tres parejas y una guerra.

Aquella España roja

Historias de amor, coraje, intolerancia y odio se cruzan en el Hotel Florida, sitio donde corresponsales, intelectuales, fotógrafos y censores vivían la Guerra Civil Española de forma apasionada.

Ernst Hemingway y Martha Gellhorn
Ernst Hemingway y Martha Gellhorn
Gerda Taro y Robert Capa
Gerda Taro y Robert Capa
Arturo Barea
Arturo Barea
Ilse Kucsar
Ilse Kucsar
Ernest Hemingway con Ilya Ehrenburg y Gustav Regler en la Guerra Civil Española
Ernest Hemingway con Ilya Ehrenburg y Gustav Regler en la Guerra Civil Española

Amanda Vaill, ex editora de Viking Press y autora de varios ensayos premiados, ha escrito un relevante fresco sobre la Guerra Civil española a partir de tres parejas que cruzaron sus vidas en los años de la República. Desde el levantamiento de Franco en julio del 36 hasta la caída de Gerona, en enero de 1939, el libro recorre mes a mes los pasos de Ernst Hemingway y Martha Gellhorn, de los fotógrafos Robert Capa y Gerda Taro, de Arturo Barea e Ilse Kulcsar, los encargados de la censura informativa del gobierno. Si unos hechos ingresan al relato por los fotógrafos, otros lo hacen por los corresponsales y se continúan en los protagonizados por los censores, en una interesante máquina narrativa que da, al mismo tiempo, la simultaneidad de los acontecimientos y su continuación, el dato histórico y la viva crónica de la guerra.

El Hotel Florida se hallaba ubicado sobre La Gran Vía madrileña, fue demolido en 1964 y hoy ocupa su espacio una sucursal de las tiendas El Corte Inglés. En aquellos años alojó a Saint-Exupéry, André Malraux y John Dos Passos, a muchos corresponsales, prostitutas y aventureros, pero es, apenas, uno de los escenarios de la trama, porque el libro de Vaill es un gran retrato biográfico y bélico donde se cruzan infinidad de destinos. De pronto asoma Dorothy Parker, de visita en Madrid, Lillian Hellman, después de abortar un embarazo de Dasmiell Hammett, empeñada en grabar una emisión radiofónica bajo los bombardeos, Rafael Alberti y María Teresa León, organizando la Alianza de Escritores Antifascistas en la antigua residencia del marqués del Duero, o George Orwell en Barcelona, entones vestido con un mono de color caqui y enrolado en las milicias del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), emocionado por conversar unos breves minutos con Dos Passos en la antesala del fundador del movimiento, Andreu Nin, poco antes de que el líder hallara la muerte en la tortura.

La conversación de Orwell y Dos Pasos en mayo de 1937, abordó una interpretación de los hechos que de modo implícito, es también la de la autora del libro: si Inglaterra, Francia y Estados Unidos se negaron a ayudar a la República, el único amigo que le quedó a España, asediada por el bombardeo de los Savoia italianos y los Heinkels alemanes, fue la Unión Soviética, y Stalin usó esa oportunidad para extender su influencia, monitorear la guerra y perseguir trotskistas (a falta de trotskistas, los independientes de izquierda). Pocos días después del encuentro de los dos escritores, los anarquistas se atrincheraron en la central telefónica de la plaza de Cataluña, en Barcelona, y durante una semana resistieron el asalto de las tropas del gobierno, con un saldo de 500 muertos y un millar de heridos que Franco debió agradecer.

En el prólogo a Hotel Florida dice la autora que para preservar la fluidez del relato prefirió confinar las distintas versiones de lo que cuenta a las notas finales del libro. Suman alrededor de quinientas, pero un vergonzoso error editorial omitió la numeración en el relato, de modo que la identificación de cada nota quedó anulada y solo pueden leerse como un tortuoso anexo informativo, junto a la docena de páginas que ocupan la bibliografía, mapas, fotos, una cronología y una guía de los personajes principales que se mencionan en el libro. Si el esfuerzo de registro quedó malogrado, no violenta la estructura ni los excelentes recursos narrativos de la autora, que ha dado a su crónica histórica una notable intensidad.

DOS CORRESPONSALES.

