Novela de Michel Houellebecq

Los globos pinchados de la madurez

Llegó Serotonina, su séptima novela, de tirada récord en Francia.

Michel Houellebecq. Misántropo y desesperanzado de comienzo a fin. Foto Phillipe Matsas/Flammarion
Michel Houellebecq. Misántropo y desesperanzado de comienzo a fin. Foto Phillipe Matsas/Flammarion

Florent-Claude Labrouste, el protagonista de Serotonina (2019) es un ingeniero agrónomo de cuarenta y seis años, ex empleado de Monsanto, maneja una Mercedes 4 x 4, tiene a sus espaldas varias historias de amor terminadas, se siente un fracasado y comienza cada día con un café, un cigarrillo y un comprimido de Captorix, antidepresivo de última generación que tiene a su favor no promover tendencias suicidas o automutilantes. De todos modos tiene contras: “Los efectos secundarios indeseables observados con mayor frecuencia con Captorix eran las náuseas, la desaparición de la libido, la impotencia. Yo nunca había sufrido náuseas”. Una declaración que es Michel Houellebecq (n. 1956) en estado puro, una carga potente de ironía, autocompasión y nihilismo de este escritor francés que ha hecho del antimarketing físico su carta de presentación. La misma carga que el lector va a respirar durante todo el relato. Un bajón exasperante al que parece redimir una sola cosa, que Houellebecq escritor posee, mal que le pese a una amplia franja bienpensante de lectores y que ha dejado fluir desde la temprana Ampliación del campo de batalla (1994): honestidad. Aunque quisiera, Houellebecq no podría sonar positivo, tiene incorporado el gen de la misantropía y la desesperanza y desde que comienza hasta que termina este libro es un contundente revés a las ayudas de la psiquiatría, a los refugios del amor y a los paliativos del dinero.

SIEMPRE UN PASO ADELANTE

Serotonina es la séptima novela de Houellebecq (octava si se cuenta Lanzarote, raro y más breve ejercicio de ficción) y fue editada en Francia con un tiraje récord de trescientos veinte mil ejemplares, apuesta que la editorial Flammarion puede permitirse porque se trata de un escritor estrella de su país y del mundo y porque su novela anterior, Sumisión, sorprendió con su trama y arrasó con las ventas. Postulaba la existencia de un gobierno islámico en Francia y salió a la venta el mismo día —7 de enero de 2015— en que el semanario Charlie Hebdo, luego de algunas carátulas irreverentes hacia el Islam, sufrió un trágico atentado que dejó doce muertos.

Con Serotonina Houellebecq ha sido reticente a las entrevistas, sumado a que acaba de casarse por tercera vez y está ocupado quizá en otros asuntos, pero aun así la novela ingresa oportunamente en momentos en que la presidencia de Emmanuel Macron atraviesa dificultades derivadas de su suba de impuestos a los combustibles y de sus idas y venidas al respecto frente a las protestas de los llamados “chalecos amarillos”, clase media indignada, cansada de trabajar para otros. En parte de esta novela —y a través de un personaje secundario, Aymeric, amigo de Florent— Houellebecq toca el tema de la crisis agrícola y ganadera en Francia, crisis de productores rurales enfrentados a un mundo que cambió las reglas del juego económico, y a los que no les queda otra cosa que resignarse a la derrota o resistir en modo revolucionario, en cualquier caso con resultados desastrosos. La tercera vía, que es la que sigue el protagonista, es “abandonar”, renunciar a su trabajo como contratado en el Ministerio de Agricultura, liquidar sus cuentas, dejar a su última amante y largarse a la carretera a quemar sus ahorros en busca de un hotel que acepte fumadores, o de un monasterio que acoja su “absoluta soledad” en vísperas de Fin de Año. Claro que por esas fechas los monasterios están “completos”. De este periplo es que trata mayormente la novela, un racconto de circunstancias vitales que el narrador protagonista va haciendo en una línea temporal llena de flashbacks y con un discurso de frases largas, encadenadas y enrevesadas en las que sin embargo el lector no se va a perder porque la sustancia de lo que dice queda clara.

VIDA DE HOTEL

El desencanto de Houellebecq en torno a la recuperación de la humanidad asoma sin tapujos (y sí, también su misoginia, misantropía y xenofobia) y acuña pasajes que invitan a pensar: “Yo estaba de mal humor y me serví un vaso grande de vodka sin esperar a Aymeric, al tiempo que devoraba rodajas de morcilla artesanal, está claro que no se puede hacer nada con la vida de la gente, me decía, ni la amistad ni la compasión ni la psicología ni la comprensión de las situaciones tienen la menor utilidad, la gente se fabrica ella misma el mecanismo de su desdicha, le da cuerda y luego el mecanismo sigue girando, ineluctable, con algunos fallos, algunas debilidades cuando la enfermedad interviene, pero sigue girando hasta el final, hasta el último segundo”.

En otros la acidez se torna reflexión pseudo lingüística o cómica boutade (según se mire): “Es malo que los que se aman hablen la misma lengua, es malo que puedan comprenderse realmente, que puedan comunicarse verbalmente, porque la vocación de la palabra no es crear el amor, sino la división y el odio, la palabra separa a medida que se formula, mientras que un informe parloteo amoroso, semilingüístico, hablar a tu mujer o a tu hombre como se hablaría a un perro, genera las condiciones de un amor incondicional y duradero. La cosa podría ir bien si al menos pudiéramos limitarnos a asuntos inmediatos y concretos —¿dónde están las llaves del garage?, ¿a qué hora viene el electricista?—, pero más allá empieza el reino de la confusión, del desamor y el divorcio”. Hay que señalar que su tercera esposa es veinte años menor y originaria de Shanghai, pero estudió en La Sorbona.

Aunque su escritura sea irreprochable, no es novedad que Houellebecq se repite. El Florent de Serotonina se parece al Michel de Plataforma aunque no vaya a buscar putas a Tailandia (lo considera, pero su impotencia se lo desaconseja); a los hermanastros de Las partículas elementales (uno obsesionado por el sexo, y otro renunciante); al protagonista más joven pero ya apático de Ampliación del campo de batalla. Las carreteras y hoteles de Serotonina continúan también los escenarios anteriores donde los protagonistas no encuentran anclaje en un hogar. El mundo es el supermercado donde todo se compra y se vende, todo vale y nada vale, de sus novelas y ensayos previos. Y las mujeres que aquí aparecen (Kate, Claire, Camille, Yuzu) son también versiones repetidas. Los fragmentos eróticos y pornográficos vuelven a tener una presencia importante —la japonesa Yuzu en plan gang-bang y zoofilia, o el ornitólogo pederasta, por citar los más extremos—, y también las reflexiones sobre el desamor y el modo en que se dejan caer —por infidelidad, por desidia, por error de cálculo— los amores que importaron. Florent podría igualmente suscribir versos del Houellebecq poeta, como este: “Para vivir, es demasiado tarde”. Solo con Captorix consigue engañar de a ratos esa verdad evidente.

SEROTONINA, de Michel Houellebecq. Anagrama, 2019. Tr. de Jaime Zulaika. Barcelona, 282 págs. Distribuye Gussi.

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