Narrativa de la África blanca

Una flaca novela de Mia Couto

Originario de Mozambique, Mia Couto es de los grandes nombres de la narrativa africana actual junto a Coetzee y Agualusa.

Mia Couto
Mia Couto

En la literatura africana actual escrita por hombres blancos destacan tres nombres: J. M. Coetzee, José Eduardo Agualusa y Mia Couto, con un alcance internacional variado donde el primero, Premio Nobel, toma distancia. António Emílio Leite Couto (Mozambique, 1955), hijo de emigrantes portugueses y conocido como Mia Couto, es poeta, biólogo, novelista y casi fue médico. También es casi médico el protagonista portugués de esta novela originalmente publicada en 2008. Sidonio Rosa viaja al pueblo africano de Villa Cacimba mintiendo un título que aún no tiene para curar una supuesta epidemia de meningitis y en busca de una mujer que se le perdió, Deolinda, supuesta hija de un matrimonio de cincuentones —el mecánico de barcos Bartolomé Sozinho, paciente suyo, y su esposa Munda— que a su vez lo aturden a mentiras. Completan el cuadro un pueblo polvoriento, un gobernante vitalicio que sufre de sudores, y su esposa sumisa apropiadamente llamada Esposita.

La novela crece en volumen por acumulación de las numerosas visitas de Sidonio al enfermo Bartolomé que pide remedios para morir, y de la conversación entre ambos es que surge la “filosofía” del asunto, el eterno tema del amor que —como recién repitió Julian Barnes— es “la única historia”. Eso es lo que logra hilvanar, a base de sentencias y réplicas jugosas, los mejores momentos de una trama endeble. Y es también lo que la pierde cuando remata a golpe de clisé una escena amorosa: “Y fueron como pájaros, y juntos crearon un tiempo anterior a la existencia de la tierra. Cuando ella gritó de placer el mundo se quedó ciego”. Ya no funciona.

Primero deslumbra un poco la prosa leve de Couto, pero mediando la novela se siente que no nos cuentan la verdad, y no porque no haya un narrador confiable al estilo del que ideó Melville en Benito Cereno, o de los que creó Akutagawa en “En el bosque”, sino porque no hay gran cosa que contar. Si a Deolinda, figura que tiene el tino de no aparecer, la violó uno u otro de los personajes, si está viva o muerta, si es hija o es hermana, etc., es cosa que a cierta altura deja de importar, como cualquier recurso gastado que ya no sorprende. El problema de Venenos de Dios, remedios del Diablo no es la mentira, que es cosa seria, sino el teleteatro, la urdimbre de malentendidos y “Deus ex machina” con los que Couto satura un relato que pedía y podía dar más concisión y profundidad.

VENENOS DE DIOS, REMEDIOS DEL DIABLO, de Mia Couto. Edhasa, 2019. Trad. de Ana M. García Iglesias. Buenos Aires, 140 págs.

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