La historia de Hemingway y Martha Gellhorn es la de dos amantes que encontraron en la guerra de España un espacio de aventura y desarrollo de sus carreras, sin el destino trágico que corrieron Robert Capa y Gerda Taro.

Martha y Hemingway se conocieron por casualidad en un bar durante la navidad de 1936 en Cayo Hueso, donde Hemingway vivía con su segunda esposa, Pauline, y sus dos hijos. Tenía 37 años, era uno de los escritores más prestigiosos del país y entregado a una vida demasiado cómoda, temía no poder repetir el éxito ganado con Adiós a las armas. Martha tenía 27 años, H. G. Wells había promocionado su carrera de escritora con alguna pretensión amorosa, pese a la contundente diferencia de edad, había tenido éxito con un libro de cuentos (El problema que he visto), y un escándalo por la crónica del linchamiento de un negro, al que no había asistido. Admiraba con fervor a Hemingway, y ambos se entusiasmaron con la idea de vivir su amor clandestino bajo fuego cruzado, como corresponsales de guerra.

El compromiso de ambos con el bando republicano ya era manifiesto. Hemingway había donado dinero para comprar ambulancias, consiguió un ventajoso contrato de corresponsal con la agencia NANA y Martha obtuvo el suyo en una revista. Pero Hemingway también fue convocado por su amigo Dos Passos y el director holandés Joris Ivens, ansioso por viajar a filmar un documental que se llamaría España en llamas. Se encontraron en Nueva York, le propusieron que escribiera el guión, y Hemingway aceptó encantado.

Entonces Dos Passos conocía un éxito rotundo y viajaba con el equipo para averiguar la suerte corrida por uno de sus mejores amigos, el traductor español José Robles Pazos, del que había dejado de tener noticias. Joris Ivens, una figura de referencia para los documentalistas latinoamericanos —estuvo presente en el Teatro El Galpón cuando Marcha inauguró la Cinemateca del Tercer Mundo—, trabajaba entonces para los soviéticos. Vaill lo presenta completamente alineado con sus intereses, al grado de privilegiar la propaganda por sobre cualquier información dañina al régimen comunista. En su descargo, muchas páginas lo muestran jugándose la vida para captar las mejores imágenes del frente de guerra, mientras alentaba a Hemingway a seguirlo por las trincheras. De hecho se hicieron amigos y muy cómplices en hacer a un lado las informaciones que no ayudaran a ganar la guerra.

Martha y Hemingway entraron y salieron de España en muchas ocasiones a lo largo de más de dos años y vivieron su amor bajo los bombardeos, frente a las balas de cañón que a menudo daban contra las habitaciones exteriores del hotel Florida —tenían tarifa reducida—, en los distintos frentes de guerra, en las carreteras. A diferencia de Hemingway, que tenía muchos contactos con los delegados soviéticos y los más altos dirigentes republicanos, que podía convertir sus observaciones a distancia en una crónica en la que las balas le silbaban al lado, Martha Gellhorn escribía artículos sobre las duras condiciones de la vida cotidiana que llevaban adelante las mujeres. Muy pronto entendió que sus relaciones con Hemingway no serían sencillas y poco a poco logró hacerse un prestigio propio como corresponsal de guerra, en España y en distintos destinos durante los años siguientes.

Entre los episodios más interesantes de las secciones dedicadas a Gellhorn y Hemingway, al que Vaill trata con moderada antipatía, la pelea con Dos Passos es reveladora de la tensión elemental que corroía las fuerzas de la República. Hemingway temía que la obsesión de Dos Passos por buscar a su amigo Robles irritara a las autoridades del gobierno. De hecho, Dos Passos no descansó hasta conocer que había sido secuestrado, acusado de traidor y fusilado en circunstancias que hasta donde pudo conocer, señalaban a los servicios secretos soviéticos. Fue el dolor que mermó su confianza en la República y lo llevó a tomar progresiva distancia.

En mayo del 37, cuando Dos Passos se volvía con su mujer a Nueva York, los dos escritores se encontraron por casualidad en la estación francesa de Saint-Lazare y Hemingway le preguntó qué tenía pensado hacer con la historia de Robles. “Voy a contar la verdad como la he visto—le contestó—. Pero la pregunta que me estoy haciendo en estos momentos es: ¿de qué vale luchar por las libertades civiles, si al fin acabas destruyendo esas mismas libertades civiles?” “A la mierda con las libertades civiles —le gritó Hemingway—. ¿Estás con nosotros o estás contra nosotros?” Dos Passos no supo que responder. Hemingway levantó el puño como para golpearlo, lo amenazó, y se separaron.

