ENTREVISTA

Fronteras para traspasar

Con Fernández de Palleja, poeta y escritor

Palleja por Ombú
Palleja por Ombú

En el variopinto ambiente literario uruguayo el nombre Ignacio Fernández no dice mucho así al pasar. Pero si utilizamos el code name Fernández de Palleja (1978) la cosa cambia. Nació en Treinta y Tres pero desde 1999 vive en Maldonado, donde da clases de Idioma Español. En 2011 ingresó a la arena letrada con dos publicaciones: Poemas altibajos y Poemas desde un peugeot rojo y una carretera quieta. Al año siguiente publicó la colección de cuentos En negro y negro y más tarde los Poemas lingües y Relajo, ambos en 2014. Mantiene activo y a todo trapo su blog fernandezdepalleja.wordpress.com, que en 2016 le sirvió de trampolín para publicar los febriles Poemas que le dieron la vuelta al sol, nacidos a partir de una consigna de escritura. Obtuvo el Premio Lussich de la Intendencia de Maldonado por su reciente libro Educación (2019). Y esa no es una palabra cualquiera para él, sino una bella y oscura obsesión.

Entrar en calor

—Me pasa contigo lo mismo que con Valentín Trujillo. Están hace años en el ambiente literario, pero no se los percibe. En tu caso una presencia amenaza con remplazarte, la de Fernández de Palleja, mote con el que firmás tus libros. Entonces, ¿quién es este tipo?

—El uso que hago para firmar, incluso en mis redes sociales, tiene que ver con que si uso Ignacio Fernández (como en realidad me llamo) iba a ser confundido con el escritor Ignacio Martínez, con quien me han confundido varias veces.

—Te sirve para desambiguar. Es un pseudónimo paródico, como un apellido de novela de caballería.

—Claro, también lo uso porque me gustó la combinación de apellidos, como en Machado de Assis o la de un montón de escritores, sobre todo brasileros y portugueses, que hacen eso. Me gusta esa tradición.

—Tu primer libro es de 2011 pero en realidad fueron dos de un tirón: Poemas altibajos y Poemas desde un peugeot rojo y una carretera quieta. Resulta curioso cómo tardaste en publicar o en iniciar tu carrera literaria, dado que ahora tenés 40 años.

—La respuesta a eso es que vivo en el interior.

—A ver si te sigo.

—Los que están en Montevideo, en casi cualquier movida artística, forman parte de un circuito más o menos constante que se renueva y donde se interactúa dentro de los mismos circuitos. Por lo tanto, la onda de las publicaciones, los concursos, talleres, etc. se da cotidianamente. Me parece que el que vive en el interior eso no lo vive y de pronto tiene una existencia un poco más aislada o solitaria, aunque existan circuitos. En Maldonado los hay, pero hay más lentitud. Mi primera publicación la hice animado porque había ganado una mención en un concurso de poesía en la Intendencia de Montevideo.

—Con los Poemas desde un peugeot rojo…

—Sí, que tiene dos partes. La primera son poemas escritos durante un viaje que hicimos con unos amigos a bordo de un Peugeot rojo. La carretera quieta es la segunda parte, escrita de regreso. Quise hacer una novela pero no me salió.

—Cuando una novela sale mal queda en un poemario.

—O en medio poemario. Me pasó una cosa curiosa. Un día dije ta, no escribo más poesía porque no le importa a nadie. Iba de camino a un trabajo que tenía y que quedaba lejos. Cuando salí tenía un par de mensajes de voz grabados y eran de la Intendencia comunicándome que había ganado una mención en poesía. Mi decisión de dejar todo no duró mucho.

—Ja, ja. O sea que la tardanza en publicar se la atribuís al hecho de estar en la periferia, lo cual hace que sea más difícil armar proyectos o desarrollarlos.

—Eso puede ser una cosa. Lo otro tiene que ver con mi propia lentitud. No trabajé de manera intensa u organizada para lograrlo, por eso cuando publiqué ese libro no sentí que había tardado. En narrativa siento que sí hay una demora, porque impone otras aduanas, otros filtros. Me resulta más sencillo escribir poesía.

—A mí me gusta más tu narrativa. La poesía la hacés más de taquito, con otro júbilo. En cambio la narrativa...

—Es un poco más reconcentrada, sí.

—Claro, es pesada en el sentido de que es reflexiva, aparte del tema lingüístico que presenta también sus desafíos.

