Biografía de Violeta Parra

Tan frágil como un segundo

Música, artes plásticas y política. Nada escapa al biógrafo.

Violeta Parra. (Foto: Zig-Zag/El Mercurio/GDA)
Violeta Parra. (Foto: Zig-Zag/El Mercurio/GDA)

Cuando una artista es querida por vastos sectores populares y cultos de su país natal y, como en el caso de Violeta Parra (Chile, 1917–1967), de América y Europa, sus aniversarios redondos propician libros como la biografía que acaba de llegar a librerías, Después de vivir un siglo, de Víctor Herrero. Porque Violeta fue muchas, como escribiera su hermano el gran poeta Nicanor Parra (Chile, 1914–2018): "Poesía/ pintura/ agricultura/ Todo lo haces a las mil maravillas/ Sin el menor esfuerzo/ Como quien se bebe una copa de vino." ("Defensa de Violeta Parra").

A cien años de su nacimiento y cincuenta de su suicidio, un libro que expone con rigor su trayectoria cambiante, que explora sin morbo una personalidad compleja y atormentada y cuyo autor no inventa cuando no tiene fuentes que lo respalden, era necesario.

LOS PARRA.

Don Nicanor, su padre, maestro de primaria, hijo de un rentista no rico pero sí acomodado, fue hombre jaranero, dado al vino, pero también al violín y la guitarra. Doña Clarisa Sandoval, su madre, costurera, fue hija de un agricultor pobre pero no mísero. Sobrevivió a Violeta quince años.

No sólo Violeta fue artista. Nicanor hijo, hermano y mentor de Violeta, es uno de los más grandes poetas de habla hispana del siglo XX. Sus hermanos, Eduardo y Roberto, se dedicaron con éxito a cantar la cueca "chora", propia de los bajos fondos urbanos. Hilda fue cantante, en dúo con Violeta y luego solista. Lautaro fue folklorista. Oscar, uno de los menores, sería célebre artista de circo con el nombre de Tony Canarito. Dos de sus hijos, Ángel e Isabel, tuvieron brillantes carreras musicales. Dos hijos de Ángel Ángel hijo y Javiera también son músicos.

La primera influencia musical de Violeta fue su padre. Al morir tuberculoso los muchachos ayudarán a la economía familiar cantando en distintos circos ambulantes. Cuando se mude a Santiago, donde Nicanor tratará sin éxito de que curse y concluya estudios formales, Violeta se ganará la vida cantando, en general boleros y canciones de moda, a menudo con su hermana Hilda, en bares y restaurantes.

Violeta no sabía música. Al principio no creía que su voz sirviera para el canto. Si no hubiera sido por su amiga la folklorista Margot Loyola, que traspuso al pentagrama muchas de sus composiciones, casi no hubiera cobrado derechos de autor (que paliaron en algo sus constantes penurias económicas).

Esta biografía expone el proceso por el cual Violeta, que llegó a cantar con bastante éxito al estilo de las cupletistas españolas bajo el nombre artístico de Violeta de Mayo y vestida de andaluza, asume que eso no era auténtico. Y evoluciona, por caminos siempre heterodoxos y autodidactas, hasta componer himnos como "Gracias a la vida" y "Volver a los diecisiete".

De no haber sido cantante y compositora, hubiera descollado por su trabajo de recopilación de canciones folklóricas realizado entre 1952 y 1957. Su amor por lo popular, su descubrimiento de la pobreza rural y su combate al folklore impostado, para turistas "de tarjeta postal", diría ella serán definitorios luego en su carrera como cantautora. Aunque ya simpatizaba con el comunismo, las primeras puertas para difundir estos trabajos en los años 50 se las abriría Radio Chilena, emisora de la Arquidiócesis de Santiago.