Para Hemingway “lo único que se puede hacer en una guerra es ganarla”, y Amanda Vaill lo muestra absolutamente consustanciado con ese objetivo. España en llamas finalmente se estrenó en Estados Unidos con la voz en off de Orson Welles, lo que le permitió reunir fondos para comprar más ambulancias, y cuando la guerra ya estaba perdida no dejó de acompañar la desarticulación de las brigadas internacionales y las caravanas de refugiados que buscaban asilo en Francia.

DOS FOTÓGRAFOS.

La historia de Robert Capa y Gerda Taro tiene el encanto de dos jóvenes famosamente bellos y pobres, ambos judíos, llegados a París en 1936. Capa era húngaro, hijo de un sastre remendón de Budapest —se llamaba Endre Ernö Friedmann— tenía 23 años y usaba el seudónimo para intentar vender sus fotografías a las agencias de noticias. Taro era alemana, hija de un acaudalado polaco de Stuttgart, tenía 25 años, se llamaba Gerta Pohorylle, y después de educarse en un internado suizo y haber sufrido una detención por su filiación izquierdista, malvivía con una amiga en una pensión parisina. De estatura baja, con el cabello cortado a lo varón y una cara angulosa, “como un zorro a punto de hacerte una mala jugada” decía un amigo, esgrimía una notable seducción entre los hombres. A poco de conocerse a través de una amiga, se fueron a vivir juntos. Capa le enseñó a manejar una cámara fotográfica, ella le escribía los textos para acompañar las fotografías y lo representaba en agencias y publicaciones. Le propuso reinventar sus vidas, cambió su nombre por el de Gerda Taro y comenzó a decirle a todo el mundo que Robert Capa era un rico y famoso fotógrafo norteamericano. “¿Pero cómo es posible que no sepas quién es?” se quejaba a los desconcertados redactores. Consiguió interesar al director del semanario Vu, Lucien Vogel, entonces un zar de la prensa que conocía el origen real de Capa, y poco después, logró que los enviaran como fotógrafos a España para una proyectada edición especial sobre la sublevación de Francisco Franco.

Capa y Taro buscaron hasta con desesperación captar las imágenes de la guerra, él con una cámara Leica y ella con una Rolleiflex, de formato cuadrado y más pesada. Por primera vez corresponsales y fotógrafos podían llegar a los frentes de batalla —en la Primera Guerra les estuvo prohibido—, pero no era sencillo hacerlo en el momento oportuno, y en sus primeros envíos debieron alentar a los milicianos a que simularan acciones de combate. La foto más famosa de Capa, “Muerte de un miliciano”, que se reprodujo en las principales publicaciones del mundo y se convirtió en un símbolo de la guerra de España, fue tomada en setiembre del 36 en el frente de Montoro durante una de esas simulaciones. Mientras unos compañeros posaban como si estuviesen muertos, otro bajó corriendo la ladera con el fusil en la mano derecha, de pronto se escuchó el chasquido de un disparo y el hombre cayó muerto de verdad, presumiblemente en la mira de un francotirador, cuando Capa apretaba el obturador. Luego Capa se encargó de ocultar y confundir las versiones de lo que ocurrió esa mañana. La foto daba la vuelta al mundo y finalmente conquistaba la fama que le había inventado Gerda, paradójicamente, durante una simulación que había acabado en una muerte real.

Desde entonces las fotografías de ambos comenzaron a venderse a buen precio, mejoraron progresivamente los contratos, y no dejaron de arriesgar sus vidas en las primeras líneas de fuego en cuanta ocasión se les presentó. Fueron detrás de los combatientes disparando sus cámaras, convencidos de que si no los defendían de las balas, mostraban al mundo que lejos de respetar el pacto de no intervención, italianos y alemanes apoyaban activamente a las tropas de Franco con toda clase de armas, equipamiento y bombarderos.

