Desde República Dominicana

Frank Báez, el cronista que es, ante todo, poeta

Cómo hacer crónica con esa escritura que sólo saben plasmar los buenos poetas es el misterio que conjura Frank Báez, ya un grande entre los grandes.

Frank Báez
Frank Báez (foto Luc de Rooy)

Casi diez años después de haber publicado mi Antología de crónica latinoamericana actual (Alfaguara, 2012) me parece notable que ese género, que al momento de la antología estaba en su cenit, siga siendo ‘actual’ y haya mantenido —y aumentado— el aprecio de los lectores y el nivel de excelencia de sus mejores autores. En el momento de preparación de aquella antología, la abrumadora mayoría de los materiales estimables para ser seleccionados había hecho su primera aparición en papel; la búsqueda en la red fue exhaustiva y de ahí resultó el hallazgo de “Bob Dylan en el Auditorium Theater” del poeta dominicano Frank Báez (Santo Domingo, 1978). No era extraño, reflexionaba en el prólogo, que una tan magnífica crónica en prosa viniera de un poeta que fue capaz, también, de hacer crónica con sus poemas, como en “Quita sueño”:

Perder una pierna trabajando
De operario en una zona franca
Duele menos que cuando los gringos
Te donan una prótesis de plástico
Que te pondrás para emborracharte en los colmados
Y que apoyarás con fuerza en la acera
Al retornar a casa
Temeroso de que los perros del barrio
Puedan morderla y arrancártela.

Ahora ese texto vuelve a aparecer en la recopilación de crónicas Lo que trajo el mar (reedición de Laguna libros, Bogotá, 2020), con algunas notables, como esa entrañable memoria de su padre, muerto hacía poco: “Papá me enseñó todo lo que sé. Podría durar horas mencionando las virtudes que me transmitió, pero quiero enfocarme en dos aspectos que para mí han sido fundamentales: papá me enseñó a leer y a escribir”. Recuerda a su padre leyéndole en voz alta La isla del tesoro y poemas: “en una de esas ocasiones, estaba leyendo un poema de Neruda y de pronto se detuvo y dijo que ese poema le recordaba otro texto. Fue a su biblioteca y retornó con un libro de Dylan Thomas. Antes de iniciar la lectura me explicó que el autor tras beberse dieciocho copas de whisky seguidas en Nueva York cayó en un coma profundo que lo llevaría a la muerte. Entonces leyó el poema. Al principio no me decía mucho, pero bastó que leyera ‘la mitad del mundo es del demonio y la otra mitad es mía’ para cambiarme la vida. Fue como si me alcanzaran las ondas expansivas de una bomba atómica. Ese verso reorganizó mi código genético y me convirtió en poeta”.

Esta cita me conduce a otra de sus crónicas, “Un libro de Dylan Thomas y yo”, un fervoroso acercamiento al poeta galés a través de una poesía reunida editada en 1974 y que acompañó a Báez como un fetiche durante varios años y trasteos. Son notables sus crónicas autobiográficas, empezando por las dos primeras del libro: “Karate Kid” —un testimonio sobre el bullying al que el humor no le quita la dureza— y “Derretido” —un homenaje a la Barra Payán de Santo Domingo, que es para Báez la mejor sandwichería del mundo. Hay, también, crónicas de viajes a Costa Rica, a Alemania, a la isla de San Andrés, al Perú. Siendo testimonios autobiográficos, un registro donde el ego puede ser ahuyentador, en estos textos es notable cómo ese ‘yo’ nunca estorba, lo contrario, Báez tiene el poder de concitar la complicidad de sus lectores.

Merecidamente elegido en el grupo de Bogotá39 como narrador (grupo en el cual están los uruguayos Damián González Bertolino y Valentín Trujillo), Frank Báez es, ante todo, poeta. En la crónica dedicada a su padre cuenta que él murió el 23 de septiembre de 2016:

A la semana de su muerte escribí este poema:

Antes de ir al hospital acompañé a mi padre/
a recortarse el pelo y el barbero de brazos tatuados limpió el sillón con un trapo como si se tratara de un trono y mi padre con su barba y/ sus lentes dudó en sentarse, porque él odiaba cualquier privilegio/ y si iba a esa barbería donde los decibeles/ del reggaetón y de las salsas/
rompían los tímpanos de los clientes/ era porque se sentía como en casa/ y las tijeras del barbero eran un pájaro/
que aleteaba sobre la cabeza de mi padre/ y entonaban una canción/ que era imperceptible para los mortales.//
Era una canción sobre la muerte/ y ese era el último corte que se haría mi padre y eso no lo sabía el barbero,/
no lo sabía yo,/ no lo sabía nadie.//
Afuera brillaba el sol,/ avanzaba el viernes/ y los otros barberos trasquilaban con sus maquinitas las cabezas de sus clientes.//
A veces he pensado en ir a la barbería/ y contarle al barbero de brazos tatuados/ que mi padre ha muerto./ O quizá no decirle nada/ y sentarme a que me recorte/
con esas tijeras que aletearon como un pájaro sobre la cabeza de mi padre./ Entonces sabría el significado de la lúgubre canción/ que las tijeras entonaron, comprendería y sería como siempre demasiado tarde.

Fuerza con desenfado

Frank Báez es, con razón, el más y mejor reconocido poeta de su generación en nuestra lengua. Lo confirma en este nuevo libro, Llegó el fin del mundo a mi barrio (Sonámbulo ediciones, Málaga, España, 2019), que combina su sabiduría poética, la fuerza con el desenfado, la precisión con la fluidez. Desde las memorias de la infancia, el libro va creciendo en intensidad hasta los poemas elegíacos con que termina. Va un poema de Llegó el fin del mundo a mi barrio:

29:

Si estuvieras aquí me dirías
que mejor le dedique
el poema a otra persona,
pero yo insistiría y entonces
me pedirías que fuera breve,
que escriba un haiku
o algo por el estilo,
que no me moleste escribiéndote,
que hay gente, héroes, ciudades,
paisajes, animales,
a quienes nadie les dedica un poema,
a lo que te respondería
que no me importa, que quiero escribir de ti
y entonces mencionarías
figuras históricas, efemérides,
inundaciones, masacres,
golpes de estado, civilizaciones,
planetas, paisajes,
etcétera, etcétera, etcétera.

Si estuvieras aquí tendría que dedicarle
un poema a las nubes o al mar
como si fueras tú.

Si estuvieras aquí no te escribiría.

                                                        Frank Báez 

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