Para disfrutar

Fragmento exclusivo de Richard Ford

Del cuento "No es mucho pedir", el de la amante con culpa.

Richard Ford
Richard Ford

En el Salon de Thé solo había un hombre desayunando, acompañado de su hija adolescente vestida con el uniforme escolar. Y dos africanos, un hombre y una mujer grandota con su hermoso atavío tribal. Se reían, aunque el salón estaba tranquilo y por lo demás silencioso, un poco frío, la luz ligeramente insuficiente, y el personal ya retiraba el bufet entre los ruidos que se colaban por las ventanillas de la cocina. Sin embargo, no se estaba mal. Los huevos estaban bien escalfados, los tomates crujientes y calientes de verdad. Las salchichas se reventaban. Y era práctico. Esa insulsez inglesa había encontrado su lugar adecuado antes de que comenzara el día. No era el Bewley’s, ni de lejos. Pero el Bewley’s, en Grafton Street, ya no existía. Tempus omnia revelat, o algo parecido.

Le había venido un pensamiento, quizá solo un asomo de pensamiento, un pensamiento extraño. Como si formaran una hilera, se puso a pensar en Marjorie, James y sus dos hijos, y en el mediocre Mick y en Patrick French de Ballycastle, con el que había tenido un rollete justo antes y justo después de que Mick se marchara (y con el que de vez en cuando hablaba por teléfono). Con ese pensamiento no pretendía calcular lo que ellos podían estar pensando justo en ese momento. Nunca lo sabría, ni le importaba. Ahora todos estarían inmersos en lo que hicieran los sábados, fuera lo que fuera. Y ella, sin que nadie lo supiera, se tomaba un opíparo desayuno en la más absoluta tranquilidad, sin pensar (o casi) en ninguno de ellos. Esos momentos —aunque se dieran en esa habitación sin adornos y en medio de completos desconocidos— eran difíciles de conseguir ahora, y preciosos, y había que conseguirlos como fuera, incluso a costa de…, bueno, a costa de todo. Clarence no intervenía en todo eso, en esa hilera de caras y vidas. Clarence era tan solo el comodín que completaba la mano y no había que pensar mucho en él.

Pagó en efectivo. Clarence sin duda habría cerrado la cuenta al marcharse, aunque la habitación siempre la pagaba la empresa. Desayunar en el hotel sin Clarence era algo nuevo. Normalmente él colgaba el cartel de “Por favor, no molestar” en la puerta para que ella pudiera dormir, aunque no era tan agradable estar en la habitación sola cuando oficialmente ya debería haberse marchado. Solo que no podía irse cuando él se iba. ¿Qué iba a hacer en Dame Street a las siete de la mañana? Eileen cerraba la puerta con dos vueltas en previsión de la llegada de las limpiadoras. Eran sus momentos de dicha, y lo demás podía esperar.

La limpiadora ya estaba en el pasillo con su carrito, aunque no delante de la 119, que tenía el cartel de “Por favor, no molestar” en la manija de la puerta. ¿Cuál era esa palabra española cuyo sonido le gustaba por su suavidad como de loción? Huéspedes. Había un relato francés con ese título. Qué extraño que se le ocurrieran todas esas cosas cuando su mente estaba a gusto. Huéspedes.

La llave de Clarence había dejado de funcionar, y la diminuta luz del cerrojo seguía estando roja, y no cambiaba a verde. No oyó ningún chasquido ni ningún zumbido familiar que autorizara la entrada. Posiblemente se la había guardado en el bolsillo demasiado cerca del móvil, lo cual no era aconsejable, pero no le había ocurrido antes. Le dio la vuelta a la tarjetita para que las flechas quedaran hacia abajo y la franja negra hacia arriba. Y nada. Frotó la tarjeta en la manga tal como había visto hacer a los dependientes cuando la tarjeta se ponía tonta. Y funcionaba. Pero en su caso la luz seguía en rojo. Era el sistema de seguridad, había dicho Clarence, y era sorprendente que James hubiera dicho lo mismo en las Canarias. “Quieren que te quede bien claro que la puta habitación no va a ser tuya. Estás bajo su poder supremo. Tienes que demostrar una y otra vez que eres tú, que no has mangado la llave, que no has metido la mano en la chaqueta de alguien ni subido para apropiarte de todo”. Como si, había dicho Clarence cuando no le había funcionado la llave, y había tenido que bajar a recepción, mostrar una identificación y reprogramarlo todo. Como si, había dicho. Dando a entender: como si pretendiera hacer algo inapropiado a cuenta de la empresa. Un auténtico coñazo. Había dicho que ya habían pasado los días de las llaves de verdad, las cerraduras de verdad y la gente de verdad.

(tomado del cuento “No es mucho pedir”, del libro Lamento lo ocurrido. Traducción de D. Alou)

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