El prestigio y el dinero ganado les permitió montar un estudio y su propia agencia en París. Capa le propuso a Gerda firmar las fotos en conjunto, y si Gerda aceptó, también advirtió que su nombre quedaría sepultado por la fama de su compañero. Quería respaldar su propio nombre y la ambición la llevó a dejar la pesada Rolleiflex por una Leica que le regaló Capa, mucho más sencilla de operar en medio de las balas. Durante esos años entraron y salieron de España muchas veces, a menudo se separaban para cubrir distintos frentes siguiendo intuiciones personales, y volvían a reunirse en las ciudades. Se amaron en medio del vértigo, que también era el de sus carreras profesionales, asediados por muchos pretendientes porque la seducción que ejercían ambos era poderosa.

A principios de julio del 37 estaban en París y a Capa se le ocurrió una nueva idea. El imperio japonés acababa de declararle la guerra a China y le propuso al delegado de la revista Life que los enviara a cubrir las acciones. El delegado le prometió contestarle en unos días, ¿Gerda se animaba a ir con él? Claro que sí, le dijo, pero antes debía volver diez días a España para tomar fotos sobre la victoria republicana de Brunete. El 14 de julio, luego de los desfiles por el aniversario de la toma de la Bastilla, se fueron a bailar con unos amigos a la plaza del Tertre, en Montmartre, y se separaron con la promesa de que Gerda regresaría a París para iniciar el largo viaje a Japón. Pero Gerda se encontró con que los nacionales se habían hecho fuertes en Brunete y el 18 de julio habían lanzado una contraofensiva que provocó enormes bajas. Pese a que los periodistas no estaban autorizados a visitar ese frente, Gerda se las ingenió para que uno de sus pretendientes la acompañara. Era su último día antes de regresar a París, logró llegar al puesto de mando y aunque el general Walter le insistió en que se largara, se metió en una trinchera y fotografió los aviones de la legión Cóndor que con sus bombas y metrallas convirtieron la línea en un infierno. De regreso a Madrid, subida al pescante de un automóvil que aceptó llevarla en medio del caos, chocaron con un tanque republicano. Las orugas le pasaron por arriba y quedó aplastada bajo el auto. En el hospital de El Escorial a donde la llevaron sólo pudieron administrarle morfina. Antes de morir reclamó que alguien se hiciera cargo de sus cámaras.

DOS CENSORES.

En 1936 Arturo Barea tenía en Madrid una oficina de patentes, una esposa con pretensiones sociales, dos hijos, una secretaria bonita que había convertido en su amante, 38 años. Había nacido en Badajoz bajo el amparo de una lavandera muy pobre, y montado un comité de apoyo al Frente Popular en las afueras de Madrid. Se definía como un socialista sentimental, de aspiraciones literarias, y el comienzo de la guerra lo encontró enredado en un lío de mujeres, del que salió abandonando a las dos poco después de que lo nombraran censor nocturno de la prensa extranjera. Los corresponsales enviaban sus notas por la noche y a veces eludían la censura mandando sus artículos por valija diplomática. No debía dejar pasar nada inconveniente. Barea hablaba bien el francés, también podía leer inglés, y trabajó bajo las órdenes Luis Rubio, el jefe de la oficina de prensa y propaganda del gobierno hasta que en medio de los bombardeos, cuando parecía inminente la caída de Madrid, el gobierno se trasladó a Valencia, y con el gobierno, Rubio, que le ordenó mantenerse en su puesto hasta último momento y que después corriera por su vida. En medio de la desbandada general Barea asumió la responsabilidad de la oficina. Pocos días después recibió la visita de Ilse Kulcsar, una austríaca poco atractiva que al cabo de varias detenciones llevaba dos años en la clandestinidad. Se había separado de su marido y acababa de llegar a España para luchar contra el fascismo. Hablaba seis idiomas, así que le dio un puesto y comenzaron a trabajar juntos mientras la situación en Madrid parecía terminal, y milagrosamente resistía.

Bajo el infierno de las bombas que demolían la ciudad, poco a poco Ilse lo fue convenciendo de que la mejor forma de defender a España era dar a conocer lo que ocurría en vez de alentar victorias inexistentes, asunto que Barea ya rumiaba en silencio, y con el paso de los días pudo negociar con las autoridades el paso de ciertas informaciones. Las agotadoras, infernales noches en el edificio de la Telefónica, donde funcionaba su oficina a la luz de bombitas cubiertas con papeles de carbón y catres para turnarse en el sueño, poco a poco los fueron enamorando.