—Yo reivindico cierto carácter chispeante en la poesía, cierta agilidad mental en el goce del lenguaje. Eso en poesía de pronto uno lo encuentra más rápido.

—La poesía te permite experimentar más y no estar pensando en el lector de narrativa, que te plantea otras exigencias.

—Puede ser. Igual como lector de poesía soy hiperexigente. Es como cuando empezás a probar vinos: al principio tomás de cualquier caja. A mí me pasa que si pruebo alguno más o menos bueno, lo otro ya no me gusta.

—Cuando se pasa del vino de caja al de botella, hay un cambio.

—Después que lees a Octavio Paz, a Borges y a un montón de gente, es difícil leer a otros. Uno se pone el objetivo de llegar ahí y dice “llegaré” o “no llegaré”. No hay que imitar cualquier cosa. El que se acostumbró a leer cosas bien escritas después no puede ir para atrás. Tal vez caigo en el pecado de hibris, pero a veces leemos cosas que tienen muy poca densidad mental atrás. En narrativa pasa sobre todo con la voz. No solo la del narrador sino la de los personajes.

—Los matices de la voz son importantes.

—Claro, para mí se juega un partido muy grande en el lenguaje, en la variedad lingüística en la cual uno nace y se desarrolla. Siempre cuento que cuando vine durante un tiempo a vivir a Montevideo noté la diferencia en el habla. Algunos fines de semana subía al ómnibus de regreso a mi pueblo y sentía una especie de calma porque estaban hablando bien, como yo siempre había escuchado.

Las fuerzas terribles

—La carrera literaria no empieza sino hasta que aparece un mojón. Pueden pasar mil años pero siempre hay un primer paso.

—Sí. La mirada de afuera ayuda a ordenar eso porque ahora no me acuerdo lo que estaba haciendo en 2012.

—En 2012 te pasaste de la poesía al cuento y publicaste En negro y negro en la colección Cosecha roja de Estuario.

—Sí, ese ya lo venía escribiendo desde antes.

—¿Cómo hiciste para hacerlo llegar a esa editorial siendo que no eras conocido?

—Ese libro tiene un nombre y se llama Marcela Saborido. En algún momento, no recuerdo cómo, se lo mandé a Marcela y ella dijo que le gustaba y así llegó. Tengo mucho que agradecerle por ese libro.

—Mi cuento favorito es “Pegadogía”.

—No es un error.

—Me imagino. Es medio turbio.

—Sí, veo que hay algunas situaciones y tipos de personajes que son recurrentes en mi obra y que lógicamente me interesan mucho. La diferencia del que sabe y el que no sabe, uno que enseña y otro que aprende, el por qué de esa relación y el cómo enseñar, etc.

—En este cuento hay algo de todo eso.

—El cuento plantea lo que haría alguien que ve un ladrón en su casa y se le presenta la posibilidad de tomar justicia por mano propia de una manera muy particular. Me da un poco de susto imaginarme esas cosas ahora, porque tengo la sospecha, más o menos supersticiosa, de que existen canales de comunicación entre la imaginación de uno y la acción de otro.

—¿Cosas que en verdad pasan o pasarían?

—Claro, de que de repente me imagino algo y otro lo piensa o efectivamente lo lleva a cabo. O también me pasa que algunas cosas que pienso para mis personajes luego me terminan pasando.

—La literatura como clarividencia. Tremendo.

—Tengo la sensación, a la cual no puedo poner nombre, que en el mundo en el que vivimos hay canales por los que se mueven las cosas que no conocemos y generalmente no dominamos. De repente estamos desatando fuerzas terribles a la hora de escribir un cuento y no nos damos cuenta.

—En ese libro hay estructuras narrativas de corte realista, vinculadas al género policial, pero algunas resoluciones van por otro lado, por lo fantástico. Es bravo sacarte la ficha.

—Creo que el tema acá pasa por ver qué percepción de la realidad tiene cada lector. Recuerdo que a García Márquez en algún momento le preguntaron por el tema del realismo mágico como clasificación. Y él dijo que eso no era nada realismo mágico, que era realismo, que esas cosas pasaban. Yo siento que estoy contando cosas que pasan o pueden pasar. A veces sí, hay mecanismos, la literatura fantástica tiene los suyos.

—También es cierto que la necesidad de la crítica en clasificar o etiquetar para poder analizar los textos suele no gustarle a muchos escritores.

