inicio de un relato de Lucia Berlin

En exclusiva: “Tiempo de cerezos en flor” (fragmento)

Madres, niños, y la complejidad del mundo.

Una noche en el paraíso

Ahí estaba de nuevo, el cartero. Después de que se fijara en él la primera vez, Cassandra empezó a verlo en todas partes. Como cuando aprendes el significado de «exacerbar» y entonces todo el mundo empieza a decirlo y hasta sale en el periódico de la mañana.

Bajaba marchando por la Sexta Avenida, levantando mucho del suelo sus zapatos relucientes. Un/dos. Un/dos.

En la esquina de la calle 13 volvió la cabeza hacia la derecha, giró sobre sus talones y desapareció. Iba repartiendo el correo.

Cassandra y su hijo de dos años, Matt, también hacían su ruta matutina. La charcutería, la tienda de licores A&P, la panadería, la estación de bomberos, la tienda de mascotas. A veces la lavandería. Pasar por casa para tomar la leche con galletas, luego volver a bajar, hasta Washington Square. En casa para almorzar y hacer la siesta.

Cuando se fijó por primera vez en el cartero, en cómo sus caminos se cruzaban y entrecruzaban, se preguntó por qué no lo había visto antes. ¿Su vida entera se habría alterado por cinco minutos? ¿Qué ocurriría si se alteraba una hora?

Entonces se fijó en que el cartero tenía la ruta calculada con tal precisión que durante varias manzanas seguidas ponía un pie en el otro lado de la calle justo cuando el semáforo se ponía en rojo. Nunca se desviaba de su camino, incluso las cortesías de rigor eran manidas y predecibles. Hasta que Cassandra se dio cuenta de que las suyas con Matt lo eran también. A las nueve, por ejemplo, un bombero subía a Matt al camión o le ponía el casco. A las diez y cuarto el contestaba con tres pitidos. Matt y ella esperaban en la baranda, viéndolo subir uno, dos, tres, cuatro tramos de escaleras. ¡Hola! ¡Hola! ¡Hola! Se abrazaban y él entraba. Se sentaba a la mesa de la cocina con Matt en el regazo, aflojándose la corbata.

—¿Cómo ha ido? —preguntaba ella.

«Igual», contestaba él, o «peor». Era escritor, estaba a punto de terminar su primera novela. Detestaba el trabajo que hacía en la editorial, no le quedaba tiempo ni energía para su libro.

—Lo siento, David —decía ella, y preparaba una copa para los dos.

—¿Qué tal vuestro día?

—Bien. Paseamos, fuimos al parque.

—Genial.

—Matt durmió la siesta. Yo he leído a Gide —(intentaba leer a Gide; normalmente leía a Thomas Hardy)—.

Resulta que hay un cartero...

—No me digas.

—Me deprime ese hombre. Es como un robot. Todos los santos días sigue el mismo horario, tiene calculados hasta los semáforos. Hace que mi propia vida me parezca triste.

David se enfadó.

—Ya, pobrecita. Mira, todos hacemos cosas que no queremos. ¿Crees que a mí me gusta estar en el departamento de libros de texto?

—No me refería a eso. Me encanta lo que hago. Solo que no quiero tener que hacerlo a las diez y veintidós. ¿Entiendes?

—Supongo. Anda, moza, prepárame un baño.

Siempre se lo decía, en broma. Y entonces ella iba a prepararle un baño y hacía la cena mientras él se bañaba.

Comían cuando salía, con el pelo negro reluciente. Después de cenar, David escribía o pensaba. Ella lavaba los platos, le daba un baño a Matt y le leía, le cantaba. «Texarkana Baby» y «Candy Kisses» hasta que se quedaba dormido, con un hilo de baba colgando de sus labios rosados. Luego Cassandra leía o cosía hasta que David decía: «Vamos a descansar», y se iban a la cama. Hacían el amor, o no, y se dormían.

A la mañana siguiente se quedó despierta en la cama, con dolor de cabeza. Esperó a que él dijera «Buenos días, mi sol», y lo dijo. Cuando se marchó esperó a que la besara y se despidiera con un «No hagas nada que yo no haría», y así fue.

De camino a Washington Square pensó que un niño se iba a caer del tobogán y se cortaría el labio. Más tarde, en el parque, Matt se cayó del columpio y se cortó el labio. Cassandra apretó el corte con un clínex, se contuvo para no echarse a llorar también. ¿Qué pasa conmigo? ¿Qué más quiero? Dios, déjame ver las cosas buenas... Se obligó a mirar alrededor, a salir de sí misma, y de pronto vio que los cerezos estaban en flor. Habían ido brotando poco a poco, pero ese día estaban espléndidos. Entonces, como si fuera porque había visto los árboles, la fuente se encendió. ¡Mira, mamá!, gritó Matt, y echó a correr. Todos los niños y sus madres fueron corriendo hasta la fuente centelleante. (...)

(tomado de Una noche en el paraíso)

“Lucia, bendita sea, era una rebelde y una mujer con un arte extraordinario, y en su día su vida era un baile”, escribió su hijo en el prefacio del libro.

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