiarle el título (se llama Les feux du Paradis). ¿Por qué tuvo tanto éxito en Portugal, en Grecia?

—Es universal: en todas partes hay gente volviendo.

—Sí, puede ser.

—En Pepe Corvina hay un boxeador que llega de casualidad a Presidente. La escribió a principios de la dictadura. ¿Temió que se leyese como una burla al ex presidente Jorge Pacheco Areco?

—Lo que pasa es que yo estaba escribiendo un poco desde el pasado, y al mismo tiempo nunca me interesó la literatura politizada. ¿Qué clase de artimaña puedo hacer para que la novela sea politizada? Ninguna.

—El protagonista es real, fue canción y después novela…

—La canción es anterior. El hombre fue ballenero, ese es Pepe Corvina. Y volvió. Lo curioso es que los balleneros casi nunca vuelven.

—Son excelentes, en poesía o narrativa sus evocaciones de personajes reales, como esa trasposición del poeta Rolando Faget que hace en El ladrón de música (1982).

—Yo lo fui a ver a Faget, donde estaba internado, al final. Varias veces. No lo dejaban comer chocolate, que a él le gustaba. Evidentemente se iba morir, igual con chocolate o sin chocolate. La última vez que lo vi, pocos días antes de morir, le llevé un chocolate grande así y se lo comió todo. Yo le prologué el primer libro (Poemas del río marrón, 1971), que era superior a los más recientes.

CANTAR  EN URUGUAYO

—Ud. fue amigo de Zitarrosa y escribió sobre él. ¿Tenemos hoy quien cante, a su manera personal, pero en uruguayo?

—No. Pero también comete errores, Zitarrosa. Hay muchas canciones admirables de Alfredo, y estupendamente bien cantadas. Y hay otras que son cancioncitas, para rellenar un disco. Con poca obra no debería haberle pasado. Y es la mejor voz que hemos tenido acá.

—Ud. señala en el libro que Zitarrosa interpretaba algunos temas mejor que sus autores. Yamandú Palacios u Osiris Rodríguez Castillos, por ejemplo.

—No hay que olvidar que Osiris Rodríguez Castillos sí que era un poeta. Aunque no un cantor. Acaba de salir un libro de Guillermo Pellegrino sobre Osiris, A la orilla del silencio. Desde el punto de vista de la literatura tiene algunas cosas olvidables, pero la mayoría son clásicos. Y creo que en ese orden es superior a Zitarrosa. Cantando, no.

—¿No hubo más cantores "en uruguayo"?

—El Sabalero cantaba en uruguayo. Numa Moraes canta en uruguayo, del norte, pero en uruguayo. Creo que Gardel canta en uruguayo. Tiene cantidad de tangos, sobre todo, y milongas, elaboradas en la Argentina, pero hay, por ejemplo, tres temas del "Viejo Pancho". Son netamente uruguayos, y cantados por un uruguayo. Y hay más. Creo que voy a presentar un libro sobre Gardel que se llama Gardel íntimo. Nunca he presentado un libro sobre Gardel. En ese libro está hablando de pe a pa de que extraña a la verdadera madre. No a Berta Gardés. Ni siquiera una foto tiene con Berta Gardés. Hay un cuadrito con una foto de ella y él al lado. No es lo mismo.

AIRE TANGUERO

—En su escritura hay una atmósfera tanguera. No se puede hablar de una influencia directa, pero recuerda un poco a Manzi o Cátulo Castillo.

—Astor Piazzolla me dijo una vez que no le tenía simpatía a "La Cumparsita". Como no le tenían simpatía muchos, como Cátulo Castillo. Pero me dijo que "Sur" era un himno. Le dije que no, que era mucho más que un himno. Es un tango completo. Piazzolla hizo grandes cosas, esas sonatas, esas piezas instrumentales que, para el que no sabe, no son tango, pero para mí es tango. Pero su obra con Ferrer no llega a la altura de lo que produjeron Troilo y Manzi.

—Ud. aprecia el lunfardo, como se ve en su libro sobre Carlos de la Púa, pero no lo usa.

—A mí me gusta mucho el lunfardo. Sé de lunfardo. Pero no hablo en lunfardo ni tengo ningún poema con palabras lunfardas. Escribiendo poesía, o novela, o escribiendo lo que sea, no tengo nada que ver con el lunfardo. Aunque me guste mucho.

LOS HOMBRES FUERTES

—En su pieza teatral Borges y Perón: historia de dos muertes (1993), donde se entrevistan el escritor y el caudillo ya viejo, y en su novela caribeña Los manuscritos del caimán (2004), aborda el tema de los dictadores y sus ambivalencias. Desde una fuerte distancia crítica, los comprende.