—Nací cerca de la frontera. Los fenómenos que ocurren en las fronteras a mí me resultan muy interesantes. De chico hacíamos un paseo a Yaguarón y cruzabas un puente y estabas en otra realidad. Me atrae esa definición de la frontera. Yo lo que siento incómodo es el hecho de estar encorsetado en determinado género literario. Las fronteras son para traspasarlas.

Vuelta al sol en 366 poemas

—¿Por qué y para qué mantener hoy un blog?

—Las tareas de escritura que me propongo en el blog tienen que ver con que soy muy inconstante. Entonces me pongo una estructura y dentro de esa estructura hago cosas. A veces agonizo. Como la vez que durante 366 días tenía que publicar todos los días un poema. La consigna era publicar uno por día, no escribir uno por día.

—Eso es más complicado.

—Sí, después me comentaron que el que se había mandado una de esas patriadas fue Hermeto Pascoal, compositor brasilero que componía una canción por día. Pero era un animal. Lo mío fue humilde. Y además escribo porque me gusta. Quiero que alguien lo lea. Escribo buscando al lector y capaz que también buscando la satisfacción del aplauso, provocar cosas o descargarme. Y en blog los textos van quedando ahí, como en un archivo. Es como un gigantesco libro.

—De esa consigna nació el libro Poemas que le dieron la vuelta al sol (2016), ¿no? ¿Cómo fue la selección de textos?

—El criterio fue el más poético. Puede parecer estúpido pero me pregunté: ¿en cuáles digo algo? Porque de repente hay muchos que son oscuros. En el libro impreso quedaron 90 textos de los 366, que es casi una cuarta parte. El ejercicio o disciplina que me impuse me obligó a mirar, a estar atento. Y ese es un problema que tenemos, andamos por la vida desatentos. La literatura es mirar para hacer que otro también mire lo que uno ve.

—El tema de la educación lo planteás de distintas maneras en tus obras. Es como una obsesión. Tu último libro hasta se llama Educación.

—Es que paso muchas horas metido en el liceo.

—Ese rol está impregnado en tu escritura.

—Mirá, yo hago este razonamiento. Morosoli estaba en su barraca en Minas y escuchaba las historias de la gente del pueblo y de la zona rural circundante y gracias a eso contó historias maravillosas. Tengo acceso a las historias de otro tipo de personas y como trabajo también en la biblioteca, accedo no solo a los libros sino a quienes los buscan. Un arquitecto en secundaria se equivocó y puso la biblioteca en un buen lugar. Las historias cruzan por ahí.

—El cuento sobre el Charoná Castro debe ser el mejor del libro.

—Fue un cuento que disfruté mucho. El Charoná Castro está compuesto por tres personas de la vida real, uno de los cuales soy yo. Hay cosas que de repente vos contás en un cuento y parecen insólitas pero son de verdad y pasaron.

—Claro, ahí opera de nuevo el realismo que se convierte en otra cosa durante el cuento. También pasa eso con un cuento que se llama “Mirta”. Es muy loco y tan cierto a la vez.

—Pasa que hay gente que aplica esas lógicas. Pensá en la gente que festeja los cumpleaños de 15… muchos no te van a saber decir por qué lo hacen.

—Por tradición.

—La tradición muchas veces es antieconómica, como en el caso de ese cuento, que en un ambiente bastante desfavorecido se busca cumplir con la tradición, realizando un festejo que no corresponde. Hay personas que en la realidad actúan como caricaturas y si vos las trasladás a la literatura o a una película, pueden llegar a ser difíciles de creer. La literatura consiste en mentir o en decir la verdad mintiendo. Sembrar la duda y el misterio puede ser algo interesante, pero las historias de los seres humanos son complejas y los derroteros que pueden llevar nuestras vidas también.

Educación de Fernández de Palleja
"Educación" de Fernández de Palleja

“Por el oficio con el que digna y amorosamente se gana el pan, este autor está implicado con el mundillo liceal que presenta. Pero esa implicancia no le pone a su mirada ningún tipo de anteojeras corporativas: hay en sus cuentos buenos profesores, pero también cínicos y corruptos. No cae en la candidez de presentar en el bando estudiantil a unos muchachos angelicales, todos ellos. Quien quiera narrar bien la vida de los hombres no debe olvidar que estamos hechos de barro”. (Juan de Marsilio en reseña de El País Cultural, 30/6/2019)

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