La historia de Barea y Kulcsar es un drama que atraviesa muchos momentos de la República porque se amaron en la línea del deber y de la muerte, en la complicidad con los periodistas y la fatiga por sus responsabilidades, padecieron muchas situaciones desesperadas, fueron tratados como héroes y más tarde acusados de espionaje por los servicios de inteligencia soviéticos. Sus situaciones matrimoniales se enredaron con la política, lucharon por mantenerse juntos, fueron engañados por las autoridades, soportaron intrigas que los alejaron de sus funciones y cuando cayó el gobierno consiguieron llegar a París, donde malvivieron en pensiones ganándose la vida con traducciones que conseguía Ilse. Barea tenía los nervios destrozados por vivir casi tres años bajo el silbido de las bombas y solo estaban en el comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Un contacto de Ilse les permitió radicarse en Londres cuando estaban por mandarlos a un campo de refugiados, poco después Barea retomó su trabajo en la radio, como había hecho antes en Madrid, y comenzó emitir programas en el servicio hispano de la BBC bajo el seudónimo de “Juan de Castilla”, que China Zorrilla adjudicó erróneamente a Arturo Despouey, recordando un encuentro en Londres con el fundador de la crítica cinematográfica uruguaya, entonces también contratado por la BBC.

Barea pudo escribir finalmente varias ficciones y reunió sus memorias en la trilogía La forja de un rebelde, que le valió ser candidato al premio Nobel. En 1956 hizo una gira por América del Sur y una elogiosa presentación de Emir Rodríguez Monegal en las páginas de Marcha dio cuenta de su paso por Montevideo en mayo de 1956. Murió en la navidad del año siguiente, de un ataque al corazón.

Junto a las tres parejas, los destinos relevantes son tantos, y los vínculos tan abigarrados, que la trama de Hotel Florida recuerda los cuadros de El Bosco. Pero se trata de una memoria de la más dura pesadilla de España.

HOTEL FLORIDA. VERDAD, AMOR Y MUERTE EN LA GUERRA CIVIL, de Amanda Vaill. Turner Noema, 2014. México, 552 págs. Distribuye Océano.

A modo de posdata:

El destino de los otros.

Después de enviudar, Ilse Kulcsar continuó con su trabajo de traductora y se encargó de difundir la obra literaria de Barea. En 1963 se enteró de que un antiguo compañero de su militancia vienesa, Kim Philby, al que había tratado en Madrid, era un doble agente que trabajó para Franco y para los soviéticos. Ilse murió en 1972, sin reponerse de la pérdida de Barea. “Nadie podrá arrebatarme lo que él me dio, ni lo que yo sé que le di a él. Todo fue muy hermoso, así que solo puedo dar las gracias”, dejó escrito.

Robert Capa cubrió muchos frentes bélicos durante la Segunda Guerra, dejó un testimonio conmovedor sobre el desembarco de Normandía —bajó con la primera oleada de tropas en la playa de Omaha—, asistió a la liberación de París, y en 1954 fue a cubrir para la revista Life la situación en Indochina, donde los guerrilleros comunistas acababan de conquistar la ciudad de Dien Bien Phu a los franceses. El 25 de mayo de ese año, mientras fotografiaba la evacuación de un campamento militar, piso una mina antipersona y murió pocas horas después.

Luego de la Guerra Civil, Martha Gellhorn y Hemingway se casaron, pero su matrimonio no duró más de cinco años. En la Segunda Guerra, Martha trabajó como reportera en los frentes de Finlandia, Asia, Italia, Francia y Alemania. Años más tarde cubrió la guerra de Vietnam, la guerra de los Seis Días en Oriente medio y la guerra de guerrillas en Centroamérica. Finalmente se radicó en Inglaterra y se suicidó en 1998, cuando le diagnosticaron un cáncer. Tras su muerte se instituyó un premio en su memoria para los periodistas que revelasen hechos incontrovertibles. En 2011 lo ganó Julian Assange, el fundador de WikiLeaks.

El destino de Hemingway ha sido abundantemente revisitado. Cabe recordar, sin embargo, que el 1 de marzo de 1939 empezó a escribir su famosa novela dedicada a la guerra de España, Por quién doblan las campanas. Muchos años más tarde, al cabo de un prolongado padecimiento físico y mental, se pegó un tiro con una escopeta de dos caños, en julio de 1961.

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