—Jorge Luis Borges y Juan Domingo Perón no se conocieron jamás. No sé si hubiera sido posible una entrevista entre ellos. Creo que hubiera sido imposible. A Borges lo conocí y lo traté. Y a Perón creo que lo comprendí, desde una distancia crítica muy fuerte. Perón, más allá de estar de acuerdo o no estar de acuerdo con él, fue un conductor de masas como no hubo otro en América Latina. Si no, no pasaría lo que pasa en Buenos Aires, no lo de ahora, lo del asesinato de Nisman, sino lo de que el peronismo no se va. No hay vuelta: sigue siendo una fuerza muy potente. Lo que no quiere decir que no desaparezca algún día. Pero hace tiempo que está.

—Hay quien compara a Perón con figuras como Hitler, Mussolini o Franco. En otra cuerda, hay quienes lo vinculan con Luis Alberto de Herrera.

—La comparación con Hitler, con Mussolini o con Franco me parece imposible. Algunos lo comparan con Mussolini, pero no con Hitler ni con Franco. No tienen nada que ver con Perón. Y lo de Herrera tiene que ver porque en definitiva estaba ahí flotando el Tercer Mundo. En mucha cosa fueron disímiles, pero Herrera fue el único en ir al entierro de Evita Perón. Acá había una actitud de los políticos exagerada, desde el punto de vista de ese desprecio por Perón y también por Evita. Creo que no correspondía. Tampoco correspondía apoyar a ninguno de ellos, pero había una actitud… hicieron al Uruguay antiperonista. En ese aspecto, lo de Borges no tuvo nada que ver con el antiperonismo. Borges adoraba a la madre y Perón la tuvo presa. Es muy difícil que no saliera el odio por algún lado.

—En ambos textos muestra el lado humano y vulnerable del tirano. El amor del Caimán por Casandra, su hija. Y ese Perón casi tierno en su admiración por el escritor.

—Tenía muchas personalidades, Perón. Podía presentarse como débil y tierno o como un tirano terrible. Era muy simpático —eso me lo dijo Cadícamo— pero al mismo tiempo podía ser terrible. Yo elegí el Perón que me gustaba a mí. Lo de la ternura ya le pasó a Rosas, con Manuelita. Y la relación de Perón con Evita era tierna.

FE, ILUSIÓN, MARAVILLA.

—En varias de sus novelas es tema la búsqueda de lo imposible, sea el mapa al paraíso en Pepe Corvina o la octava nota, en El ladrón de música.

—Algo tiene que ver El ladrón de música con Pepe Corvina, en ese viaje. Aunque es inferior a Pepe Corvina.

—Se repite la escena del caballo entrando a la sala. ¿Eso pasó?

—Pasó, sí (ríe). Juan Zorrilla de San Martín, hijo, estaba en un sanatorio de las Piedras y llegaba a caballo desde Las Piedras a lo de Cocholita Zorrilla, que era en la rambla, y para no dejar el caballo atado afuera lo tenía que meter en el jardín de esa casa. Entonces, claro, estaban unas señoras tocando el piano, o hablando de poesía —hablaban de una poesía que a mí no me interesaba— y de repente entraba él. Y ahí si entraba la poesía, cuando entraba Juan a caballo. Era un hecho poético notable.

—¿Cómo se le ocurrió lo de la octava nota, que aturdía a casi todos lo que la oían?

—Justamente, para ensordecer. Porque al no existir, era una invención de locos.

—Sin embargo los personajes que la captan son humildes. Pienso en la relación entre Juan León, el protagonista, y Alipio, un guitarrista popular.

—Bueno, uno se encuentra con un personaje en la calle, de los tantos que pasan por ahí. Me reconoce y me pregunta si soy escritor y qué estoy escribiendo. Le digo que una novela sobre la octava nota musical. Varios me respondían que era una maravilla. Se lo creían. Yo no les quise aclarar que ambos debíamos saber que eso no existía. No existe en la realidad, pero en la novela sí.

—En Lucifer ha llorado, el Hermano Lobo halla la mujer inolvidable…

—Evidentemente Irene es inolvidable, y totalmente invivible. Además no la conocí, la inventé. A Ligia, la muchacha, sí la conocí. Al mago Tangasis lo inventé. Y al elefante… lo vi. Lo vi porque hubo un elefante que tuvo dolor de muelas, de colmillos —eso me lo contó mi padre y varias personas— en el zoológico de acá. Y hubo que sacarlo de la jaula para que se sintiera un poco mejor. Después le dieron no sé qué medicamento. Y papá, con una mentira no literaria, una mentira que no era para que yo escribiera, me dice que al tipo que lo curó se lo dieron y se fue con él tan tranquilo, por las calles de Montevideo.

—En su narrativa, en la búsqueda de lo imposible, se entretejen las ideas de fe, ilusión y maravilla. A varios de sus personajes les falta fe. ¿Ud. la tiene?

—No sé, depende de lo que escriba. El encuentro con la maravilla, yo creo que está ahí, y no sé si volveré a insistir con el tema.

—¿Qué está escribiendo ahora?

—Ahora no estoy escribiendo nada. No sé si se mantendrá así, porque tengo ganas de escribir. Pero no me sale lo que estoy escribiendo, todavía.

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