Tras viajar a Europa en 1955 para el Festival de la Juventud de Varsovia, y residir un tiempo en París cantando en pequeños centros nocturnos fue allí que se enteró de la muerte de su hija Rosita Clara, que había quedado en Chile, sobre lo que compuso su canción "Paloma ausente" Violeta regresó a su patria. Y sorprendió con varias composiciones para guitarra las "anticuecas", la música para el documental Mimbre de Sergio Bravo, "El gavilán" en las que exploró por su cuenta y sin formación académica la música atonal y dodecafónica. Quedaron pocos registros de estas piezas, y en el caso de "El gavilán" no son grabaciones de estudio. Pero se encuentran en la red, y quienes sólo conozcan las facetas más folklóricas o politizadas, deberían conocer estas piezas, de genial intuición. Sin embargo, debe reconocerse el rastreo que Herrero hace de sus fuentes, para relativizar la idea de que el desconocimiento de Violeta sobre la música "culta" era absoluto.

ARTISTA PLÁSTICA.

Uno de los puntos más fuertes de este libro es el estudio de la tarea de esta artista en los campos del tapiz, bordado sobre arpillera, la pintura al óleo y las esculturas de alambre, todo encuadrado dentro del arte naif o primitivo. La chilena llegaría a exponer sus trabajos en el Louvre. Son obras que trasuntan el mismo amor por los chilenos de a pie, la misma solidaridad sincera y nunca impostada ante los sufrimientos de los pobres.

Rescata bien Herrero, al relatar cómo se las ingenió Violeta para conseguir esa exposición, dos claves de los triunfos y de los fracasos de esta artista: una terquedad enorme y un alto convencimiento del valor de su obra. Su carácter la hacía antipática al primer contacto, a veces generando enemistades definitivas. Había que saber tratarla porque no era fácil convencerse de que era un "corderillo disfrazado de lobo", como escribió su hermano Nicanor.

Herrero también expone con rigor y claridad la evolución política de Violeta, y el desarrollo de su relación con el ideal comunista y el Partido Comunista Chileno, más visceral que orgánica e ideológica. Amigos suyos como la fotógrafa Adela Gallo insistirán en que el centro de su política era el odio a la injusticia y la solidaridad con los que sufren, aunque otros testimonios señalan que el resentimiento personal y el desprecio por los "pitucos" también le pesaban. Pero tenía convicciones claras. Cuando en los años 60 la joven generación de cantantes chilenos, entre ellos sus hijos Ángel e Isabel, con los que tenía tiranteces y rivalidades, recibieron críticas de la derecha (decían que su música no era folklore sino política), ella, de perfil más folklórico, no aprovechó para sacar ventaja, sino que salió en defensa de los más jóvenes con esa joya de ironía que es la "Mazúrquica modérnica".

LOS AMORES.

Con delicadeza, Herrero estudia el mundo afectivo de Violeta. No sólo sus relaciones románticas, casi siempre con hombres menores que ella como sus dos maridos, o el suizo Gilbert Favre, su gran amor, cuyas memorias son una fuente importante en esta biografía. Está la relación con sus padres, el cuidado solícito y las broncas con Roberto, su hermano borrachín y religioso, la capacidad de ser tiránica y posesiva con sus hijos. Es interesante el trabajo sobre los detalles del suicidio de la cantante, y el dato de que en secreto había estado recibiendo tratamiento psiquiátrico, diagnosticada de trastorno bipolar.

El libro tiene pocos errores y defectos. Alguna cita imprecisa, algún dato erróneo sobre un personaje aludido (dar a Mercedes Sosa como nacida en Mendoza, cuando era tucumana, por ejemplo). La mayor falta de esta edición es no presentar ilustraciones de la obra plástica de Violeta Parra, que pueden hallarse en http://museovioletaparra.cl/coleccion/. Igual es un libro muy valioso.

DESPUÉS DE VIVIR UN SIGLO: VIOLETA PARRA, UNA BIOGRAFÍA, de Víctor Herrero A. Lumen, 2017. Barcelona, 552 págs. Distribuye Penguin Random House.

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